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Cuaderno de robos

Margaret_Thatcher_Iron_Lady

CUADERNO DE ROBOS (X)

No existe eso que se llama sociedad. Existen hombres y mujeres como individuos, y existen familias“. Margaret Thatcher

Tony Judt comienza con esta cita el capítulo XVII de su magistral ‘Postguerra’. Ayer, cuando las reacciones a la muerte de Thatcher se sucedían con la velocidad vertiginosa de Twitter, la red se dividió rápidamente entre el elogio sin fisuras, casi hagiográfico, y el rechazo total. Los críticos de Thatcher eran incluso incapaces de reconocerle un mérito indiscutible: que su victoria en la guerra de Las Malvinas fue el principio del fin de la terrible dictadura de los generalotes argentinos. Y los hagiógrafos convertían erróneamente la última gran guerra colonial británica en una lucha entre la democracia y la dictadura, olvidando que Thatcher no dudó en buscar en esa guerra el apoyo del dictador Pinochet. Thatcher – ‘dama de hierro’ para sus admiradores, ‘la que te quita la leche(‘Margaret Thatcher Milk Snatcher‘) para sus detractores -, siempre dividió al mundo en dos bandos enfrentados. Y lo volvió a hacer el último día de su vida. Por eso, ayer volví a leer a mi admirado Tony Judt. Aquí va su retrato de Thatcher.

François Miterrand, que algo sabía de esas cosas, la describió en una ocasión como alguien que tenía “los ojos de Calígula, pero la boca de Marilyn Monroe. Podía hostigar e intimidar de forma más inmisericorde que cualquier político británico desde Churchill, pero también era seductora. Entre 1979 y 1990 Margaret Thatcher hostigó, intimidó - y sedujo – al electorado británico para llevar a cabo una revolución política. El thatcherismo significaba varias cosas: reducción de impuestos, libre mercado, libertad empresarial, privatización de industrias y servicios, valores victorianos, patriotismo e individualismo (…) llegaron a lomos de la reacción violenta contra el espíritu libertario de los sesenta y atrajeron a muchos de los partidarios que tenía Thatcher en las clases obrera y media: hombres y mujeres que nunca se habían sentido cómodos en compañía de la intelectualidad progresista que dominaba la vida pública en esos años”.

“La primera victoria electoral de Margaret Thatcher no fue especialmente notable en términos históricos. En realidad, bajo su dirección, el Partido Conservador nunca ganó muchos votos. Más que ganar elecciones, observaba cómo las perdía el laborismo (…) Desde esta perspectiva, podría parecer que el programa radical de Thatcher y su firme voluntad de llevarlo a cabo no guardan proporción con el mandato emanado de las urnas, constituyendo una ruptura inesperada e incluso arriesgada de la consolidada tradición británica de gobernar tan cerca del centro como sea posible (…) acabó para siempre con la influencia pública que habían ejercido los sindicatos británicos al aprobar leyes que limitaban la capacidad de sus dirigentes para convocar huelgas (…) Entre 1984 y 1985, durante una confrontación enormemente simbólica que lanzó al Estado armado contra una comunidad condenada de proletarios industriales, aplastó el violento y emotivo esfuerzo que realizaba el Sindicato Nacional de Mineros para impedir el cierre de minas ineficientes”.

“No hay duda de que la situación de la economía británica mejoró durante los años de Thatcher, después de un período de declive inicial entre 1979 y 1981 (…) en 1983 tanto el beneficio político como el económico de liquidar los activos propiedad del Estado o gestionados por él hicieron que la primera ministra inaugurara una subasta nacional que se prolongó durante una década, ‘liberando’ tanto a los productores como a los consumidores. Todo o casi todo se puso en almoneda (…) Muchos de los que perdieron su empleo en industrias ineficientes (y antes subvencionadas por el Estado), como la siderurgia, la minería, los textiles y los astilleros, no volverían a encontrar trabajo nunca más, pasando a una situación de dependencia total y vitalicia respecto al Estado, que sin embargo no se expresaba en esos términos. Si sus antiguas empresas se convirtieron en algunos casos en rentables compañías privadas, no fue tanto por el milagro de la propiedad privada como porque los gobiernos de Margaret Thatcher las libraron de unos elevados costes laborales fijos, ‘socializando’ el gasto en trabajadores superfluos mediante los seguros de desempleo estatales”.

“En consecuencia, como sociedad, como economía, el Reino Unido de Thatcher era un lugar más eficiente. Pero, como sociedad, sufrió un cataclismo de desastrosas consecuencias a largo plazo. Al desdeñar y desmantelar todos los recursos que estaban en manos colectivas, al insistir a gritos en una ética individualista que prescindía de cualquier valor no cuantificable, Margaret Thatcher causó un grave daño al tejido que sustentaba la vida pública británica. Los ciudadanos se transformaron en accionistas, o partes interesadas (…) en la City de Londres, los bancos de inversión y los corredores de bolsa se beneficiaron tremendamente del big bang de 1986, año en el que los mercados financieros británicos se desregularon y se abrieron a la competencia internacional. Los espacios públicos cayeron en el abandono. La pequeña delincuencia y la criminalidad aumentaron al incrementarse la parte de la población que se veía atrapada en una pobreza permanente. La prosperidad privada se vio acompañada, como ocurre con tanta frecuencia, de la miseria pública”.

“Entre las principales víctimas de Margaret Thatcher se encontró el Partido Conservador (…) Margaret Thatcher gobernó sola (…) Thatcher, que era una ‘radical’, empeñada en destruir e innovar, despreciaba el acuerdo. Para ella, la lucha de clases, convenientemente actualizada, era el material de que estaba hecha la política (…) El thatcherismo era más una cuestión de ‘cómo’ se gobernaba que de lo que se hacía realmente al gobernar (…) No sólo destruyó el consenso de postguerra sino que forjó otro nuevo (…) Por primera vez en dos generaciones se había cuestionado el papel del Estado (…) A veces se dice que se ha exagerado el papel de Thatcher en este cambio (…) pero, incluso con la perspectiva del tiempo, resulta difícil imaginar quién, salvo Thatcher, podría haber hecho de sepulturero. Para bien o para mal, lo que hay que reconocer es la propia escala de la transformación que obró. A alguien que se hubiera quedado dormido en Inglaterra en 1978 para despertarse veinte años después, le habría parecido un desconocido: muy diferente a su yo anterior, y enormemente distinto del resto de Europa”.

‘Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Tony Judt. Editorial Taurus. Madrid, 2006. 1216 páginas, 29,50 euros.

Pd.: Pocas veces una entrada de este blog ha tenido tan buenos enlaces: desde un artículo de Carlos Mendo de 1985 sobre la huelga minera a la página de ‘Spirit of 45′, el último documental de Ken Loach (que ha propuesto privatizar el funeral de Thatcher porque “es lo que ella habría querido”), pasando por el obituario de Nick Robinson en la BBC. No los dejéis pasar.

Pd. 2 (9/4/13): He vuelto a revisar las páginas que Judt dedica a Margaret Thatcher tras el comentario crítico de Sergio. Creo que el historiador no sentiría que las líneas de esta entrada tergiversan su visión de Thatcher, pero buscando los elogios que Sergio lamenta no encontrar he localizado unas líneas de Tony Judt que explican por qué es casi imposible hablar de Thatcher sin despertar recelos. Aquí van:

Su negativa a dejarse impresionar ni siquiera cuando sus políticas monetaristas parecían estar fallando (a los conservadores que en octubre de 1980 le rogaron que cambiara de táctica y que diera un giro de 180 grados a sus políticas les respondió: “Daos la vuelta si queréis. La dama no va a cambiar de rumbo”), el hecho de que aceptara encantada el apodo de ‘Dama de hierro’ con el que al describían los soviéticos, el patente placer que sentía al enfrentarse y derrotar a una reata de oponentes (que iban de la Junta militar argentina en la guerra de Las Malvinas hasta el líder del sindicato minero Artur Scargill), el bolso que blandió con agresividad contra la reunión de líderes de la Comunidad Europea mientras exigía “que nos devuelvan el dinero”: todo ello sugiere que claramente consideraba que su principal baza política era precisamente su testarudez, esa negativa contumaz a cualquier cesión, que tanto escandalizaba a sus críticos. Como indicaban todas las encuestas, hasta aquellos que no gustaban de las políticas thatcherianas solían reconocer cierta admiración por la figura de esta mujer. Una vez más, los británicos eran gobernados”.

Hoy, como entonces, parece imposible definir a Thatcher sin que los sentimientos se interpongan.

El bombardeo de Barcelona del 17 de marzo de  1938

CUADERNO DE ROBOS (IX)

Tal día como hoy, un 17 de marzo de 1938, Barcelona sufrió el peor bombardeo de su historia. Los ataques de los bombarderos italianos habían empezado la noche del día 16 y se mantuvieron constantes durante casi 48 horas, hasta matar a casi 900 personas.  Los S-81 Pipistrello’ (murciélago) soltaban sus bombas por la noche. Los S-79 Sparviero’ (gavilán) cogían el relevo mortal por el día.  No había cazas republicanos y la poca artillería antiaérea parecía disparar fuegos artificiales. Los historiadores creen que Mussolini quería mandar un mensaje a la Alemania de Hitler, su nuevo vecino tras anexionarse Austria cuatro días antes con el impulso de un estornudo. O quizá a Francia, donde el socialista Léon Blum acaba de ser nombrado presidente y se enfrentaba al dilema de dejar pasar las armas soviéticas que necesitaba la República y estaban retenidas en los Pirineos.

Yo creo que Mussolini, dictador histriónico que ya había arrasado Etiopía con total impunidad, sólo quería demostrar que podía paralizar una gran ciudad a través del terror, y que lo hizo por el placer de poder hacerlo. Casi logró su objetivo. Nunca antes una gran urbe europea había recibido un ataque semejante. En lugar de concentrar todos sus aviones en unos pocos ataques, la Aviación Legionaria montó un bombardeo en cadena, con pequeñas escuadrillas de 5 ó 6 aviones que dejaban caer sus bombas cada una, dos o tres horas. Así que después de varios ataques los barceloneses no sabían si la alarma indicaba el fin de un bombardeo o el comienzo del siguiente. El peor de aquellos bombardeos, el que causó la gigantesca columna de humo y polvo que ilustra estas líneas, fue el sexto. Ocurrió tal día como hoy, hace 75 años, a las dos de la tarde de un jueves maldito.  Pocos lo han contado tan bien como Marcos Ordóñez en su último libro, Un jardín abandonado por los pájaros.

Una noche de marzo, mientras jugamos al parchís, como todos los lunes, mi madre está a punto de  mover ficha pero el dedo se alza.Tal día como hoy, dice, “hace cincuenta años, tu abuela vio volar caballos por el cielo”. Pepita y yo levantamos la cabeza: eso se llama captar la atención, y era lo primero que enseñaban en las clases de oratoria. O de narrativa, para el caso, porque no hay oratoria sin narrativa (…) La mañana del 17, mis abuelos decidieron ir a Barcelona. Ella tenía que comprar aceite y azúcar. Todavía le quedaban cupones en la cartilla de racionamiento y no era cuestión de perderlos. Él se había dejado el violín en el Novedades. Así era la vida entonces, la vida en tiempo de guerra, la vida que seguía, tenía que seguir”.

Sería rápido, ir y volver. Calcularon el tiempo de que disponían las tres horas habituales entre cada bombardeo. Les dejaron un par de bicicletas y salieron de Molins cuando todavía era de noche. Mi abuela quería llegar antes de que abrieran las tiendas, para estar al principio de la cola. Quedaron en encontrarse luego en el bar Estudiantil, frente a la Universidad. Cuando mi abuela llegó a la tienda de ultramarinos que estaba en la esquina de la plaza de los Ángeles, había ya veinte o treinta personas esperando, y la cola ocupaba un buen trecho de la calle del Carmen”.

Ahora mi abuelo acaba de llegar al Novedades, en la esquina de Caspe y paseo de Gracia, y está hablando con el portero, que no deja de mirar al cielo. En las calles hay poco tráfico. Escasos coches y apenas algunos taxis. Bicicletas apresuradas, algunos tranvías y algunos camiones militares, como el que se ha detenido en el cruce de Gran Vía con Universidad. La cola del aceite se aviva: mi abuela está casi en la esquina de la plaza. Enfrente hay dos carros de la basura, tirados por caballos. Los basureros están haciendo una pausa y se pasan un cigarrillo de boca en boca. Mi abuela recuerda ese detalle porque, mezclado con el olor de las boñigas, llegó hasta ella el humo hediondo (fum de sabatots) de aquel tabaco paupérrimo, hecho de restos de colilla o de hierbas puestas a secar en hojas de diario, como el que fumaba mi abuelo entonces”.

Mi abuelo escuchó la sirena desde el camerino del teatro, con el violín en las manos. Los integrantes de la cola del aceite se echan al suelo como fichas de dominó. Mi abuela se lleva la cuchara de madera a la boca. Los caballos están enfilando la calle del Carmen en dirección a la Ronda. El camión militar está casi en la esquina de Gran Vía con Balmes. Se dirige al frente de Aragón y lleva cuatro toneladas de trilita (…) Mi abuelo ve venir los aviones y echa a correr hacia el paseo de Gracia, en dirección a la tienda de ultramarinos. Cuando suena la segunda alarma se queda inmóvil. Le obligan a tirarse al suelo. Abraza el violín como si fuera un bebé. En el silencio que sigue oigo crujir un instante la madera del estuche bajo el peso de su pecho”.

Mi abuela ve una bandada de palomas que echan a volar. La primera bomba cae en la plaza Universidad. La segunda impacta de lleno en el camión cargado de trilita, frente al cine Coliseum, donde ocho años antes vieron El desfile del amor’. Fue una explosión tan salvaje que muchos creyeron luego que el Eje había probado en Barcelona un nuevo tipo de arma a la que llamaron ‘aire líquido’ (…) Mi abuela levanta la cabeza y ve las patas de los caballos volando por el aire como a cámara lenta, por encima de los terrados. Puedo escuchar los relinchos de los caballos, como una chirriante orquesta de sierras a todo volumen (…) Mi abuela intenta llevarse la mano a la cara y entonces ve unos extraños agujeros en la manga de su abrigo, como si unas polillas gigantes hubieran roído la lana. De repente, comienza a brotar sangre por los agujeros. La mano no puede llegar a su rostro. Piensa que se le ha dormido por el peso del cuerpo. Todavía no sabe que su brazo derecho cuelga de un hilo de carne. Rompe a gritar antes de desmayarse…

Los abuelos de Marcos Ordóñez sobrevivieron. No tuvo tal suerte Julia Gay, la madre de los hermanos Goytisolo. José Agustín contó su muerte en Donde tú no estuvieras y Juan en Coto vedado’: “aunque conozco las trampas de la memoria y sus reconstrucciones ficticias, conservo el vivo recuerdo de haberme asomado a la ventana de mi cuarto mientras ella, la mujer en adelante desconocida, caminaba con su abrigo, sombrero, bolso, hacia la ausencia definitiva de nosotros y de ella misma: la abolición, el vacío, la nada”.  75 años después de aquellos tres días sangrientos, AltraItalia, una asociación de italianos residentes en Barcelona, ha conseguido que la Audiencia de Barcelona investigue los bombardeos como un crimen de guerra, aunque sea ya imposible hacer justicia.

‘Un jardín abandonado por los pájaros’. Marcos Ordóñez. El Aleph Editores. Barcelona, 2013. 480 páginas, 20 euros.

Pd. (9/5/2013): Os dejo el enlace de la noticia de Jacinto Antón sobre la obra ‘Barcelona’, que acaba de estrenarse en el Teatro Nacional de Cataluña y que cuenta los tres días del ataque

Héctor Yánover

CUADERNO DE ROBOS  (VIII)

¡El best seller ha muerto! ¡El best seller ha muerto!” grita un coro de libreros, mientras un séquito de plañideras deshoja a su paso ejemplares de ‘Ángeles y demonios’. Juan Bonilla mira la procesión con pena y pone interrogaciones al titular de su artículo para contar lo que no quiere narrar, que las librerías se mueren.  Es lo que ocurre cuando olvidamos que para ser refugio las librerías tienen que ser antes negocio.

Héctor Yánover lo supo bien. Tanto que sus clientes le dieron el título de librero más famoso de Buenos Aires”. Daniel Paz lo retrató como un ángel con alas de libro, pero si lees sus entrañables memorias descubrirás que sobre todo fue un superviviente nato de un negocio que siempre estuvo en crisis.  Aquí va una pequeña colección de sus anécdotas y máximas, para despertar el deseo de entrar en una librería y comprar, comprar, comprar…

Es una anécdota tan buena que debería ser verdad, pero…

“Quiero creer que un día de 1942, Ramón Gómez de la Serna compró el diario ‘El Mundo’ en la esquina de Callao y Corrientes para leer la ‘Aguafuerte Porteña’ de Roberto Arlt y se enteró del suicidio de Stefan Zweig. Caminando por Corrientes pensó que no tenía consigo la autobiografía de Zweig, El mundo de ayer’. Entró a la librería de Palumbo, que fue aquella donde Arlt trabajó cuando escribía los cuentos de ‘El Jorobadito’ y pidió:

     - ¿Me da ‘El mundo de ayer’?

Palumbo, ofendido, respondió:

     - Aquí no vendemos diarios viejos”.

Clientes inolvidables…

“Un caluroso mediodía una morocha pidió un libro de éxito. Antes de que se lo envolvieran, el doctor Sánchez, habitué que paraba por allí y estaba leyendo junto a la caja, lo tomó con aire displicente mientras le decía  a la atónica joven:

     - ¿Me permite que se lo dedique? Soy el autor.

Y antes de que ella pudiese responder, ya había escrito “A mi dulce amiga…” – ¿Cómo es su nombre? – Sánchez era capaz de firmar, siempre como autor, libros de Homero, Platón y Pascal”.

…y ladrones que se creen héroes.

“Todo ladrón de libros se siente un revolucionario. Un intelectual que no ha robado un libro es a la cultura lo que una virgen al sexo”.

“En la librería Masperó, en París, pusieron un cartel que decía: “La derecha nos quiere suprimir; si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colabore con el enemigo”. Cerraron”.

Ni templos ni comercios, sólo el centro del mundo

“Hay librerías que son cementerios de palabras, con nichos hasta el techo (…) Hay librerías donde los libros gritan “sálveme, sáqueme de aquí” (…) Hay éstas en las que dan ganas de entrar y aquéllas de las que sólo dan ganas de salir si es posible, sin haber entrado nunca. ¿Sabés dónde está la diferencia? En los dueños. Detrás de cada librería hay un hombre responsable de su cara”…

…aunque a veces no sepan lo que venden

     “ – ¿Tiene ‘Cartas persas’

Totalmente infatuado, el guardián del paraíso responde:

      – Aquí no vendemos barajas”.

 “…la poesía es hermana de la aventura y es por eso que los tahúres son atraídos por el libro como el poeta por el juego. Por eso no es raro ver a gente que debiera tener una pizzería detrás del mostrador de una librería. Porque el libro es un vicio que obra no sólo por lectura sino también por contacto y obliga a gente que jamás ha abierto ninguno a serle fiel por vida. Como un virus”.

Divertirse, esa es la cuestión

El que no se divierte leyendo no debe leer. Las únicas diferencias entre los hombres son aquellas que señalan que ca cual es ca cual y se divierte con otro libro”.

‘Memorias de un librero’. Héctor Yánover. Editorial Anaya & Mario Muchnik. Madrid, 1994. 272 páginas.

Pd.: Para los que aún compráis libros que se tocan, se huelen y se venden en librerías, un premio:

Pd. 2 (2/2/2013): Si Yánover fue “el librero más famoso de Buenos Aires“, Natu Poblet es ahora “la librera más famosa de Buenos Aires“, según afirma Francisco Peregil hoy en ‘Babelia’. Poblet es la dueña de ‘Clásica y Moderna’ y dirige ‘Leer es un placer’, un programa de radio que podéis escuchar aquí.

CUADERNO DE ROBOS (VII)

Releer, sí esa siempre es la cuestión. Seitaridis me advirtió de mi tropezón cursi en mi última entrada y me recordó un libro maravilloso (primer aviso del cursilómetro) que leí hace muchos años: ‘Lisboa, diario de abordo‘, el viaje poético de José Cardoso Pires por esa ciudad que pudo y debió ser la capital del imperio de Felipe II. Cardoso camina por Lisboa y sueña conversaciones con Sebastião Opus Night, personaje de carne ficticia y nombre imán (segundo ¡CURSI!),  contertulio sabio que conoce todos los secretos de esta ciudad única (¡TOPICAZO!). Aquí van algunas líneas para despertar el deseo.

Fernando Pessoa está sentado bajo la lluvia en la terraza de ‘A Brasileira’. Dentro del café, está Almada. O estuvo. Durante mucho tiempo me acostumbré a verlo en la pared, en autorretrato de los años veinte, acompañado de dos señoras sofisticadas que parecían esperar cualquier cosa que pudiese llegar ¿Cualquier cosa, o algo determinado? ¿El segundo futurismo? ¿El próximo tren a París? Hasta hoy, silencio absoluto. En ‘A Brasileira’, Almada ha dejado de ser visto con ellas y, con lo que cae fuera, no es normal que vuelva pronto.

‘Chuvas corridas, tristezas crescidas e venha aguardente para lavar as feridas’, dicen los lisboetas de taberna. Mientras, Pessoa, que sabe eso de memoria porque “decilitró” por barras de media Lisboa, sigue en la terraza bajo la lluvia y, encima, sin vaso.

Ahí está él, nuestro padre”, decía Sebastião Opus Night señalando la estatua del poeta, siempre que pasábamos por el ‘Chiado’ al anochecer. No le parecía bien que los sentaran fuera para que los turistas le vinieran a sacar fotos en plan familiar, pero mejor sentado que a caballo, como ciertos héroes de estatua, porque en opinión de Opus Night, Pesoa debía de ser de pierna frágil. En todo caso, era el autor de ‘Mensagem’ y, como tal, padre de todos los desempleados que andan a la pesca de poemas por el Tajo, decía él.

Sí. En la silla del convidado de Pessoa sólo estaría bien Antonio Tabucchi”, murmuraba yo invariablemente, e invariablemente Opus Night guardaba silencio. Para un hastiado de Lisboa como él, Tabucchi era tal vez un escritor maldito, si es que alguna vez lo había leído.

Lo malo es que llueve. A esta hora Opus Night aún duerme el sueño de la tarde para calmar el whisky de la madrugada anterior y el pobre Pessoa de bronce hace años que ya está más allá del tiempo. Delante de él, en la plaza, tiene a un fraile putañero que hace más de tres siglos hizo versos jocosos y que ahora llora diarrea de palomas, sentado sobre un pedestal. Estoy hablando de Chiado. Nadie le presta atención, pero este hombre, además de hacer versos, fue ventrílocuo y un perdido granuja. Eso dicen.”

José Cardoso Pires falleció el 26 de octubre de 1998, apenas un año después de la publicación de su ‘Lisboa: diario de abordo‘. Su gran novela es Balada de la playa de los perros(1982), una investigación policial inspirada en un suceso real ocurrido durante la dictadura de Salazar. Alianza aún la mantiene en su catálogo, pero como este diario no la ha reeditado desde 1998. Reeditar, sí, esa también es la cuestión.

Pd: Más turista que viajero, la foto que acompaña estas líneas la hice en mi único viaje a Lisboa, un día luminoso, sin rastro de nubes de lluvia. Más Marchamalo que Neuman, guardo un sobre de azúcar de ‘A Brasileira‘ en un estante de mi librería, justo sobre el ordenador en el que he escrito estas líneas.

Más por sabio que por griego, Seitaridis, un gran lector de este pequeño blog, me ha recordado una grave carencia de mi última entrada: olvidé mencionar Con el agua al cuello’, la novela con la que Petros Márkaris inició su trilogía sobre la crisis. Ambientada en la Atenas del verano de 2010, esta aventura del comisario Jaritos transcurre en una ciudad repleta de manifestaciones y huelgas, con griegos que, como el propio Márkaris, sólo atisban el inicio de la crisis. Un escenario perfecto para que un misterio asesino comience a ejecutar banqueros. Aquí van unas líneas robadas, una conversación entre Jaritos y un atleta dopado reconvertido en inversor.

-         “¿Sabe que son los ‘hedge funds’, señor comisario?

-         Los he oído nombrar, como todos los griegos últimamente, pero no sé qué son.

-         Imagínese que unas personas echan dinero dentro de una tinaja. Otras personas se encargan de administrar el dinero que hay ahí dentro. Los administradores llaman a eso inversión, pero no lo es.

-         ¿Y qué es?

-         Un juego de azar, señor comisario. Un juego para jugadores muy ricos (…) El capital total administrado por los ‘hedge funds’ en 2008 ascendió a dos billones y medio de dólares (…) Se crearon ‘hedge funds’ de los ‘hedge funds’. Los administradores de los ‘hedge funds’ comenzaron a recurrir a capitales prestados para incrementar la rentabilidad (…) perdieron sus válvulas de seguridad, se convirtieron en un puro juego de azar y un buen día se vinieron abajo (…) Es como el dopaje en el atletismo. Los deportistas, cuando empiezan a tomar anabolizantes, ya no pueden parar. Marcan un nuevo récord y necesitan tomar anabolizantes cada vez más eficaces para volver a batir un récord, y otro, y otro. Y el riesgo va aumentando; no sólo el riesgo de que te pillen, sino también el riesgo de que te afecte a tu salud.

-         Pero bueno, los que invierten su dinero, ¿no tienen miedo de perderlo?

-         Cuando yo le preguntaba a mi entrenador qué eran aquellas pastillas que me suministraba, él respondía: “No preguntes, son vitaminas”. Yo sabía que no eran vitaminas, pero a pesar de todo las tomaba. Lo mismo hacen los administradores de los ‘hedge funds’.Si les preguntas, te contestan que las inversiones son de todo seguras. Tú sabes que no lo son, pero optas por creerles. Porque el dinero es dulce, señor comisario, igual que las medallas”.

Con didácticas explicaciones como ésta, Márkaris explica cómo estalló la crisis actual, mientras Jaritos intenta atrapar al asesino de banqueros. Pero lo mejor de la novela es su ambiente general. Márkaris nos muestra cómo el monstruo invisible  de los recortes cerca poco a poco al comisario, a su familia, a sus compañeros y vecinos… a casi toda Atenas. Allí donde no alcanza el relato periodístico, llega la verdad de las mentiras del novelista. Lo peor es que el propio escritor ya sabe que su trilogía es insuficiente. “Se me presentan tres posibilidades  – escribe Márkaris en el prólogo de ‘La espada de Damocles’ -: complementarla con un epílogo que ilustre el final de la crisis; convertir la trilogía en tetralogía; o, por último, concluir la primera serie y empezar otra nueva. Ésta sería la peor opción. A día de hoy, no sé por cuál de las tres variantes me inclinaré”. Si el FMI y Merkel, sí Merkel, no se equivocan – la canciller dijo ayer martes en Atenas que “hay países a los que les ha llevado décadas levantarse” – , las dos series parecen inevitables.

Con el agua al cuello”. Petros Márkaris. Editorial Tusquets. Barcelona, 2011. 328 páginas, 19 euros.

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