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Archivos Mensuales: noviembre 2012

Llegaron como un regalo inesperado, cuando todavía la tristeza no había cubierto todo el país y no se podía recorrer Twitter saltando de ERE en ERE, cuando la poesía aún no era imprescindible. Entraban en el buzón al rayar el alba, demasiado tarde para ser la felicitación automática del robot de un banco, demasiado pronto para no pensar en un madrugón de prosa. Estaban allí nada más abrir el correo, todos los lunes, con una fidelidad no siempre correspondida, versos que casi siempre comenzaban con certezas.

 Como:

Es ahora la hora. Y qué más da.

Sea a quien sea sal y abre la puerta 

De mí haré una estatua ecuestre

“Si quieres comprender un poco más,

descálzate y pisa”

 Soñar tiene su precio y lo pagamos

El último llegó ayer,  a las 7:48 de la mañana, una hora más tarde de lo habitual – ¿cambió el horario de trabajo? o ¿te quedaste dormida, quizá? -. Siempre llegan con una palabra como título: tributos, sucesos, subterfugios, identidades, rotondas, allende… a veces dos, tres o incluso cuatro, los días en los que el laconismo sufre una derrota fugaz. Siempre, detrás de la certeza sintética, viene una historia, muchas veces contada por un poeta de apellido: Alonso, Marzal, Rodríguez, Maillard, Segovia, Grande

No siempre, sólo muy de tarde en tarde, contada por ti. Como:

‘Todo en orden‘ 

Hacia el Norte,

                                 el humo y la nostalgia.                                  

Hacia al Este,

la práctica y la fe.

Hacia el Sur

los viejos mapas y un café.

A la izquierda,

nuestras grandes pretensiones.

Yo, que soy un pésimo lector de poesía, me conmoví el día que despediste a un amigo con estos versos de Cernuda: “Para no ser ya más que memoria de luz”. Y sentí la gran suerte que él había tenido al conocerte. Por eso creo que te debía esta entrada hace mucho, mucho tiempo. Para contar a los que no encuentran tus versos en el buzón que acabas de publicar tu segundo poemario, Medidas cautelares’. Para darte, Anay Sala, todas las gracias que te debo desde aquel día que descubrí en mi correo los poemas que hacen mis lunes más fáciles.

Intenté escribir este título con una raya en medio, una línea que sólo dejase libre “demo” y tachase cracia. Es un recurso que Pablo Gutiérrez utiliza muchas veces en esta novela con nombre de ensayo, pero aunque mi blog es de pago cuando necesito que demuestre sus presuntas cualidades se comporta como una demo, así que este recurso ortográfico no existe: debo pagar poco. Según el DRAE, una demo es una versión demostrativa (…) utilizada con fines de promoción. Y así es como Pablo Gutiérrez ve nuestro sistema, ese que tras chocar con el iceberg de la crisis tiene múltiples vías de agua. Si alguien te dice que en el ‘Titanic’ se ahogaron todos, sabrás que ya tiene plaza en uno de los pocos botes salvavidas.

Democracia’ comienza en septiembre de 2008, cuando Marco, un joven aparejador de una de las muchas empresas que nacieron durante el ‘ladrillazo’ es despedido. Su jefe, joven niño rico, caricatura de los triunfadores de la gran mentira, le pega una patada en el trasero justo el día en el que Lehman Brothers se derrumba y él pierde todo su dinero, inversión especulativa de listo que se cree más listo que tú, más listo que todos los Marcos. Marco se queda sin trabajo unos meses antes de que  los ministros del gobierno compitan entre sí por decir más alto y más fuerte: no llegaremos a los 4 millones de parados, “con los bancos nuestra paciencia es infinita“. Marco se siente servilleta manchada, kleenex usado, excreción del sistema. Sobra  y, lo que es peor, es uno de los primeros que sobra en  la gran crisiestafa. 

Marco se desmorona de autocompasión, incapaz de levantarse del retrete. El pijama es un lazo que atrapa sus tobillos, corzo abatido. Como en el cine, imagina un plano medio de sí mismo y se muere de dolor al verse tan acabado y fantoche, icono y se muere de dolor al verse tan acabado y fantoche, icono del Hombre Miseria, ideal repetido cada mañana en millones de cuartos de baño, como celditas de colmena: orín en el pocillo, olor a pelo sucio y a sábana, piernas boscosas, ingle inerte señalando el vacío, barba del tercer día. Que todos los ayuntamientos del país reserven partidas para erigir una reproducción de Marco Miseria, figuras templadas en bronce y emplastadas en el centro de las rotondas, cada mañana los conductores se reflejarán en ellas, todos los ayuntamientos deberían hacerlo como exorcismo”.

Nadie pensó en ello, ni siquiera en la locura del Plan E. Marco se pierde a sí mismo y pierde a su pareja, Julia, trabajadora del innombrable patrón de patrones que pidió un paréntesis en el sálvese quien pueda capitalista y entregó su centenaria empresa de viajes a un liquidador. Marco pierde su casa hipotecada, su madre encabronada con el mundo, su nido de vida convencional y segura. Sólo le queda su talento para dibujar y con un bote de pintura  emprende el proyecto de convertir las feas paredes de la ciudad en un mural de versos y dibujos, una obra ingenua que crece por la noche y es destruida a la mañana siguiente por los servicios de limpieza del ayuntamiento, no sea que alguien lea hace falta estar ciego, tener en los ojos raspaduras de vidrio y piense que el sistema es una demo.

En su viaje de pintura y versos, Marco conocerá a un trío de antisistemas inolvidable – es, quizá, la mejor parte de la novela -, y viajará al mundo sin nombres propios de Nada es crucial’, la novela con la que Pablo Gutiérrez se ganó el elogio generalizado de la crítica por tener lo que pocos escritores tienen, una voz propia, un estilo reconocible sólo con leer un puñado de líneas. En ‘Democracia’ el cómo se cuenta está por encima del qué se cuenta. No es la gran novela de la crisis – etiqueta que no creo que su autor haya tenido la pretensión de adjudicarse pero que pronto muchos pensamos en darle – aunque sí una gran narración sobre la soledad que reina en nuestra demo(cracia), donde cada vez hay más jugadores atrapados, ciudadanos expulsados a los márgenes del sistema, gente que sobra.

Democracia’. Pablo Gutiérrez. Editorial Seix Barral. Barcelona, 2012. 234 páginas, 17 euros.

CUADERNO DE ROBOS (VII)

Releer, sí esa siempre es la cuestión. Seitaridis me advirtió de mi tropezón cursi en mi última entrada y me recordó un libro maravilloso (primer aviso del cursilómetro) que leí hace muchos años: ‘Lisboa, diario de abordo‘, el viaje poético de José Cardoso Pires por esa ciudad que pudo y debió ser la capital del imperio de Felipe II. Cardoso camina por Lisboa y sueña conversaciones con Sebastião Opus Night, personaje de carne ficticia y nombre imán (segundo ¡CURSI!),  contertulio sabio que conoce todos los secretos de esta ciudad única (¡TOPICAZO!). Aquí van algunas líneas para despertar el deseo.

Fernando Pessoa está sentado bajo la lluvia en la terraza de ‘A Brasileira’. Dentro del café, está Almada. O estuvo. Durante mucho tiempo me acostumbré a verlo en la pared, en autorretrato de los años veinte, acompañado de dos señoras sofisticadas que parecían esperar cualquier cosa que pudiese llegar ¿Cualquier cosa, o algo determinado? ¿El segundo futurismo? ¿El próximo tren a París? Hasta hoy, silencio absoluto. En ‘A Brasileira’, Almada ha dejado de ser visto con ellas y, con lo que cae fuera, no es normal que vuelva pronto.

‘Chuvas corridas, tristezas crescidas e venha aguardente para lavar as feridas’, dicen los lisboetas de taberna. Mientras, Pessoa, que sabe eso de memoria porque “decilitró” por barras de media Lisboa, sigue en la terraza bajo la lluvia y, encima, sin vaso.

Ahí está él, nuestro padre”, decía Sebastião Opus Night señalando la estatua del poeta, siempre que pasábamos por el ‘Chiado’ al anochecer. No le parecía bien que los sentaran fuera para que los turistas le vinieran a sacar fotos en plan familiar, pero mejor sentado que a caballo, como ciertos héroes de estatua, porque en opinión de Opus Night, Pesoa debía de ser de pierna frágil. En todo caso, era el autor de ‘Mensagem’ y, como tal, padre de todos los desempleados que andan a la pesca de poemas por el Tajo, decía él.

Sí. En la silla del convidado de Pessoa sólo estaría bien Antonio Tabucchi”, murmuraba yo invariablemente, e invariablemente Opus Night guardaba silencio. Para un hastiado de Lisboa como él, Tabucchi era tal vez un escritor maldito, si es que alguna vez lo había leído.

Lo malo es que llueve. A esta hora Opus Night aún duerme el sueño de la tarde para calmar el whisky de la madrugada anterior y el pobre Pessoa de bronce hace años que ya está más allá del tiempo. Delante de él, en la plaza, tiene a un fraile putañero que hace más de tres siglos hizo versos jocosos y que ahora llora diarrea de palomas, sentado sobre un pedestal. Estoy hablando de Chiado. Nadie le presta atención, pero este hombre, además de hacer versos, fue ventrílocuo y un perdido granuja. Eso dicen.”

José Cardoso Pires falleció el 26 de octubre de 1998, apenas un año después de la publicación de su ‘Lisboa: diario de abordo‘. Su gran novela es Balada de la playa de los perros(1982), una investigación policial inspirada en un suceso real ocurrido durante la dictadura de Salazar. Alianza aún la mantiene en su catálogo, pero como este diario no la ha reeditado desde 1998. Reeditar, sí, esa también es la cuestión.

Pd: Más turista que viajero, la foto que acompaña estas líneas la hice en mi único viaje a Lisboa, un día luminoso, sin rastro de nubes de lluvia. Más Marchamalo que Neuman, guardo un sobre de azúcar de ‘A Brasileira‘ en un estante de mi librería, justo sobre el ordenador en el que he escrito estas líneas.

Andrés Neuman necesita un espacio vacío, sentarse ante una pared desnuda que convierta su página en blanco en un universo infinito. Jesús Marchamalo ha convertido su escritorio en una chamarilería de fetiches, un búnker forrado de libros, postales, fotos y hasta “un trozo de empedrado que recogí junto a la iglesia do Carmo, y que pudo, por qué no, pisar Pessoa”. Menchu Gutiérrez precisa, siempre,  una superficie de madera  - “sobre una mesa de cristal escribiría una gélida biopsia emocional” -. Fernando Aramburu se siente escolar castigado y corrige sobre un pupitre de madera, a mano y de pie, los textos que escribe a ordenador:  ”el pupitre invita a ser cuidadoso y poeta”.

Dime dónde escribes y te diré qué creas. Cuéntame cómo escribes y quizá descubra el misterio. Como el único funcionario de un censo poético, el escritor Jesús Ortega comenzó en enero la tarea inacabable de descubrir dónde crean sus obras sus colegas.  Les pide una foto y un pequeño texto en el que ellos mismos expliquen la elección del lugar, lo que necesitan, lo que les sobra.  En su Proyecto escritorio abundan las habitaciones luminosas, con paredes blancas, suelo de tarima y mesas de madera noble. Pero también hay zulos con viejo suelo de terrazo, pilas de libros amontonados y mesa de aglomerado, como el escritorio de Pepe Cervera, feliz por emular a Cheever y escribir cuesta arriba, sin luz natural y en calzoncillos.

Hay escritores contra la pared – Javier Calvo, Fernando Aramburu, Jon Bilbao… – y escritores frente a la ventana – Miguel Ángel Zapata, Álex Chico… -. Hay escritores con flexoMercedes Cebrián, Carlos Marzal y otro buen puñado – y escritores con estanterías guardaespaldas -Juan Gabriel Vásquez o María Ángeles Cabré -. Hay una poeta malagueña que escribe ante un enorme mapa físico de América, en un cubículo estrecho con pared amarilla. Hay nómadas de hotelAngélica Liddell, flamante Premio Nacional de Literatura Dramática, – y prisioneros sin paredes, como Eduardo Beti, que anota historias en bancos de parques, asientos de autobuses y barras de bares, siempre con su moleskine en el bolsillo, incapaz de escribir en un sitio fijo. Sólo encontré a un escritor de café, quizá porque ya no hay cafés donde escribir. De todos ellos, destaco la lección del poeta:  

“Escribir consiste en no salir de casa – escribe Carlos Marzal- . En pensar en la gente, habiendo dejado de tratarla a menudo. En darle vueltas al asunto de la vida, mientras la vida parece que es todo aquello que se nos escapa, dando vueltas, cuando hablamos de ella. Escribir consiste en pasarse el día mirando un papel, o una máquina mecanográfica, o un ordenador, haciendo como si uno mirase las calles, el mar, las montañas, los bosques. Escribir —nadie nos había avisado de ello— representa estar encerrado en un cuarto la mayor parte del día: nosotros, que teníamos tanta vocación de intemperie, tanto apetito de forajidos. Significa estar rodeado de los mismos cuadros, de los mismos libros, de los mismos cachivaches de siempre, que se acumulan y multiplican a nuestro alrededor: nosotros, que nos soñábamos en la variedad absoluta sin interrupción y, a la vez, en el orden jamás interrumpido. Qué curioso: haber acabado de monjes, siendo partidarios de la disipación; haber ido a parar en eremitas nostálgicos, siendo devotos de la mundanidad. Aquí, en el escritorio ventana, en el escritorio pared, en el escritorio nadie, en el escritorio prisión, en el escritorio universo. Qué extraño este destino de animal sentado”.

Después de estas líneas, poco importa lo que tengan que decir los escritores con sillón en la Academia, Planeta bajo el brazo o flamante Premio Nacional rechazado, narradores que – quizá por estar demasiado ocupados  – no han contado aún cómo es su celda a este más que recomendable Proyecto escritorio’.

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Soy reportero de sucesos e investigación. Me puedes ver en La Sexta Noticias, Espejo Público (Antena 3) y escuchar cada lunes en Julia en la Onda (Onda Cero). Éste es mi rincón en la Red.

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