Archivo

Poesía

Llegaron como un regalo inesperado, cuando todavía la tristeza no había cubierto todo el país y no se podía recorrer Twitter saltando de ERE en ERE, cuando la poesía aún no era imprescindible. Entraban en el buzón al rayar el alba, demasiado tarde para ser la felicitación automática del robot de un banco, demasiado pronto para no pensar en un madrugón de prosa. Estaban allí nada más abrir el correo, todos los lunes, con una fidelidad no siempre correspondida, versos que casi siempre comenzaban con certezas.

 Como:

Es ahora la hora. Y qué más da.

Sea a quien sea sal y abre la puerta 

De mí haré una estatua ecuestre

“Si quieres comprender un poco más,

descálzate y pisa”

 Soñar tiene su precio y lo pagamos

El último llegó ayer,  a las 7:48 de la mañana, una hora más tarde de lo habitual – ¿cambió el horario de trabajo? o ¿te quedaste dormida, quizá? -. Siempre llegan con una palabra como título: tributos, sucesos, subterfugios, identidades, rotondas, allende… a veces dos, tres o incluso cuatro, los días en los que el laconismo sufre una derrota fugaz. Siempre, detrás de la certeza sintética, viene una historia, muchas veces contada por un poeta de apellido: Alonso, Marzal, Rodríguez, Maillard, Segovia, Grande

No siempre, sólo muy de tarde en tarde, contada por ti. Como:

‘Todo en orden‘ 

Hacia el Norte,

                                 el humo y la nostalgia.                                  

Hacia al Este,

la práctica y la fe.

Hacia el Sur

los viejos mapas y un café.

A la izquierda,

nuestras grandes pretensiones.

Yo, que soy un pésimo lector de poesía, me conmoví el día que despediste a un amigo con estos versos de Cernuda: “Para no ser ya más que memoria de luz”. Y sentí la gran suerte que él había tenido al conocerte. Por eso creo que te debía esta entrada hace mucho, mucho tiempo. Para contar a los que no encuentran tus versos en el buzón que acabas de publicar tu segundo poemario, Medidas cautelares’. Para darte, Anay Sala, todas las gracias que te debo desde aquel día que descubrí en mi correo los poemas que hacen mis lunes más fáciles.

Hubo un tiempo en el que todos los poetas eran de lectura obligatoria. Todos, menos él. A Benedetti, incluido en los planes de estudio, en las colecciones de quiosco, en los discos que mis padres no tenían, en los regalos de cumpleaños, se llegaba a través de los amigos y enseguida encontrabas en sus poemas la frase genial con la que querrías decirle a ella todo lo que sentías. Sólo había una estrategia y él era nuestra táctica.

Si se marchaba al otro lado del mundo, no importaba, allí estaba el poeta para trazar un puente de palabras transoceánico. Él decía con claridad todo lo que sentías. Entonces no había paro, ni nómina, ni jefes, ni horarios, ni dinero… Pensábamos que nunca seríamos oficinistas y sabíamos que nunca moriríamos funcionarios. Dormíamos con sueño.

Luego llegaron otros poetas, y el paro y los jefes, y el paro otra vez, y los horarios de oficinista encadenado, y la terrible decepción de saber que todos los que decían una cosa hacían la contraria, siempre, todos, siempre, sobre todo si presumían de leerte. Y tus poemas saltaron de la mesilla al último estante de la librería, protegidos de arrugas y manchas. Y en la mesa de trabajo apareció un mamotreto ilegible: un manual para ser un funcionario oficinista.

Hoy, he rescatado del último estante de la librería tu ‘Inventario, firmemente atrapado entre otros libros. Lo he vuelto a ojear deprisa y he recordado aquel Benedetti marinero que se ríe de sí mismo y recita en alemán, en un oscuro bar del Río de la plata, los versos de ‘Corazón coraza, hasta matar de aburrimiento a sus mujeres sin alas. Me he vuelto a reír a carcajada limpia y he dejado el inventario en la mesilla.

Pd. (3/3/2013): Hoy, mientras los escándalos de corrupción se tapan unos a otros y avergüenzan a Rajoy en Berlín, se han encontrado dos poemas inéditos de Benedetti. Os dejo el enlace de la noticia: ‘Benedetti por azar’

Salgo de mi paseo por la Feria del Libro Antiguo de Madrid con dos antologías de poesía, de bolsillo y piel multicolor. Una ya leída y comprada para regalar, para que sus páginas digan todo lo que yo no sé decirte. Y la otra, un libro de un poeta del que sólo tengo el recuerdo lejano de la recomendación de un amigo. Los amigos valen para eso, para gastarte 6 euros al azar, con los ojos cerrados y la certeza del acierto.

Entre Gran Vía y Cuatro Caminos devoro esta antología con mi retrato falso del poeta. Mi Roger Wolfe imaginario, el protagonista de esta antología esencial, es un viejo solitario que conduce una ranchera y vive en un pueblo de Texas. Tiene un perro viejo, el pelo blanco, un cenicero sin cenizas y bebe enormes tazas de café. Gruñe más que habla. Es un personaje de Sam Shepard en el cuerpo de Sam Shepard, un tipo cabreado que escribe a máquina versos como estos:

“Leonard Cohen se dirige a Phoenix
con una pistola bajo el brazo.
Televisores, la radio, platos rotos se sacuden
por el patio. He sacado mi pesado cuerpo
de la cama, me he duchado; freído
las patatas, apurado un cigarrillo.
Estamos a 19 de agosto. Mil novecientos
ochenta y ocho.
Vendrá más tarde Myriam.
Le hablaré durante un par de horas
en inglés, corregiré sus fallos. Después
me espera el libro.
Esta tarde el cielo
se ha nublado. Esta tarde el cielo
se asemeja a mi conciencia. Esta tarde…
se ha hecho tarde ya.
Leonard Cohen
se dirige a Phoenix con una vieja dirección
en el bolsillo”.

Con el traqueteo del Metro como banda sonora, paso veloz de un poema a otro y vuelvo al prólogo para descubrir que el Wolfe real vive en la ciudad en la que trabajo, tuvo perro, es más español que yo y a veces trabaja como traductor simultáneo en la televisión pública.

No es un viejo pero si el médico le prohibió ya el tabaco y le racionó el café, no le ha hecho ni caso. Sus versos están llenos de cafeína y alquitrán, de amor y odio. Te manchan los dedos cuando pasas página y a veces, como en ‘Glosa a Celaya’, despiertan la sonrisa espontánea que nace ante un grafiti callejero:

La poesía
es un arma
cargada de futuro
Y el futuro
es del Banco
de Santander

Tengo la certeza de que mi Wolfe imaginario lo vio pintado en la fachada de un banco y lo copió. Sí, aunque viviera en Texas.

Murmullo de voces. Sonido de copas que se juntan en un brindis o chocan contra el mármol de la mesa. Inconfundible caos de instrumentos que luchan por afinarse. Redoble de tambor. ¡Platillos! Joel Grey, sátiro maestro de ceremonias, comienza su canción de bienvenida al público del KIT KAT CLUB.

Por ese Berlín expresionista que Bob Fosse recreó en Cabaret caminaron decenas de creadores y miles de aspirantes a artistas. Entre ellos, Georg Grosz, el pintor del No mayor cuya pintura ilustra estas líneas, o Bertolt Brecht, a quien  mi corrector de erratas, sin total desatino, se empeña en rebautizar como Bertolt Brecha.

De las páginas de “Poemas y canciones”, publicado por Alianza en su Biblioteca Brecht, he robado esta canción, que Brecht escribió en 1932, justo un año antes de que Hitler subiera al poder. No puedo evitar reírme de mi ignorancia: siempre eché en falta en sus páginas aquel brecht que no era de Brecht.

Canción de la rueda hidráulica

1

Los poemas épicos nos dan noticia
de los grandes de este mundo:
suben como astros,
como astros caen.

Resulta consolador y conviene saberlo.
Pero para nosotros, los que tenemos que alimentarlos,
siempre ha sido, ay, más o menos igual.
Suben y bajan, pero ¿a costa de quién?

Sigue la rueda girando.
Lo que hoy está arriba no seguirá siempre arriba.
Mas para el agua de abajo, ay, esto sólo significa
que hay que seguir empujando la rueda.

2

Tuvimos muchos señores,
tuvimos hienas y tigres,
tuvimos águilas y cerdos.
Y a todos los alimentamos.

Mejores o peores, era lo mismo:
la bota que nos pisa es siempre una bota.
Ya comprendéis lo que quiero decir:
no cambiar de señores, sino no tener ninguno.

Sigue la rueda girando.
Lo que hoy está arriba no seguirá siempre arriba.
Mas para el agua de abajo, ay, esto sólo significa
que hay que seguir empujando la rueda.

3

Se embisten brutalmente,
pelean por el botín.
Los demás, para ellos, son tipos avariciosos
y así mismos se consideran buena gente.
Sin cesar los vemos enfurecerse
y combatirse entre sí. Tan solo
cuando ya no queremos seguir alimentándolos
se ponen de pronto todos de acuerdo.

Ya no sigue la rueda girando,
y se acaba la farsa divertida
Cuando el agua, por fin, libre su fuerza,
se entrega a trabajar para ella sola

Nota para los valientes que llegaron al final sin marearse entre los giros de la rueda. Turner acaba de editar “La Alemania de Weimar”, un ensayo sobre aquella fascinante Edad de Oro de la cultura alemana.

negritasycursivas

libros e historia editorial

La Librería Mediática®

http://lalibreriamediatica.wordpress.com/que-es-la-libreria-mediatica-y-que-significa-tvlecturas/

Diagnosis Cultural

Activar el Patrimonio, Dinamizar el Territorio

LA VUELTA AL CINE EN DIEZ PELÍCULAS

Todo el cine del mundo, de diez en diez porciones

Manuel Marlasca

Soy reportero de sucesos e investigación. Me puedes ver en La Sexta Noticias, Espejo Público (Antena 3) y escuchar cada lunes en Julia en la Onda (Onda Cero). Éste es mi rincón en la Red.

Litertaria

Blog de autor

Es's Blog

Just another WordPress.com weblog

    Blog de Rosa Sala Rose

Un blog de libros que sólo lees tú

NEVILLE

Magazine digital

Antinomias Libro

Blog profesional de reflexión sobre el sector del libro

unblogdedanza

© Mercedes L. Caballero

Wikitolkien's Weblog

Un Blog no llega ni tarde ni pronto, un Blog llega exactamente cuando se lo propone

El cuento de Saliary

Un cuento a mi paranoia

#Librodeldía

Regalar libros es ganar amigos

Después del hipopótamo

Un blog de libros que sólo lees tú

Entradas Agotadas

Las teclas... son notas.

Perro con Monóculo

Microrrelatos a partir de un tema

Vocación temeraria

La vida nos hiere a todos. Luego algunos deciden, temerariamente, seguir creyendo en sus principios. E. Hemingway.

El país de Alicia

Un blog de libros que sólo lees tú

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 429 seguidores