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Cela en La Colmena

Intervine en ‘Manicomio’ porque el director me dijo que necesitaba una persona que comiese hierbas y tirase coces. Le dije que no tenía inconveniente”. Camilo José Cela

Antes del verbo llegó la coz. ‘Manicomio’ (1954), una película de episodios dirigida por Luis María Delgado y Fernando Fernán Gómez, fue el primer y único intento de llevar a Ramón Gómez de la Serna a la gran pantalla. Ese era para Fernán Gómez el único mérito de la película en la que Camilo José Cela hizo su tercer cameo, después de ‘El sótano’ (1949) y ‘Facultad de letras’ (1950). Histriónico narrador de anécdotas, el futuro Nobel le contó a José Ramón Pérez Ornia mientras se preparaba para su gran actuación en el cine que en los dos primeros sólo puso la cara y que en ‘Manicomio’, donde ya tuvo una frase, le sacó más partido a su pie: “Mientras interpretaba la escena mandé de una patada al Hospital Provincial a una actriz secundaria, y septuagenaria, que estaba detrás de mí y a la que no había visto”. No mintió, aunque hasta hoy sólo podíamos fiarnos de su palabra, porque su cameo…

(Si quieres ver el gran cameo de Cela en ‘Manicomio’, inédito hasta ahora en Internet, continua leyendo aquí, en Unfollowmagazine)

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Lo sabían los mejores economistas, lo denunciaron los inspectores del Banco de España e incluso lo repetía todos los fines de semana en la comida familiar mi tío, albañil jubilado: la burbuja del ladrillo iba a estallar y se lo iba a llevar todo por delante. Pero nadie les escuchó. Los políticos que mandaban se taparon los oídos mientras reprendían a quien hablaba de burbuja. No querían detener una maquinaria enloquecida que les permitía vivir en la ficción de la Champions League de la economía y que llenaba los bolsillos de unos pocos mientras endeudaba a la inmensa mayoría.  Todo el país parecía una fiesta, aunque los pobres siguieran siendo pobres.

Yo tampoco veía nada, absorto en mi escritura, encerrado en 2007 en mi cápsula de tiempo de 1936” mientras escribía La noche de los tiempos’.  Hay que leer hasta la página 151 de Todo lo que era sólido’ para encontrar el primer ‘mea culpa’ de Antonio Muñoz Molina. No es el único, porque más adelante el escritor se define como “…cómplice yo también de la larga irrealidad española”. Una irrealidad que vio desde un escenario privilegiado: el Instituto Cervantes de Nueva York, que dirigió entre 2004 y 2006. Allí, a la capital del mundo, acudían durante los años locos políticos repletos de ego – nacionalistas, socialistas, populares – siempre prestos a despilfarrar el dinero público en presentaciones absurdas a las que sólo acudía la comitiva que les acompañaba. Iban a Nueva York, hacían mucho ruido y sólo aparecían en la televisión autonómica, en el periódico de su capital.

Éste es el sitio más especial del palacio. Cuando te sientas aquí  es cuando tocas de verdad el poder”. Es la frase de Zapatero que Muñoz Molina recuerda de su visita a La Moncloa, cuando el presidente prometió más dinero para el Instituto Cervantes porque cada año España tenía más dinero. Es uno de los mejores pasajes del libro junto con las visitas de Camps y Enrique Bañuelos a Nueva York, símbolos perfectos de los dos grandes adoradores del ladrillo: políticos y constructores. “El dinero amedrenta y hechiza, aturde con su monstruosa capacidad de multiplicación. El dinero levanta construcciones tan simbólicas y tan destinadas a amedrentar a los débiles y a los crédulos y los ignorantes como los zigurats mesopotámicos o los vestíbulos de altas columnas macizas de los templos egipcios. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido”. La crisis económica comenzó con una crisis moral, tan profunda que el cinismo caló a casi todos.

La Expo del 92, sostiene Muñoz Molina, fue el primer gran simulacro de la España que vendría después. Pero su crítica se remonta más atrás, a los años inmediatamente posteriores a la Transición cuando los políticosprefirieron ocupar las instituciones antes que reformarlas por dentro (…) Cambiaron las leyes no para hacerlas mejores sino para asegurarse de que podían actuar al margen de ellas”. Es como si la España del ‘pelotazo’ de los ochenta hubiera sobrevivido al turno de gobierno (allí donde se ha producido) y se hubiera hecho cada vez más fuerte y poderosa. Llegó así la incompetencia y la corrupción, el servilismo y el partidismo. “Ni en las épocas de más abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario”: un estado de bienestar que no se agrietase tras el primer embate de la crisis.

Dice Muñoz Molina que despertó con el 15M, cuando vio a sus hijos acampados para reivindicar su futuro. Como ellos, el escritor desconfía de los políticos que nos representan y apela a “una serena rebelión cívica”. Porque estamos en el filo del acantilado y el próximo recorte puede provocar que todo lo que creíamos sólido se derrumbe. Cree el escritor que la rebelión debe comenzar desde la profesionalidad del trabajo bien hecho, de los barrenderos a los periodistas. Es imposible no estar de acuerdo. Aunque cuesta creer que sólo así podamos salir de la crisis, es el primer requisito y lo podemos y debemos cumplir todos.  Por eso me sorprende que su libro esté publicado en un papel tan áspero que casi molesta tocarlo, que esté fresado y no cosido, como si su editor no se hubiese leído el libro. O lo hubiera hecho pero no hubiese entendido nada.

Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2013. 256 páginas, 18,5 euros.

Pd.: La imagen que ilustra estas líneas pertenece a Julia Schulz-Dornburg, una arquitecta barcelonesa que ha documentado las heridas del ladrillazo. Podéis ver sus fotos en la exposición Ruinas modernas; una topografía del lucro  (en la sala de exposiciones del ICO hasta el 13 de junio) o directamente en su libro.

Pd. 2 (6/4/2013): Os invito a leer la entrevista de Curro Cañete a Muñoz Molina en ‘Vanity Fair’.

 

Dublines Alfonso Zapico

Joyce no estaba prohibido, simplemente su ‘Ulises’ era inalcanzable.No intentéis leerlo. No entenderéis nada”.  Es lo que nos decía Maxi, nuestro profe de literatura, que siempre estaba incitándonos a leer.  Y le hice caso, tanto que ni siquiera tengo un ejemplar de Ulises’ en mi biblioteca, esperando como otros cientos ese día en el que en un impulso me decida por fin a leerlo. No, Ulises’ pasó de estar tras un  muro insuperable a ser un reto no deseado. Me salté su lectura cuando era un veinteañero y comía libros. ¿Llegar a casa a las nueve de la noche y arremangarme para leer la odisea de Leopold Bloom? No, ahora no es imposible, pero sí improbable.

Quizá por eso he disfrutado tanto con la biografía de Joyce que ha escrito y dibujado Alfonso Zapico. Dublinés’ – acertado título, Zapico -  cuenta en viñetas la original vida de este excéntrico novelista. Es una novela gráfica repleta de ritmo, donde casi siempre estás sonriendo y a veces ríes a carcajadas.  No descubro nada porque Zapico ganó hace dos meses el Premio Nacional del Cómic gracias a esta magnífica historia. Pero sí quiero compartir lo bien que lo he pasado viendo y leyendo esta historia que afronta el dificilísimo reto de contar la vida de Joyce. Tan egocéntrico como genial, tan alcohólico como gamberro, tan obsceno como libre, el Joyce de Zapico no es una caricatura y al terminar su lectura tienes la sensación de que conoces a este exigente escritor.

Es imposible definir el genio de Joyce: ¿Quién podría definir el genio de Shakespeare, o el de Dante, o el Chaucer, o el de Cervantes? – escribe Harold Bloom en Genios’ – Se podría hablar de “los genios” de Joyce, pero no ayudaría gran cosa”.  Y Zapico ni lo intenta, pero sí nos muestra la vida de Joyce, eterno dublinés en Trieste, Zúrich o París, casi siempre con problemas de dinero, profesor de inglés del futuro almirante Horthy, escritor rechazado por los editores, desahuciado de múltiples casas y siempre rescatado por un puñado de buenos amigos, infiel amado por una mujer que nunca intentó leer sus libros, visionario que poco a poco se quedó ciego y que murió demasiado pronto, agotado después de haber escrito Finnegans Wake’,  “la zancadilla más colosal de la historia de la literatura”.

Así definió Oliver Gogarty – un peligroso amigo del Joyce juerguista y veinteañero – la última gran novela del autor de Dublineses’. Son pocas las veces que se cuela alguna cita, porque Zapico ha trabajado mucho para integrar lo que los biógrafos, amigos, críticos y el hermano de Joyce han dicho de Joyce y mostrarnos los momentos más importantes de su vida.  Dublín-Trieste-París-Zúrich son las cuatro etapas de La ruta Joyce’ que Zapico ha seguido para documentarse, además de la lectura de la biografía canónica que escribió Richard Ellmann y un libro que me reconcilia con mi miedo adolescente: Joyce para principiantes’. El resultado es una invitación a unirse a la orden de Finnegans, un billete para viajar a Dublín y celebrar el Bloomsday y, sobre todo, un empujón de valentía para saltar mi viejo muro insuperable e intentar leer el temible ‘Ulises’. Gracias, Zapico.

‘Dublinés’. Alfonso Zapico. Editorial Astiberri. Bilbao, 2011. 232 páginas, 18 euros.

Pd. (5/1/13): “Ulises amedrenta por culpa de un malentendido en el que colaboran con igual eficacia sus detractores y una parte grande de sus defensores: que es sobre todo un experimento verbal, un juego de palabras o un laberinto de juegos de palabras, un despliegue de refinamientos técnicos cuyo atractivo principal es el regocijo antipático de los entendidos, y el consiguiente rechazo de esos palurdos que no están a la altura de las audacias de la vanguardia (…) Más allá de sus dificultades parciales, cualquiera que se acerque con determinación a ella encontrará uno de los grandes festines de la literatura“.  ‘Fervor de Ulises’, el empujón de Antonio Muñoz Molina para saltar el muro, hoy en ‘Babelia’

 

Llegaron como un regalo inesperado, cuando todavía la tristeza no había cubierto todo el país y no se podía recorrer Twitter saltando de ERE en ERE, cuando la poesía aún no era imprescindible. Entraban en el buzón al rayar el alba, demasiado tarde para ser la felicitación automática del robot de un banco, demasiado pronto para no pensar en un madrugón de prosa. Estaban allí nada más abrir el correo, todos los lunes, con una fidelidad no siempre correspondida, versos que casi siempre comenzaban con certezas.

 Como:

Es ahora la hora. Y qué más da.

Sea a quien sea sal y abre la puerta 

De mí haré una estatua ecuestre

“Si quieres comprender un poco más,

descálzate y pisa”

 Soñar tiene su precio y lo pagamos

El último llegó ayer,  a las 7:48 de la mañana, una hora más tarde de lo habitual – ¿cambió el horario de trabajo? o ¿te quedaste dormida, quizá? -. Siempre llegan con una palabra como título: tributos, sucesos, subterfugios, identidades, rotondas, allende… a veces dos, tres o incluso cuatro, los días en los que el laconismo sufre una derrota fugaz. Siempre, detrás de la certeza sintética, viene una historia, muchas veces contada por un poeta de apellido: Alonso, Marzal, Rodríguez, Maillard, Segovia, Grande

No siempre, sólo muy de tarde en tarde, contada por ti. Como:

‘Todo en orden‘ 

Hacia el Norte,

                                 el humo y la nostalgia.                                  

Hacia al Este,

la práctica y la fe.

Hacia el Sur

los viejos mapas y un café.

A la izquierda,

nuestras grandes pretensiones.

Yo, que soy un pésimo lector de poesía, me conmoví el día que despediste a un amigo con estos versos de Cernuda: “Para no ser ya más que memoria de luz”. Y sentí la gran suerte que él había tenido al conocerte. Por eso creo que te debía esta entrada hace mucho, mucho tiempo. Para contar a los que no encuentran tus versos en el buzón que acabas de publicar tu segundo poemario, Medidas cautelares’. Para darte, Anay Sala, todas las gracias que te debo desde aquel día que descubrí en mi correo los poemas que hacen mis lunes más fáciles.

Intenté escribir este título con una raya en medio, una línea que sólo dejase libre “demo” y tachase cracia. Es un recurso que Pablo Gutiérrez utiliza muchas veces en esta novela con nombre de ensayo, pero aunque mi blog es de pago cuando necesito que demuestre sus presuntas cualidades se comporta como una demo, así que este recurso ortográfico no existe: debo pagar poco. Según el DRAE, una demo es una versión demostrativa (…) utilizada con fines de promoción. Y así es como Pablo Gutiérrez ve nuestro sistema, ese que tras chocar con el iceberg de la crisis tiene múltiples vías de agua. Si alguien te dice que en el ‘Titanic’ se ahogaron todos, sabrás que ya tiene plaza en uno de los pocos botes salvavidas.

Democracia’ comienza en septiembre de 2008, cuando Marco, un joven aparejador de una de las muchas empresas que nacieron durante el ‘ladrillazo’ es despedido. Su jefe, joven niño rico, caricatura de los triunfadores de la gran mentira, le pega una patada en el trasero justo el día en el que Lehman Brothers se derrumba y él pierde todo su dinero, inversión especulativa de listo que se cree más listo que tú, más listo que todos los Marcos. Marco se queda sin trabajo unos meses antes de que  los ministros del gobierno compitan entre sí por decir más alto y más fuerte: no llegaremos a los 4 millones de parados, “con los bancos nuestra paciencia es infinita“. Marco se siente servilleta manchada, kleenex usado, excreción del sistema. Sobra  y, lo que es peor, es uno de los primeros que sobra en  la gran crisiestafa. 

Marco se desmorona de autocompasión, incapaz de levantarse del retrete. El pijama es un lazo que atrapa sus tobillos, corzo abatido. Como en el cine, imagina un plano medio de sí mismo y se muere de dolor al verse tan acabado y fantoche, icono y se muere de dolor al verse tan acabado y fantoche, icono del Hombre Miseria, ideal repetido cada mañana en millones de cuartos de baño, como celditas de colmena: orín en el pocillo, olor a pelo sucio y a sábana, piernas boscosas, ingle inerte señalando el vacío, barba del tercer día. Que todos los ayuntamientos del país reserven partidas para erigir una reproducción de Marco Miseria, figuras templadas en bronce y emplastadas en el centro de las rotondas, cada mañana los conductores se reflejarán en ellas, todos los ayuntamientos deberían hacerlo como exorcismo”.

Nadie pensó en ello, ni siquiera en la locura del Plan E. Marco se pierde a sí mismo y pierde a su pareja, Julia, trabajadora del innombrable patrón de patrones que pidió un paréntesis en el sálvese quien pueda capitalista y entregó su centenaria empresa de viajes a un liquidador. Marco pierde su casa hipotecada, su madre encabronada con el mundo, su nido de vida convencional y segura. Sólo le queda su talento para dibujar y con un bote de pintura  emprende el proyecto de convertir las feas paredes de la ciudad en un mural de versos y dibujos, una obra ingenua que crece por la noche y es destruida a la mañana siguiente por los servicios de limpieza del ayuntamiento, no sea que alguien lea hace falta estar ciego, tener en los ojos raspaduras de vidrio y piense que el sistema es una demo.

En su viaje de pintura y versos, Marco conocerá a un trío de antisistemas inolvidable – es, quizá, la mejor parte de la novela -, y viajará al mundo sin nombres propios de Nada es crucial’, la novela con la que Pablo Gutiérrez se ganó el elogio generalizado de la crítica por tener lo que pocos escritores tienen, una voz propia, un estilo reconocible sólo con leer un puñado de líneas. En ‘Democracia’ el cómo se cuenta está por encima del qué se cuenta. No es la gran novela de la crisis – etiqueta que no creo que su autor haya tenido la pretensión de adjudicarse pero que pronto muchos pensamos en darle – aunque sí una gran narración sobre la soledad que reina en nuestra demo(cracia), donde cada vez hay más jugadores atrapados, ciudadanos expulsados a los márgenes del sistema, gente que sobra.

Democracia’. Pablo Gutiérrez. Editorial Seix Barral. Barcelona, 2012. 234 páginas, 17 euros.

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