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Cela en La Colmena

Intervine en ‘Manicomio’ porque el director me dijo que necesitaba una persona que comiese hierbas y tirase coces. Le dije que no tenía inconveniente”. Camilo José Cela

Antes del verbo llegó la coz. ‘Manicomio’ (1954), una película de episodios dirigida por Luis María Delgado y Fernando Fernán Gómez, fue el primer y único intento de llevar a Ramón Gómez de la Serna a la gran pantalla. Ese era para Fernán Gómez el único mérito de la película en la que Camilo José Cela hizo su tercer cameo, después de ‘El sótano’ (1949) y ‘Facultad de letras’ (1950). Histriónico narrador de anécdotas, el futuro Nobel le contó a José Ramón Pérez Ornia mientras se preparaba para su gran actuación en el cine que en los dos primeros sólo puso la cara y que en ‘Manicomio’, donde ya tuvo una frase, le sacó más partido a su pie: “Mientras interpretaba la escena mandé de una patada al Hospital Provincial a una actriz secundaria, y septuagenaria, que estaba detrás de mí y a la que no había visto”. No mintió, aunque hasta hoy sólo podíamos fiarnos de su palabra, porque su cameo…

(Si quieres ver el gran cameo de Cela en ‘Manicomio’, inédito hasta ahora en Internet, continua leyendo aquí, en Unfollowmagazine)

Manuel Chaves Nogales

CUADERNO DE ROBOS (XI)

Llevo días paseando por el Madrid bombardeado. Con la facilidad del lector, entro y salgo en el terror de la ciudad asediada con sólo abrir y cerrar un libro, buscando testimonios del terror de vivir bajo las bombas en aquel largo noviembre de 1936. He encontrado en las memorias del pintor José Moreno Villa la mejor descripción del espectáculo de las batallas aéreas entre los ‘Chatos’ y ‘Moscas’ soviéticos y los Ju-52 alemanes, que hasta la llegada de los cazas habían bombardeado Madrid con total impunidad.  He escuchado el ronquido nocturno de los trimotores mortales y he sentido el miedo cuando las explosiones de las bombas se acercan y los cristales de las ventanas estallan en el diario del diplomático chileno Carlos Morla Lynch. Y en el relato de La defensa de Madrid, de Chaves Nogales, he visto a dos madrileños discutir con humor sobre ‘Otto’ y ‘Frittz’, los dos Junkers de la aviación franquista – decenas en realidad – que se turnaban para mantener a la ciudad siempre en tensión.

En el primer relato de ‘A sangre y fuego’, Chaves Nogales cuenta las terribles ‘sacas’ que se sucedían como represalia a los bombardeos. Eran oficiales en las ciudades dominadas por los militares sublevados y espontáneas y descontroladas, en la España republicana, donde los milicianos anarquistas creían que sólo podían ganar la guerra haciendo primero la revolución. Hoy he descubierto, gracias a este artículo de Andrés Trapiello – el gran difusor de la obra de Chaves, que tan bien rescató María Isabel Cintas –, que la editorial Renacimiento prepara una nueva edición de ‘A sangre y fuego’ con dos relatos hasta ahora inéditos: El refugio y Hospital de sangre’. No sé si el periodista los descartó, pero he encontrado en el primero la mejor descripción del dolor y el miedo que padecieron miles de españoles que experimentaron por primera vez el terror aéreo. Tengo dos ediciones de ‘A sangre y fuego’, pero voy a comprarme esta nueva y os invito a hacer lo mismo. No conozco mejor forma de hacerlo que invitaros a leer el prólogo de esta colección de relatos, un autorretrato magistral que explica por qué durante décadas Chaves Nogales fue un injusto desconocido, arrinconado por vencedores y vencidos oficiales.

 “Yo era eso que los sociólogos llaman un ‘pequeño burgués liberal’, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio – como dicen los marxistas -, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo”.

Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales; mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mi ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, en fin, e cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria (…)

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional (…) Me fui cuando tuve la convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como las que vertían los aviones de Franco, asesinando a mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas (…)

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado (…) El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene elevado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende (…) En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años (…) En el exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras (…) Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador (…) Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera”.

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España’. Manuel Chaves Nogales. Editorial Renacimiento. Sevilla, 2013. 328 páginas, 22 euros.

Pd.: Anoche se estrenó en la Filmoteca de Sevilla el documental El hombre que estaba allí‘, de Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente, un corto de media hora sobre Chaves Nogales. Hecho con mucha más pasión que dinero, “intercala la narración biográfica del personaje con las intervenciones de quienes le conocieron (su hija, Pilar Chaves Jones), quienes, sin conocerle, le admiran (Muñoz Molina, Trapiello, Martínez Reverte) y quienes le conocen más que si le hubiesen conocido (María Isabel Cintas)“, escribe Teresa Constenla en El País. Sin pincháis en los nombres, podéis acceder a las entrevistas que han concedido para el documental. Espero que ‘El hombre que estaba allí‘, declarado homenaje al magnífico El maestro Juan Martínez que estaba allí’, tenga la difusión que merece.

El hipopótamo funambulista

Las mejores entradas de este blog son manuseadas, como diría un lector portugués. Las escribí durante años en lasextanoticias.com, sólo por el placer de leer y escribir. Tener un blog era para mí un privilegio, no una obligación.  Un día, sin previo aviso, las borraron. De aquella quema nació este blog. De sus 161 entradas, 128 pertenecen a ‘El hipopótamo funambulista’, un nombre extravagante creado para destacar en una red tan inmensa que convierte estos textos en una botella de náufrago. Aquí van cinco, elegidas este día del libro para celebrar el amor a ese objeto sin el cual no puedo entender mi vida. Rescatadas del fuego para volver a surcar el océano.

Los libros manuseados

Me gusta pensar que los libros que leemos se quedan con una parte de nosotros. Una frase subrayada, un pos-it para evitar el lápiz que nunca se borrará, una esquina doblada, un marcapáginas olvidado, un nombre escrito en la primera página, el tique de un regalo, el perfume inconfundible de la chica a la que presté el libro. Todos esos detalles son pistas para reconstruir un instante, un billete para viajar en el tiempo. Encontré por azar uno de estos billetes en un libro de la cuesta de Moyano, “Sociología”, de… (sigue leyendo).

Tirar un libro (6/5/10)

“Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probártelo”. Al contrario que Helene Haff, he comprado decenas de libros sin pasar por el probador. En algún momento de mi vida pensé que tener libros era casi como leer libros. Tres estanterías más tarde descubrí la mentira, pero el vicio de comprar ya me había mordido. Por eso me gustan las tiendas de saldo y las ferias de ocasión, donde los libros… (sigue leyendo).

Mi librero de cabecera (8/12/09)

El guardaespaldas llegó a primera hora de la mañana, mientras abría las cajas de novedades y hablaba en silencio conmigo mismo: “Una edición de ‘El libro del desasosiego‘ por Perfecto Cuadrado, ¡ja, ja!”… la tenía justo en mi mano cuando aquel tipo fornido entró en la librería, con su traje oscuro, gafas oscuras, pelo oscuro y camisa blanca.  “Buenos días”, dijo con una voz nada oscura, casi amarillo chillón, una voz que desafinaba con aquel cuerpo disfrazado. “Buenos días”, contesté. “¿Es usted el responsable?” “¿De qué?”, contesté.”¡De la librería, de qué va a ser!” “No, pero… (sigue leyendo).

Tocar los libros’  (25/10/10)

Jugaba la lluvia con los cristales. Gota a gota componía una canción de ritmo irregular y el tintineo del agua se entremezclaba con el ruido del teclado. Como un oficinista entregado, copiaba los párrafos que más me habían gustado, esas líneas que justo cuando comienzas a leer prenden una señal, la luz de un faro en un mar de tinta. “Contaba Salman Rushdie que, de niño, en Bombay, en ciertas familias se besaban los libros sagrados, los textos divinos, igual que los trozos de pan que se caían al suelo. Pero en su casa no: se besaban los…(sigue leyendo).

El ataque de los escritores del Sí

Los escritores del Sí tienen nombres y apellidos, pero nadie los recuerda. Su cara y sus ropas pueden parecer las de un habitante del país de los escritores, pero son invisibles para el común de los lectores y, ¡ay, aquí está su gran maldición!, para los editores. Esa desgracia condiciona sus vidas pero ellos no se resignan. “Hola, buenas tardes”. “Buenas tardes”. “Verá, hace unas semanas dejé unos libros en depósito y quería saber si les queda alguno”. El dependiente, que ha leído mucho antes de entrar a trabajar en la librería pero es un novato, no tiene ni idea de qué quiere decir este cliente. De hecho, aquí está su primer error: ¡Este señor… (sigue leyendo).

peter o'toole - lawrence of arabia 1962

Envidio a Jacinto Antón. No por haber conversado con hombres y mujeres que intentaron matar a Hitler, cruzaron desiertos inmensos, fueron los primeros en romper la barrera del sonido o pilotaron un Sabre en los cielos de Corea. Menos aún por haber participado en un golpe de Estado. Le envidio, sin reparos, sin límites, por haber logrado convertir sus aficiones en su trabajo y, sobre todo, por su maravillosa capacidad para transmitir en sus artículos periodísticos la pasión que siente por lo que ama, por tener un estilo inconfundible en el que el rigor y la diversión siempre están presentes, por haber logrado ser único.

 “Abro al azar  ‘Los siete pilares de la sabiduría’, que leo como otros la Biblia – escribe Antón en ‘Sangre, sudor y arena’ – , y vuelvo a extasiarme con su prosa cargada de una hiriente poesía”. Dos líneas después, antes de que el lector piense que se lo toma demasiado en serio, Jacinto Antón llama al escritor de su biblia “el Emir Dinamita”. Hay que ser muy hábil para retratar a Lawrence de Arabia en un puñado de líneas y descubrirnos que era, al mismo tiempo, un héroe, un aventurero y un cobarde. Antón coquetea con la pedantería – acantilado al que se asoman todos los eruditos – y sale sin un rasguño mientras nos desvela al hombre que oculta el mito. Sólo es posible gracias a una armadura de humor y una habilidad al escribir propia de un amante de la esgrima.

‘Héroes, aventureros y cobardes’, la flamante recopilación de sus artículos y entrevistas en El País, se puede y se debe leer al azar, a la caza de la sorpresa. Antón nos lleva con Alejandro a través de la inmensa Asia, nos invita a escalar el Himalaya en una expedición nazi,  a combatir hasta la última bala con Walter Hamilton y su ‘band of Guides’ en un Kabul asediado, y a sentir el empuje de los dos turborreactores Junkers Jumo que impulsan nuestro Me 262 a la caza de una ‘fortaleza volante’No hay aventura como la aventura de las máquinas aéreas, escribe Jacinto Antón y nadie la ha contado tan bien en la prensa española, siempre dispuesta a equivocarse en el pie de foto y confundir un A-10 con un F-16.

Jacinto Antón tiene una fascinación sin complejos, casi infantil, por la guerra. Nos pasa a todos los cobardes. Miento, no le fascina la guerra sino los soldados y su comportamiento en esos momentos excepcionales que son los combates. Por eso conversa con el novelista Simon Scarrow sobre las tácticas de los legionarios romanos o con Max Hastings – corresponsal en 11 guerras, el reportero que entró en Port Stanley antes que los soldados británicos a los que acompañaba en la  guerra de Las Malvinas – sobre lo peligroso que es combatir a  las órdenes de un héroe. Los héroes no son buenos líderes – responde Hastings -  (…) Todo ejército necesita un puñado de héroes, pero sólo unos cuantos, los justos para ganar, el resto ha de ser gente normal con ganas de volver a casa”.

Este libro es, inevitablemente, un autorretrato. Porque Jacinto Antón (casi) siempre escribe de Jacinto Antón cuando escribe de otros o incluso cuando conversa con otros. Y viajando en el tiempo – es una pena que los artículos y entrevistas no estén fechados -, conversando con arqueólogos fascinantes como Christiane Desroches Noblecourt o Zahi Hawass, el escritor nos descubre dónde comenzó su pasión por la aventura – mi primera momia, como todas mis primeras cosas, desde la muerte hasta el amor pasando por el sexo, estaba en un libro -, confiesa su cleptomanía fetichista – ¡sustrajo un botón del conde Almásy! – y admite que toquetea como un niño travieso las armas, medallas y uniformes  de los museos.

Héroes, aventureros y cobardes’ lleva a muchos libros, incluido uno que Jacinto Antón no cita y que contiene estas líneas de Joseph Conrad que no me he resistido a robar: “Sentí en mi corazón que cuanto más se aventura uno, mejor se comprende que todo en nuestra vida es vulgar, insuficiente y vacío”.  Hay algo de esa melancolía en casi todos los hombres y mujeres que llenan este libro, personajes insólitos que fueron más allá de sus propios límites, cobardes que salvaron su vida por ser incapaces de enfrentarse al miedo y que vivieron el resto de su días corroídos por dentro, héroes que intentaron salvar al mundo y que fueron demasiado peligrosos. Leer sus vidas a través de los artículos de Jacinto Antón nos permite escapar de la repetición diaria que domina nuestras vidas. ¡Shahabsh! (bravo por ellos).

 ‘Héroes, aventureros y cobardes’. Jacinto Antón. Editorial RBA. Barcelona, 2013. 400 páginas, 21 euros.

Pd.: Este libro también nos lleva a muchas películas y es una invitación a volver a ver el ‘Lawrence de Arabia‘ de David Lean y Peter O`Toole, quizá la gran película de aventuras. No he encontrado una imagen mejor para acompañar estas líneas.

Pd. 2 (19/4/2013): Os invito a visitar el blog de Jacinto Antón, El correo del zar, que hoy acaba de actualizar con sus recomendaciones para el día del libro.

Margaret_Thatcher_Iron_Lady

CUADERNO DE ROBOS (X)

No existe eso que se llama sociedad. Existen hombres y mujeres como individuos, y existen familias“. Margaret Thatcher

Tony Judt comienza con esta cita el capítulo XVII de su magistral ‘Postguerra’. Ayer, cuando las reacciones a la muerte de Thatcher se sucedían con la velocidad vertiginosa de Twitter, la red se dividió rápidamente entre el elogio sin fisuras, casi hagiográfico, y el rechazo total. Los críticos de Thatcher eran incluso incapaces de reconocerle un mérito indiscutible: que su victoria en la guerra de Las Malvinas fue el principio del fin de la terrible dictadura de los generalotes argentinos. Y los hagiógrafos convertían erróneamente la última gran guerra colonial británica en una lucha entre la democracia y la dictadura, olvidando que Thatcher no dudó en buscar en esa guerra el apoyo del dictador Pinochet. Thatcher – ‘dama de hierro’ para sus admiradores, ‘la que te quita la leche(‘Margaret Thatcher Milk Snatcher‘) para sus detractores -, siempre dividió al mundo en dos bandos enfrentados. Y lo volvió a hacer el último día de su vida. Por eso, ayer volví a leer a mi admirado Tony Judt. Aquí va su retrato de Thatcher.

François Miterrand, que algo sabía de esas cosas, la describió en una ocasión como alguien que tenía “los ojos de Calígula, pero la boca de Marilyn Monroe. Podía hostigar e intimidar de forma más inmisericorde que cualquier político británico desde Churchill, pero también era seductora. Entre 1979 y 1990 Margaret Thatcher hostigó, intimidó - y sedujo – al electorado británico para llevar a cabo una revolución política. El thatcherismo significaba varias cosas: reducción de impuestos, libre mercado, libertad empresarial, privatización de industrias y servicios, valores victorianos, patriotismo e individualismo (…) llegaron a lomos de la reacción violenta contra el espíritu libertario de los sesenta y atrajeron a muchos de los partidarios que tenía Thatcher en las clases obrera y media: hombres y mujeres que nunca se habían sentido cómodos en compañía de la intelectualidad progresista que dominaba la vida pública en esos años”.

“La primera victoria electoral de Margaret Thatcher no fue especialmente notable en términos históricos. En realidad, bajo su dirección, el Partido Conservador nunca ganó muchos votos. Más que ganar elecciones, observaba cómo las perdía el laborismo (…) Desde esta perspectiva, podría parecer que el programa radical de Thatcher y su firme voluntad de llevarlo a cabo no guardan proporción con el mandato emanado de las urnas, constituyendo una ruptura inesperada e incluso arriesgada de la consolidada tradición británica de gobernar tan cerca del centro como sea posible (…) acabó para siempre con la influencia pública que habían ejercido los sindicatos británicos al aprobar leyes que limitaban la capacidad de sus dirigentes para convocar huelgas (…) Entre 1984 y 1985, durante una confrontación enormemente simbólica que lanzó al Estado armado contra una comunidad condenada de proletarios industriales, aplastó el violento y emotivo esfuerzo que realizaba el Sindicato Nacional de Mineros para impedir el cierre de minas ineficientes”.

“No hay duda de que la situación de la economía británica mejoró durante los años de Thatcher, después de un período de declive inicial entre 1979 y 1981 (…) en 1983 tanto el beneficio político como el económico de liquidar los activos propiedad del Estado o gestionados por él hicieron que la primera ministra inaugurara una subasta nacional que se prolongó durante una década, ‘liberando’ tanto a los productores como a los consumidores. Todo o casi todo se puso en almoneda (…) Muchos de los que perdieron su empleo en industrias ineficientes (y antes subvencionadas por el Estado), como la siderurgia, la minería, los textiles y los astilleros, no volverían a encontrar trabajo nunca más, pasando a una situación de dependencia total y vitalicia respecto al Estado, que sin embargo no se expresaba en esos términos. Si sus antiguas empresas se convirtieron en algunos casos en rentables compañías privadas, no fue tanto por el milagro de la propiedad privada como porque los gobiernos de Margaret Thatcher las libraron de unos elevados costes laborales fijos, ‘socializando’ el gasto en trabajadores superfluos mediante los seguros de desempleo estatales”.

“En consecuencia, como sociedad, como economía, el Reino Unido de Thatcher era un lugar más eficiente. Pero, como sociedad, sufrió un cataclismo de desastrosas consecuencias a largo plazo. Al desdeñar y desmantelar todos los recursos que estaban en manos colectivas, al insistir a gritos en una ética individualista que prescindía de cualquier valor no cuantificable, Margaret Thatcher causó un grave daño al tejido que sustentaba la vida pública británica. Los ciudadanos se transformaron en accionistas, o partes interesadas (…) en la City de Londres, los bancos de inversión y los corredores de bolsa se beneficiaron tremendamente del big bang de 1986, año en el que los mercados financieros británicos se desregularon y se abrieron a la competencia internacional. Los espacios públicos cayeron en el abandono. La pequeña delincuencia y la criminalidad aumentaron al incrementarse la parte de la población que se veía atrapada en una pobreza permanente. La prosperidad privada se vio acompañada, como ocurre con tanta frecuencia, de la miseria pública”.

“Entre las principales víctimas de Margaret Thatcher se encontró el Partido Conservador (…) Margaret Thatcher gobernó sola (…) Thatcher, que era una ‘radical’, empeñada en destruir e innovar, despreciaba el acuerdo. Para ella, la lucha de clases, convenientemente actualizada, era el material de que estaba hecha la política (…) El thatcherismo era más una cuestión de ‘cómo’ se gobernaba que de lo que se hacía realmente al gobernar (…) No sólo destruyó el consenso de postguerra sino que forjó otro nuevo (…) Por primera vez en dos generaciones se había cuestionado el papel del Estado (…) A veces se dice que se ha exagerado el papel de Thatcher en este cambio (…) pero, incluso con la perspectiva del tiempo, resulta difícil imaginar quién, salvo Thatcher, podría haber hecho de sepulturero. Para bien o para mal, lo que hay que reconocer es la propia escala de la transformación que obró. A alguien que se hubiera quedado dormido en Inglaterra en 1978 para despertarse veinte años después, le habría parecido un desconocido: muy diferente a su yo anterior, y enormemente distinto del resto de Europa”.

‘Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Tony Judt. Editorial Taurus. Madrid, 2006. 1216 páginas, 29,50 euros.

Pd.: Pocas veces una entrada de este blog ha tenido tan buenos enlaces: desde un artículo de Carlos Mendo de 1985 sobre la huelga minera a la página de ‘Spirit of 45′, el último documental de Ken Loach (que ha propuesto privatizar el funeral de Thatcher porque “es lo que ella habría querido”), pasando por el obituario de Nick Robinson en la BBC. No los dejéis pasar.

Pd. 2 (9/4/13): He vuelto a revisar las páginas que Judt dedica a Margaret Thatcher tras el comentario crítico de Sergio. Creo que el historiador no sentiría que las líneas de esta entrada tergiversan su visión de Thatcher, pero buscando los elogios que Sergio lamenta no encontrar he localizado unas líneas de Tony Judt que explican por qué es casi imposible hablar de Thatcher sin despertar recelos. Aquí van:

Su negativa a dejarse impresionar ni siquiera cuando sus políticas monetaristas parecían estar fallando (a los conservadores que en octubre de 1980 le rogaron que cambiara de táctica y que diera un giro de 180 grados a sus políticas les respondió: “Daos la vuelta si queréis. La dama no va a cambiar de rumbo”), el hecho de que aceptara encantada el apodo de ‘Dama de hierro’ con el que al describían los soviéticos, el patente placer que sentía al enfrentarse y derrotar a una reata de oponentes (que iban de la Junta militar argentina en la guerra de Las Malvinas hasta el líder del sindicato minero Artur Scargill), el bolso que blandió con agresividad contra la reunión de líderes de la Comunidad Europea mientras exigía “que nos devuelvan el dinero”: todo ello sugiere que claramente consideraba que su principal baza política era precisamente su testarudez, esa negativa contumaz a cualquier cesión, que tanto escandalizaba a sus críticos. Como indicaban todas las encuestas, hasta aquellos que no gustaban de las políticas thatcherianas solían reconocer cierta admiración por la figura de esta mujer. Una vez más, los británicos eran gobernados”.

Hoy, como entonces, parece imposible definir a Thatcher sin que los sentimientos se interpongan.

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