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Pintura

Otto Dix Essenholer-bei-Pilkem

Amanece. Un sol radiante anuncia un día hermoso. Quizá sea primavera o verano. No podemos saberlo porque la muerte ha parado el tiempo. El cañoneo ha convertido el campo en una desordenada sucesión de pequeñas elevaciones y hondonadas. Los árboles son estacas partidas con ramas de alambre de espino. Si uno se fija bien, puede distinguir el esqueleto blanquecino de un soldado en la tierra de nadie. En primer plano, dos soldados alemanes se mueven a cuatro patas para evitar ser vistos por un enemigo invisible.

Colgadas de sus bocas, agarradas por sus dientes, llevan sendas bolsas para su posible desayuno. La mano del soldado que gatea casi toca la mano de un esqueleto que nace de la tierra. Son los restos de un soldado que quizá murió la primavera pasada y quedó sepultado en su trinchera. Su mano de huesos es más humana que la mano de los vivos, tan rotunda como una pezuña. Los dos hombres que gatean se han convertido en animales que luchan instintivamente por su supervivencia. Parece imposible creer que sólo unos meses antes podían haber manejado un pincel.

(Si quieres saber cómo continúa este texto, sigue leyendo en unfollowmagazine)

Uno de esos eternos aprendices de la vida”. Simon Schama mira a los ojos de Vincent van Gogh y le define con una sola frase, mientras fuera de plano Paul Gauguin asiente, Kirk Douglas se rebana su oreja derecha y una hermosa mujer huye aterrada de un autorretrato del pintor que la desea con una mirada de locura. Todo lo que era fácil para la mayoría era un reto imposible para el genio, eterno aprendiz vital. ¿Hay una manera mejor de definir al pintor? No, ninguna tan directa, tan certera y afilada.

Simon Schama pasa muchas veces la frontera entre la seguridad y la pedantería, pero son sus juicios rotundos los que le convierten en el mejor crítico de arte vivo. La frase que sintetiza a Vicent van Gogh pertenece a El poder del arte (BBC, 2006), la mejor serie televisiva sobre pintores que se ha hecho nunca.Todos nuestros programas -  escribe Schama – conectaron con una crisis en la vida de la carrera de un artista, un momento difícil en la creación de un cuadro o una escultura determinados (…) obras maestras ejecutadas bajo una presión enorme”.

Y así vemos a Rembrandt presionado por sus patronos; a David, Turner y Picasso, por el momento político; a Caravaggio y a Bernini, por su necesidad de reivindicarse; a Rothko y van Gogh, por su exigente concepción del arte. Y los vemos, claro, a través de la mirada personal de Simon Schama, que entra y sale del relato mientras los realizadores de esta magnífica serie logran un prodigio: que veamos el paisaje inglés como lo veía Turner o los trigales de Arles con los ojos de van Gogh.

Todos ellos constituyen testimonios directamente personales; todos ellos defienden un arte que va mucho más allá del principio del placer y del entretenimiento. Son creaciones que pretenden cambiar el mundo”. Caravaggio enfrentado a ‘La muerte del Bautista’, Bernini burlando todas las convenciones y tallando un auténtico orgasmo en mármol en el Éxtasis de Santa Teresa, Picasso creando el cuadro más político de todo el siglo XX (no hace falta decir cuál). Todas son obras que rompen nuestra serenidad y una frontera en la historia del arte.

Pero sin un guía para la mayoría de nosotros es imposible comprender el porqué de su belleza, la maldición de su fealdad, la profundidad de su mensaje. Y Schama es el mejor, aunque incluso él mismo dude de sus certezas. Ya escrito el guión y planificado el rodaje, el crítico redescubre una obra que creía secundaria y, de repente, “…quería poner el programa patas arriba para que la epifanía pudiera tener cabida en él”. Y a veces, el guión se cambiaba lo justo para que la obra pudiera tener su espacio en la serie. Un problema inexistente en el mundo del papel.

Acabo de ver el capítulo dedicado a van Gogh y he advertido que esta frase que tanto me gusta no aparece en ninguna parte. Pero sí en la versión escrita de la serie, un heterodoxo manual de pintura que amplía los guiones televisivos. La editorial Crítica editó El poder del arte hace unos años, sin éxito. Ahora vuelve a las librerías a un precio excepcional: 9,95 euros. Corred a compradlo. De nada, aunque es a @perrodepicasso a quien tenéis que agradecer el consejo. Él me descubrió esta serie increíble. Espero que os atrape tanto como a mí.

¿El pintor Francis Bacon, supongo?” Supone bien, desconocido explorador, el mismo Francis Bacon resucitado gracias a la exposición que el Prado inaugura hoy. En el Reina Sofía no deben estar muy contentos, pero esa es otra historia.

¿Bacon en el Prado? Sí, a cuatro pasos de las obras de su admirado Velázquez, que tanto le gustaba contemplar. Cruzas un pasillo y saltas al precipicio del arte después de Auschwitz, a un terror distorsionado para parecer más auténtico.

Bacon fuera de contexto, ¿o quizá no? Misión imposible enfrentar el retrato de Inocencio X de Velázquez con las variaciones de Bacon. Lástima, habría sido el corazón de la exposición.

Alcohólico, autodestructivo, ateo, Bacon hizo de la crucifixión y de Inocencio X una continua obsesión. J. G. Ballard, otro gran turbador con fino oído para los aullidos pintados, sentenció:

Sus papas gritaban porque sabían que Dios no existe”.

Sí, todas gritan. Todas sus pinturas te incomodan y la mayoría te golpea sin contemplación. Ninguna te deja indiferente y todas son reconocibles. Un bacon en un examen de arte es una identificación fácil y una respuesta falsa.

Para comprender a Bacon, para construir mi respuesta, leí hace unos años “Entrevista con Francis Bacon”, cuatro conversaciones que el crítico David Sylvester cortó y pegó hasta dar coherencia al discurso del pintor.

Tengo voracidad de vida y soy voraz como artista”.
“Mi forma de trabajar es totalmente accidental”.
“Lo que yo pretendo es distorsionar mucho más de la apariencia, pero devolver la imagen de la distorsión y que sea un registro de la apariencia”.
“Creo que tengo tendencia a destruir los mejores cuadros.”

Releo, corto y pego las frases de Bacon. Defecto profesional, pienso ya en una batería de totales, como Bacon pensaba pinturas en series e imaginaba habitaciones llenas de cuadros. Y entre las citas descubro una frase que creía mía.

La vida me parece sin sentido, pero se lo damos en nuestra propia existencia. Creamos actitudes que le dan un sentido, aunque sean insustanciales”. Es la voz de Bacon. Su grito desgarrador nos aguarda en sus pinturas para recordarnos que después de Auschwitz nada tiene sentido.

Leer a Wilde es correr en zigzag por un texto minado. Pisas una línea y ¡zas!, un aforismo te estalla en pleno rostro. Casi noqueado, te detienes y relees la línea con una mezcla de admiración y envidia por la maestría de este autor capaz de disparar sentencias vitales tan precisas y contundentes.

Es lo que he sentido al terminar ‘El retrato de Dorian Gray’, uno de esos clásicos que creemos haber leído sin haberlo tenido nunca en las manos. Círculo de Lectores ha publicado una magnífica edición cuyas guardas son plateados y deformantes espejos de cartón: un inquietante callejón del gato encuadernado que da la bienvenida al lector.

Estuve a punto de llenar el libro de notas hasta que recordé que tengo un pequeño libro de aforismos de Wilde. ‘Paradoja y genio’ reúne ¡629!, 100 de ellos extraídos directamente de ‘El retrato de Dorian Gray’. Luis Antonio de Villena, su elegante y respetuoso saqueador, escribe en el prólogo:

A Óscar se le toleró el aforismo y el estilo, se le rieron esas frases agudas que daban, temblando, en el centro de la hipocresía”. Bueno, se le toleró hasta una línea imaginaria. Después, juicio, cárcel, exilio y muerte. El mundo victoriano de Wilde, dandi entre dandis, sigue vivo en las páginas de esta novela fantástica y moral, repleta de aforismos sorprendentemente actuales. Aquí van tres, sin etiquetas:

Vivimos en una época en la que sólo lo superfluo no es totalmente imprescindible”.

La religión es el sustituto elegante de la fe

Hoy en día los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo, y cuando se hacen mayores, saben que es cierto”.

Este retrato que envejece y se envilece conforme Dorian Gray comete sus maldades me ha recordado los fascinantes retratos de El Fayum. Creados para la burguesía del Egipto romano, son la última genialidad del arte egipcio, testimonio de un período irrepetible en el que el hombre todavía tenía dioses en lugar de un solo Dios.

Estaban destinados a inmortalizar al retratado en la tapa de su sarcófago. Y aunque hay retratos de ancianos y niños, predominan los rostros jóvenes, cuyos ojos están llenos de vida. Mientras esos ojos pintados seguían brillando, el rostro momificado envejecía de forma irremediable, defendido por una ciencia más ineficaz que el arte.

Casi dos mil años han destrozado aquellos cuerpos pero la arena del desierto ha sido más generosa con el retrato de sus rostros. Aquellos egipcios romanos nos han legado la inquietante mirada de una comunidad que perdió su partida con la muerte pero derrotó al tiempo. Mucho más de lo que logró Dorian Gray.

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