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Autorretrato

La escena pertenece a mi mitología familiar. Puente Genil (Córdoba), 1942, 1943, quizá 1944. La fecha exacta no importa. Eran años grises y tristes, de miedo y dolor. Entramos en una casa de vencidos. Hay millones en aquella España. Es un hogar pobre donde no se pasa hambre porque mi abuela Mercedes trabaja de sol a luna y de luna a sol. Pero en el salón de la casa hay una sola mesa, unas sillas y una butaca.  La radio es un lujo que llegará muchos años después. El televisor ni siquiera lo sueñan los ricos del pueblo.

Como buena historia oral cambia según quien sea el narrador y cambia incluso si el mismo narrador vuelve a contarla. Mi madre, la más pequeña, apenas recuerda los detalles. Es una noche cualquiera y mi abuela Mercedes y mis tías Merche y Paqui cosen. Mi madre juega con su muñeca y mi tío Juan, bueno, digamos que trastea por allí. Para hacer más corta la noche, desde hace unos días mi abuelo Joaquín abre el primer tomo de su edición de Los miserables’ en seis volúmenes y comienza a leer en voz alta.

En la noche de un domingo, panadero en la plaza de la iglesia, en Faverolles, iba ya a acostarse cuando oyó un golpe violento en el escaparate de su tienda (…) Llegó a tiempo para ver que un brazo pasaba a través del agujero practicado de un puñetazo (…) El brazo se apoderó de un pan y se lo llevó. Isabeau salió inmediatamente, el ladrón huía a toda prisa; Isabeau corrió tras él, le alcanzó y le detuvo. El ladrón había arrojado el pan al suelo, pero su brazo estaba ensangrentado. Era Juan Valjean (…) Fue condenado a 5 años de galeras”.

No sé cómo los seis volúmenes de la gran novela de Víctor Hugo se salvaron de la hoguera de humedad en la que se consumió la biblioteca de mi abuelo, emparedada entre adobes unidos con miedo. Ocultos de vencedores imprevistos, los libros estuvieron tapiados durante años. Cuando el miedo cedió, mi abuelo los liberó de su celda y descubrió que la humedad había hecho añicos casi todas sus novelas. Pero la edición en seis volúmenes de ‘Los miserables’ – impresa en París en 1921 por los hermanos Garnier – sobrevivió. Y aún más, logró superar la mudanza a Madrid, el gran viaje sin retorno de mis abuelos.

Antes llegaron la radio y la progresiva ceguera de mi abuelo que acabaron con sus lecturas en voz alta, pero la historia de Jean Valjean – Juan en la farragosa traducción de J. Segundo Gómez -, se convirtió en una referencia familiar. No importaba que ocurriera en la Francia napoleónica. Era un símbolo de la injusticia que habían vivido antes y después de la guerra y que dominaba el campo andaluz, tierra de señoritos y jornaleros. Al fin y al cabo, como ha escrito Vargas Llosa, ‘Los miserables’ es una novela inmensa sobre temas universales:  “la justicia, el bien y el mal, el amor, la ley y la moral, la piedad, el progreso del hombre…”

Pasó el tiempo. Llegó la democracia y nuestro imperfecto estado del bienestar.  ‘Los miserables’ se convirtieron en un musical de éxito y dejaron de simbolizar la injusticia.  ¿Cómo creer que un hombre sea encarcelado hoy en día por robar una barra de pan?  Así pensaba yo hasta hace dos semanas, cuando leí que un juzgado de Barcelona ha condenado a un indigente a un año de cárcel por robar media ‘baguette mientras agarraba por el cuello de la bata a la panadera y la gritaba. Inmediatamente pensé que Jean Valjean, el hombre cuya historia fascinó a mi abuelo, había vuelto, como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque esta vez sólo ha robado media barra de pan.

Pd: El boceto de esta entrada es una obra de Paula Cabildo, que ha tenido la gentileza de dejarme usarla. Os invito a visitar su blog notecreonada.com, un crítico relato de nuestra actualidad a través de originales ilustraciones.

Pd. (viernes, 15 de noviembre de 2012): Jean Valjean volverá estas Navidades a la pantalla con el rostro de Hugh Jackman. Russell Crowe interpretará a su gran enemigo,  el incansable perseguidor Javert. Os dejo el enlace con los retratos que Annie Leibovitz ha hecho de los principales protagonistas y el tráiler de la película de Tom Hooper, el director de ‘El discurso del rey‘.

Annie Leibovitz

Llegué a Estambul  anclado en la página 174 del ‘Estambul de Pamuk.  Javier Reverte, viajero sabio, recomienda viajar con un libro en la mochila y una docena en la cabeza. Pero yo, turista occidental, empecé a leer el relato de Orhan Pamuk sólo dos días antes de mi viaje, así que  lo metí en la mochila con esa guía que los viajeros llevan en la cabeza y los turistas paseamos en la mano.

Compré ‘Estambul’ hace 6 años, cuando Pamuk acababa de ganar el Nobel. Lo compré, lo ojeé, lo coloqué en un estante de mi biblioteca y me olvidé de él. Sólo recordé que lo tenía dos días antes de volar a esta ciudad única, pero bastó empezar a leerlo para pasear por las calles de Estambul en un abrir y cerrar de páginas.

El ‘Estambul’ de Pamuk es lo que parece, un recorrido sentimental por una ciudad única. Pamuk reconstruye una ciudad que quizá sólo existió en su mirada, pero también viaja al Estambul que recrearon los periodistas y escritores que amaron esta ciudad cuando ya era imposible ocultar su decadencia imperial, el Estambul que Ara Güler inmortalizó durante décadas.

La visión romántica de Gautier, Nerval y Loti se entremezcla con el relato crítico de los periodistas turcos del XIX y el XX. Lo que amaban los primeros, la decadencia de la antigua capital imperial, era justo lo que detestaban los segundos. Entre unos y otros, Pamuk nos cuenta su vida y la de su familia en un relato repleto de nostalgia.

En el Estambul de mi viaje me reencontré con muchas de las escenas de su libro, desde los pescadores del Gálata y los vendedores callejeros de sandía hasta una de esas higueras que no entienden de leyes ni monumentos y crece entre una de las miles de grietas de la gran muralla que protegió la ciudad durante más de mil años.

Si el Estambul de papel lleva a decenas de libros, la ciudad de piedra, madera y ladrillo me devolvió a otro libro de Pamuk.  Con el dinero del Nobel, el escritor ha transformado un piso de 4 plantas sin ascensor en una novela que se lee, se pisa y se toca, un museo vertical que reproduce en 83 vitrinas repletas de objetos los  83 capítulos de ‘El museo de la inocencia.

Apenas conocido por un puñado de turistas, el museo es uno de los lugares más originales de Estambul, lo que ya es mucho decir. Quería creer que es el piso en el que transcurren gran parte de las historias de ‘Estambul’, la vivienda que construyó el abuelo del escritor y en la que Pamuk vivió su infancia rodeado de sus tíos, su abuela y los sirvientes de ésta. Pero estaba equivocado. La solución al enigma la encontré en otro libro de Pamuk, ‘El novelista ingenuo y el sentimental.

En una ocasión, mientras curioseaba en una tienda de segunda mano – escribe Pamuk en ‘El novelista..’ - , encontré un vestido de una tela muy brillante con rosas naranjas y hojas verdes, y decidí que era el adecuado para Füsun, la heroína de mi novela. Con el vestido ante mí, procedí a escribir los detalles de una escena en la que Füsun está aprendiendo a conducir mientras lleva ese vestido”.

Así, imaginando situaciones a partir de frascos de medicinas, botones, billetes de lotería, naipes e incluso colillas (4.213 para ser exactos) Pamuk escribió ‘El museo de la inocencia’ y creó a la vez un museo real con los objetos que unen a los dos amantes durante décadas, las piezas que construyen su carácter y que han convertido un edificio pequeño y feo de Estambul en la invitación más hermosa para leer una novela.

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Siempre supe que este funambulista se quedaría algún día sin cuerda. Después de 848 jornadas sobre el alambre, este hipopótamo termina hoy un viaje que comenzó hace mucho tiempo, en una casa de apuestas. Desde entonces, las páginas de los libros que le mantienen en equilibrio se han vuelto amarillas y su piel coraza tiene grietas por pasar demasiado tiempo volando sobre los ríos en lugar de bucear bajo sus aguas.

Este blog siempre fue un hijo deseado, aunque le castigase con un nombre extravagante para llamar la atención en una red superpoblada. Su nombre era también un antídoto contra la seriedad, a la que este funambulista ha tumbado en la lona varias veces, a pesar de tener un único y serio propósito: escribir sólo de libros leídos y no ser una enumeración de reseñas de solapa. No engañarte para compartir una pasión, la de los libros que nos hacen soñar.

Nunca he querido que este funambulista pareciese lo que es: un hobby. Siempre he intentado que sea un blog profesional. Si la actualidad, a golpe de guadaña o de premio, se imponía, improvisaba una entrada que nadie me había pedido mientras comía un bocadillo. Ser considerado uno de los 40 mejores blogs de literatura de España ha sido durante meses una pila atómica para un blog cuyo único combustible era raciones de lectura y vanidad, y la posibilidad de escribir un día una entrada de la que podía sentirme orgulloso.

Este funambulista no nació de una orden, pero en los últimos meses se ha convertido en una obligación que sólo yo me impongo. Una contradicción insostenible para un blog que se alimenta de mi tiempo libre, cada vez más escaso, preciso y precioso. La solución sería rebajar el nivel que pretendo o convertir este blog en un zombi, una bitácora que no se sabe cuándo se actualiza ni por qué. Ninguna de las dos me gusta.

Es cierto que cuando las parejas se separan no hay beso de despedida (sí Txemi, Chinarro), pero no quería que este blog llegase al final de la cuerda floja sin dar las gracias a la gente que lo ha hecho posible. Sin la amistad de Juan Bolás, responsable de lasextanoticias.com durante años, este hipopótamo no habría salido del pantano de los propósitos. Y no hubiera tenido cuerpo sin Ángel Rodríguez. Sin su talento y su trabajo, vídeos como éste no habrían sido posibles.

David, Víctor, Rubén, Luis, AnaAlmudena y el resto del equipo de la web han mostrado siempre una paciencia infinita cuando les abordaba una y otra vez para corregir erratas que no veía en el folio y me chillaban en los oídos cuando leía el texto publicado. Sé que he sido el bloguero más pesado que habéis tenido que soportar, pero es la naturaleza de los hipopótamos.

Gracias a Juan Antonio, a Noelia, a Ángel, ¡otra vez!, y a Miriam, que me enlazaron en sus blogs a pesar de que yo no podía hacerlo en el mío. Mil gracias a las editoriales, sobre todo a las pequeñas, que respondieron a mis correos y me enviaron el libro deseado. Gracias a Palmiro y a Luna, por su fidelidad y sus brillantes comentarios. Y gracias sobre todo a ti, amigo lector. Ha sido un viaje fantástico.

4/2/2011

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Me fui al Retiro con 11 libros. En dos bolsas se balanceaban Santiago Nassar y el coronel sin corresponsales, un pescador desafortunado y dos profesores de microeconomía que se han hecho ricos contando aparentes locuras. En total, 11 títulos forrados de plástico y etiquetados en Bookcrossing con una matrícula que permite seguir sus andanzas por todo el mundo, y que se unen a otros 10 títulos liberados por este humilde bloguero.

La ya vieja idea del bookcrossing permite crear un mapa de lecturas con el recorrido de una historia que pasa de lector a lector. Basta escribir en la página de Bookcrossing la matrícula del libro. Es fácil, pero pocos libros liberados de forma salvaje “contestan”. Aún así, 4 desconocidos han dejado un mensaje: un ejemplar de ‘Escuadrón Guillotina que liberé en Bruselas debe estar a esta hora en algún lugar de Sudamérica (sí, así de impreciso).

Me encanta imaginar que éste o cualquiera de los otros libros fue descubierto con emoción y que incluso será leído con tanto placer que su desconocido lector lo volverá a dejar libre (¡jazz brass de la fantástica ‘Treme’ a todo ritmo!, ¡pinchad, bailad, gozad!). Es un pensamiento iluso pero este blog se alimenta del deseo de compartir lecturas… y libros.

(Pd: Llevaba dos semanas sin publicar y no volveré a escribir hasta octubre. Espero que el cierre sea sólo un paréntesis)

9/9/10

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Sucedió en el año cuatro antes de Youtube, un día de finales de mayo. Mario Muchnik llegó al estudio sudoroso y agitado, como si hubiera subido en diez zancadas los cinco pisos del Círculo de Bellas Artes. Vestía una camisa azul con las mangas remangadas. Tenía su pelo blanco revuelto y una energía juvenil encerrada en su cuerpo septuagenario.

Yo había heredado la presentación de ‘Círculo abierto‘ de Urko Gabilondo, que estaba cansado de las promesas incumplidas de un director que presumía de poeta pero amaba ser César por encima del mejor verso. Comencé a entrevistar a Mario protegido tras Memorias de un librero. Era un guiño cómplice a su trabajo como editor y Mario lo reconoció enseguida.

No volvimos a encontrarnos nunca más. Pero he vuelto a pensar en él y en aquella entrevista muchas veces. Mario había dedicado toda su vida a la edición de libros. Y allí estaba, defendiendo con pasión los cuatro títulos que había traído bajo el brazo, convertido en un joven editor independiente sin caseta en la feria.

Eso es lo que es ahora Jan Martí, fundador de la editorial Blackie Books. Como el veterano Mario, Martí cree en lo que edita. “El día que publiquemos un libro para rellenar católogo esto se habrá acabado”, leo en una entrevista de Amador Fernández-Savater a un Jan Martí que no quiere ser un cínico. “Sólo mueren las medias tintas, los libros mal hechos y las editores sin ideas. Ojalá fuera cierto.

La revolución digital permite ver a los editores como un trámite prescindible entre el autor y sus lectores. Al fin y al cabo no todos los editores sueñan y los que sueñan no pueden vivir sin calculadora. Pero sin editores como Mario y Jan, como Muchnik y Martí, nos quedaríamos sin los exploradores que nos descubren los libros que nos hacen soñar.

Pd.: Si tenéis paciencia y tiempo, podéis hacer el ejercicio arqueológico de escuchar la entrevista que hice a Mario Muchnick en estos dos enlaces: (1ª parte) y (2ª parte).

24/8/10 (año V D.Y.)

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