El bombardeo de Barcelona del 17 de marzo de  1938

CUADERNO DE ROBOS (IX)

Tal día como hoy, un 17 de marzo de 1938, Barcelona sufrió el peor bombardeo de su historia. Los ataques de los bombarderos italianos habían empezado la noche del día 16 y se mantuvieron constantes durante casi 48 horas, hasta matar a casi 900 personas.  Los S-81 Pipistrello’ (murciélago) soltaban sus bombas por la noche. Los S-79 Sparviero’ (gavilán) cogían el relevo mortal por el día.  No había cazas republicanos y la poca artillería antiaérea parecía disparar fuegos artificiales. Los historiadores creen que Mussolini quería mandar un mensaje a la Alemania de Hitler, su nuevo vecino tras anexionarse Austria cuatro días antes con el impulso de un estornudo. O quizá a Francia, donde el socialista Léon Blum acaba de ser nombrado presidente y se enfrentaba al dilema de dejar pasar las armas soviéticas que necesitaba la República y estaban retenidas en los Pirineos.

Yo creo que Mussolini, dictador histriónico que ya había arrasado Etiopía con total impunidad, sólo quería demostrar que podía paralizar una gran ciudad a través del terror, y que lo hizo por el placer de poder hacerlo. Casi logró su objetivo. Nunca antes una gran urbe europea había recibido un ataque semejante. En lugar de concentrar todos sus aviones en unos pocos ataques, la Aviación Legionaria montó un bombardeo en cadena, con pequeñas escuadrillas de 5 ó 6 aviones que dejaban caer sus bombas cada una, dos o tres horas. Así que después de varios ataques los barceloneses no sabían si la alarma indicaba el fin de un bombardeo o el comienzo del siguiente. El peor de aquellos bombardeos, el que causó la gigantesca columna de humo y polvo que ilustra estas líneas, fue el sexto. Ocurrió tal día como hoy, hace 75 años, a las dos de la tarde de un jueves maldito.  Pocos lo han contado tan bien como Marcos Ordóñez en su último libro, Un jardín abandonado por los pájaros.

Una noche de marzo, mientras jugamos al parchís, como todos los lunes, mi madre está a punto de  mover ficha pero el dedo se alza.Tal día como hoy, dice, “hace cincuenta años, tu abuela vio volar caballos por el cielo”. Pepita y yo levantamos la cabeza: eso se llama captar la atención, y era lo primero que enseñaban en las clases de oratoria. O de narrativa, para el caso, porque no hay oratoria sin narrativa (…) La mañana del 17, mis abuelos decidieron ir a Barcelona. Ella tenía que comprar aceite y azúcar. Todavía le quedaban cupones en la cartilla de racionamiento y no era cuestión de perderlos. Él se había dejado el violín en el Novedades. Así era la vida entonces, la vida en tiempo de guerra, la vida que seguía, tenía que seguir”.

Sería rápido, ir y volver. Calcularon el tiempo de que disponían las tres horas habituales entre cada bombardeo. Les dejaron un par de bicicletas y salieron de Molins cuando todavía era de noche. Mi abuela quería llegar antes de que abrieran las tiendas, para estar al principio de la cola. Quedaron en encontrarse luego en el bar Estudiantil, frente a la Universidad. Cuando mi abuela llegó a la tienda de ultramarinos que estaba en la esquina de la plaza de los Ángeles, había ya veinte o treinta personas esperando, y la cola ocupaba un buen trecho de la calle del Carmen”.

Ahora mi abuelo acaba de llegar al Novedades, en la esquina de Caspe y paseo de Gracia, y está hablando con el portero, que no deja de mirar al cielo. En las calles hay poco tráfico. Escasos coches y apenas algunos taxis. Bicicletas apresuradas, algunos tranvías y algunos camiones militares, como el que se ha detenido en el cruce de Gran Vía con Universidad. La cola del aceite se aviva: mi abuela está casi en la esquina de la plaza. Enfrente hay dos carros de la basura, tirados por caballos. Los basureros están haciendo una pausa y se pasan un cigarrillo de boca en boca. Mi abuela recuerda ese detalle porque, mezclado con el olor de las boñigas, llegó hasta ella el humo hediondo (fum de sabatots) de aquel tabaco paupérrimo, hecho de restos de colilla o de hierbas puestas a secar en hojas de diario, como el que fumaba mi abuelo entonces”.

Mi abuelo escuchó la sirena desde el camerino del teatro, con el violín en las manos. Los integrantes de la cola del aceite se echan al suelo como fichas de dominó. Mi abuela se lleva la cuchara de madera a la boca. Los caballos están enfilando la calle del Carmen en dirección a la Ronda. El camión militar está casi en la esquina de Gran Vía con Balmes. Se dirige al frente de Aragón y lleva cuatro toneladas de trilita (…) Mi abuelo ve venir los aviones y echa a correr hacia el paseo de Gracia, en dirección a la tienda de ultramarinos. Cuando suena la segunda alarma se queda inmóvil. Le obligan a tirarse al suelo. Abraza el violín como si fuera un bebé. En el silencio que sigue oigo crujir un instante la madera del estuche bajo el peso de su pecho”.

Mi abuela ve una bandada de palomas que echan a volar. La primera bomba cae en la plaza Universidad. La segunda impacta de lleno en el camión cargado de trilita, frente al cine Coliseum, donde ocho años antes vieron El desfile del amor’. Fue una explosión tan salvaje que muchos creyeron luego que el Eje había probado en Barcelona un nuevo tipo de arma a la que llamaron ‘aire líquido’ (…) Mi abuela levanta la cabeza y ve las patas de los caballos volando por el aire como a cámara lenta, por encima de los terrados. Puedo escuchar los relinchos de los caballos, como una chirriante orquesta de sierras a todo volumen (…) Mi abuela intenta llevarse la mano a la cara y entonces ve unos extraños agujeros en la manga de su abrigo, como si unas polillas gigantes hubieran roído la lana. De repente, comienza a brotar sangre por los agujeros. La mano no puede llegar a su rostro. Piensa que se le ha dormido por el peso del cuerpo. Todavía no sabe que su brazo derecho cuelga de un hilo de carne. Rompe a gritar antes de desmayarse…

Los abuelos de Marcos Ordóñez sobrevivieron. No tuvo tal suerte Julia Gay, la madre de los hermanos Goytisolo. José Agustín contó su muerte en Donde tú no estuvieras y Juan en Coto vedado’: “aunque conozco las trampas de la memoria y sus reconstrucciones ficticias, conservo el vivo recuerdo de haberme asomado a la ventana de mi cuarto mientras ella, la mujer en adelante desconocida, caminaba con su abrigo, sombrero, bolso, hacia la ausencia definitiva de nosotros y de ella misma: la abolición, el vacío, la nada”.  75 años después de aquellos tres días sangrientos, AltraItalia, una asociación de italianos residentes en Barcelona, ha conseguido que la Audiencia de Barcelona investigue los bombardeos como un crimen de guerra, aunque sea ya imposible hacer justicia.

‘Un jardín abandonado por los pájaros’. Marcos Ordóñez. El Aleph Editores. Barcelona, 2013. 480 páginas, 20 euros.

Pd. (9/5/2013): Os dejo el enlace de la noticia de Jacinto Antón sobre la obra ‘Barcelona’, que acaba de estrenarse en el Teatro Nacional de Cataluña y que cuenta los tres días del ataque

Mujer castigada con el rapado de su cabeza

De forma absurda, nos enseñan que la Historia es una sesión continua de periodos delimitados, donde la explosión de la creatividad artística, la bonanza económica o el terror de las guerras están estrictamente acotados entre dos fechas. Así,  la Segunda Guerra Mundial comienza y termina en Europa con la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939 y la rendición incondicional de los últimos ejércitos nazis el 8 de mayo de 1945. El gran mérito de Keith Lowe en Continente salvaje’ es romper los muros de este paréntesis y demostrar que el reinado del terror continuó cuando los cañones se callaron y las bombas dejaron de caer.

En tiempos de guerra – escribe Keith Lowe –  las mayores atrocidades no se producían por lo general en la batalla, sino al finalizar ésta”. Su relato es una contabilidad del terror que llegó después del combate, la lista gigantesca de las víctimas del odio, el hambre, la enfermedad y el salvajismo que reinaron durante años en una Europa baldía, tierra sin hombres por la que caminaba una babel de ancianos, mujeres y niños expulsada de sus pueblos en  marchas mortales. No había instituciones, ni policías, ni jueces en aquella Europa hambrienta y malherida. Asusta la magnitud de las muertes producidas cuando presuntamente llegó la paz, los dos millones de mujeres alemanas violadas con total impunidad.  No había más ley que la del más fuerte y morir era más que nunca una cuestión de azar, bastaba cruzarse con el hombre equivocado.

Él me miró con extrañeza y empezó a hablar en ruso muy deprisa. Sonreí y le dije en polaco que no le entendía. Me miró de arriba abajo. Entonces miró mi bicicleta y dijo, «Dawaj czascy» («Dame relojes»). Eso lo entendí (…) Le miré a los ojos, severos y fríos. Le dije que no tenía relojes y le enseñé mis delgados antebrazos. Señaló el bulto cubierto por una manta que llevaba adherido a la barra de mi bici y dijo algo en ruso. Me acerqué, saqué un tarro y se lo entregué. «Mieso», dije. «Towarisz mieso» («Carne, camarada») (…) Levantó el tarro de cristal y durante un segundo más o menos lo mantuvo por encima de su cabeza y lo hizo añicos contra el suelo. Miré al soldado ruso y el miedo se me metió en el corazón (…) Sacó su revólver de la funda, apuntó a mi cabeza y apretó el gatillo. Hubo un sonoro clic. Sin dirigirme la palabra, arrancó su motocicleta y se alejó”.

El relato de este joven judío nos recuerda que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto racial que dejó una terrible herencia: “…había enseñado a la gente que algunas soluciones podían ser radicales, y finales”. La limpieza étnica que iniciaron los nazis con el asesinato industrial de millones de judíos y gitanos, continuó en la posguerra con una diabólica perfección.  Como si se repartiesen nuevas colonias, Churchill, Stalin y Roosevelt movieron fronteras y desplazaron a millones de personas. Mientras la URSS se zampaba un gran trozo de la Polonia oriental, Polonia hacía lo mismo con el este alemán. Checos, húngaros, rumanos, polacos, ucranianos y rusos expulsaron a casi 14 millones de alemanes. Nadie quería volver a ser invadido por el pretexto de ‘liberar’ a una minoría nacional. Millones de personas que salvaron su vida durante la guerra perdieron su identidad cuando llegó la paz.

Y aunque los derrotados fueron las grandes víctimas, sorprende que después de vencido y muerto Hitler culminase su sueño de acabar con la mezcla de razas y etnias que había tejido Europa durante siglos. Tras una guerra civil atroz, los polacos expulsaron a sus compatriotas de origen ucraniano mientras los ucranianos hacían lo mismo con sus ciudadanos de ancestros polacos. A los judíos que lograron sobrevivir al Holocausto no les quiso nadie. Se les marginó y silenció. Eran incómodos para sus vecinos, que se habían quedado con sus casas y sus bienes, y molestos para las autoridades locales que no tenían ningún deseo de hacer cumplir la ley. Tanto, que “el antisemitismo aumentó cuando terminó la guerra”.

El castigo a los culpables también se convirtió en una venganza festiva – en los barrios de los pueblos y ciudades de Francia, rapar a las mujeres que se habían acostado con alemanes era una celebración colectiva – o una matanza contrarreloj. En el norte de Italia, los partisanos asesinaron entre 12.000 y 20.000 fascistas en los días que siguieron al fin de la guerra para evitar que siguieran mandando los mismos que gobernaban durante la dictadura de Mussolini, como pasaba en el sur liberado.  “El castigo severo y riguroso escribe Lowe - no convenía a ninguna nación”. Las mismas autoridades que dejaban impunes crímenes de guerra terribles castigaban a los más inocentes. A 12.000 niños noruegos se les negó la nacionalidad sólo porque sus padres eran  soldados alemanes. Es sólo uno de los muchos ejemplos que demuestran que la ciénaga moral que produjo la guerra no respetó a nadie”.

Continente salvaje’. Keith Lowe. Editorial Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2012. 560 páginas, 26,50 euros.

keynes-vs-hayek-600

Por 25.000 euros, ¿cuál de estos economistas ganó el Premio Nobel?” El concursante gasta su último comodín: “50 por 15”. “50 por 15, 750”, responde rápidamente el veterano presentador con una amplía sonrisa. El nervioso concursante corrige su error: “Quería decir 50%”. Dos de las cuatro opciones desaparecen. En la pantalla sólo quedan dos nombres: “John Maynard Keynes y Friedrich Hayek”, dice en voz alta el presentador. “Keynes”, responde el concursante. El presentador levanta su ceja, se queda en silencio durante dos segundos que parecen diez y repite: “Keynes. ¿Estás seguro?” “”, responde el concursante… “Claro”, dice el presentador, “porque este Hayek a mí no me suena de nada…

Dejemos que el concursante sufra hasta el final de esta entrada. Al fin y al cabo es sólo un personaje ficticio. Pero si hubiera sido real su mal rato sería una pantomima comparado con el día a día de millones de europeos encarcelados en la prisión sin barrotes del paro. Es esa cárcel que cada día tiene más presos la que hace que la Gran Recesión se parezca cada vez más a la Gran Depresión de los años treinta. Fue en aquella década cuando tuvo lugar el primer asalto del combate entre Keynes y Hayek. Con su Teoría general del empleo, el interés y el dinero’ (1936) el inglés tumbó en lona al austríaco, que tardaría años en levantarse de la lona.

Keynes no era guapo y no se consideraba atractivo – escribe Nicholas Wapshott en ‘Keynes vs Hayek’  -, pero su presencia física imponía. Medía un metro noventa y ocho y siempre iba ligeramente encorvado, costumbre que había adquirido de pequeño. En cuando salió de Eton, se dejó bigote. Lo que más llamaba la atención en él eran sus hundidos, cálidos y atractivos ojos color avellana que resultaban realmente sugerentes. Tanto los hombres como las mujeres caían rendidos a sus encantos. Su dulce voz era capaz de seducir a los más reacios…”. Sobre todo si afirmaba, y demostraba, que los gobiernos podían, y debían, intervenir en la economía para reducir el paro. Era lo que millones de personas necesitaban escuchar y creer.

En la otra esquina del ring estaba Friedrich Hayek, huérfano de un imperio, víctima de la hiperinflación que destruyó la clase media alemana y austríaca en los años veinte, defensor a ultranza de la jibarización del Estado, aunque nunca trabajó en la empresa privada, liberal, que no conservador, dubitativo, demasiado serio y formal, pesimista sin frenos que creía que ningún estado del bienestar sería posible sin convertirse en un Camino de servidumbre’. Su discurso, más complicado y farragoso que el de Keynes, era el de la impotencia. Hayek creía imposible medir los efectos de las decisiones que tomaba cada individuo, así que la única salida a una crisis era “dejar que el tiempo efectúe una cura permanente para que los precios reordenasen la economía.  No era lo que la gente necesitaba escuchar y deseaba creer.

Nicholas Wapshott relata el duelo entre Keynes y Hayek en un libro de prosa ágil, escrito para los que no somos economistas. A los profanos nos descubre que el concepto de multiplicador fiscal, clave en la teoría de Keynes – cada libra/euro/dólar público inyectado en la economía genera dinero en la economía real y viceversa: cada recorte de dinero público también multiplica sus daños -, lo desarrolló Richard Kahn, uno de sus pupilos y que la victoria de Keynes – elegido hombre del año por ‘Time’ en 1965, 19 años después de su muerte – duró lo que duró la felicidad de la economía: las tres décadas de prosperidad estadounidense (y mundial) sin precedentes. En 1980, declararse keynesiano era un acto de valentía y  Hayek podía decir que el keynesianismo había sido pura “charlatanería”, mientras una victoriosa Margaret Thatcher le recibía en Downing Street.

No estoy seguro de si el propio Keynes sería hoy keynesiano; yo sí lo soy”, declaró Oli Rehn en la City de Londres el pasado jueves, casi treinta años después de la victoria de Hayek. Es la frase de un impostor descarado. Porque el comisario de Economía es el defensor oficial de una política de recorte del gasto público que ha provocado que la Eurozona supere la cifra récord de 26 millones de parados. Rehn es el último de una larga lista de políticos con careta. Como narra Wapshott, Reagan se declaró seguidor de Hayek mientras disparaba el déficit inyectando miles de millones en la industria militar, y Clinton, a quien por ser demócrata se le podía presuponer keynesiano, fue el artífice de una desregularización que permitió la gestación de la crisis financiera. Vamos que si Rehn es keynesiano, Obama, que practica una política económica opuesta, no puede serlo y viceversa.

Volvemos al escenario televisivo. La ceja del presentador sigue suspendida, mientras el pie derecho del nervioso concursante golpea repetidamente el suelo y escucha el ultimátum del presentador. “Repito. Por 25.000 euros, ¿ganó Keynes el Premio Nobel… o fue Hayek?” La respuesta es más complicada de lo que parece. Y tiene trampa, claro, como ocurre siempre que hablamos de dinero. Si todavía tienes dudas, pincha aquí.

Keynes vs Hayek’. Nicholas Wapshott. Editorial Deusto. Barcelona, 2013. 400 páginas, 19,95 euros

Pd.: EconStories ha contado el duelo entre Keynes y Hayek en dos vídeos magníficos, inimitables ejercicios de divulgación económica. Uno de ellos ya os lo dejé en la reseña de ‘La gran búsqueda’. Os dejo el otro.

futbol-backs

Un equipo es la huella dactilar emocional escribe Ramón Lobo en El autoestopista de Grozni, un libro breve, casi fugaz, que demuestra por qué las obras pequeñas permiten conocer mejor a un escritor que sus proyectos más ambiciosos.  Al fin y al cabo, Ramón Lobo nos habla de las dos pasiones alrededor de las cuales ha construido su vida: el periodismo y el fútbol, sus viajes como héroe inexistente a las guerras de finales del siglo XX y principios del XXI y su amor al Real Madrid, la única herencia paterna que reivindica.

“…huella dactilar emocional”. Leí esta metáfora y enseguida recordé una de las mejores escenas de El secreto de sus ojos’. Pablo Sandoval (Guillermo Francella) y Benjamín Esposito (sic) (Ricardo Darín) escuchan cómo los parroquianos de un bar conversan sobre las desventuras de su equipo de fútbol favorito cuando Sandoval descubre cómo atrapar al asesino que persiguen: “¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión… de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”. Y enseguida Campanella nos lleva en un plano secuencia inolvidable a un partido del Racing de Avellaneda.

Así que el fútbol puede ser una condena – y no haré un chiste fácil porque varios de mis mejores amigos son ese equipo que estás pensando -  pero también un salvoconducto. Enero de 1995, Grozni. La artillería y la aviación rusa han arrasado la capital chechena. En los sótanos de la ciudad, bajo un sucio mar de ruinas y nieve, sobreviven miles de “rusos pobres, ingusetios, daguestanos, osetios del norte, kabrdino-balarianos, georgianos” y guerrilleros chechenos. Ramón Lobo quiere entrar en Grozni. Piensa que la única forma de contar lo que pasa en esta guerra es bajar a esos sótanos y conversar con los civiles atrapados, descubrir al lejano lector español que leerá mañana el diario en la comodidad del café ese mundo de hambre, miedo y muerte.

Ramón Lobo quiere entrar en Grozni y también K, el autoestopista sin nombre, el hombre perdido en los aledaños de la ciudad cercada. El periodista no conduce, va en el asiento trasero del coche, pegado a la única puerta que se abrirá si hay que salir corriendo. El chófer detiene el coche, K sube a la parte de atrás y empuja al periodista a esa puerta maldita que no se abrirá si es necesario. K descubre que el periodista es español, así que sonríe y grita su salvoconducto: “¡Stoitchkov! ¡Barcelona!”. Mal comienzo para entablar amistad con un madridista. Pero estamos en 1995 y Ramón Lobo sabe bien – ¡ay, inolvidable Tenerife! –  que el Barça de Cruyff lleva años reinando.

K monta en el viejo Moskovitch rojo y Ramón Lobo rememora cómo el fútbol le ha acompañado literalmente en sus viajes como corresponsal, desde cromos de jugadores del Madrid para regalar hasta la radio imprescindible para sintonizar los partidos allí donde no llegaba la televisión. “El fútbol acerca culturas, borra fronteras y difumina clases sociales; permite penetrar en el alma de las personas sobre las que el reportero va a escribir. Saber de fútbol no es de derechas o de izquierdas, embrutecedor o inteligente, es solo un conocimiento útil, una herramienta de trabajo”. Buen consejo, aunque este libro no trate de saber de fútbol y de periodismo, sino de sentir el periodismo y el fútbol, una mezcla de pasiones que hace que este texto sea tan breve como enriquecedor.

‘El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra’. Ramón Lobo. Editorial Libros del K.O. Madrid, 2012. 58 páginas, 6 euros.

Pd. (27/2/2013): Como empieza a ser un habitual, os invito a visitar ‘Jotddown’, que acaba de publicar esta entrevista y conversación entre Ramón Lobo y Javier Bauluz, sobre periodismo, ética, guerras y… dinero, el poco que se paga ahora a los miembros de este oficio en extinción.

Guy Delisle Crónicas de Jerusalén

Esta región es agotadora”, le dice Sébastien, un empleado de la Alianza Francesa, a Guy Delisle en uno de los muchos viajes a través de los checkpoint que trocean Jerusalén. Y ciertamente lo es para el lector, que camina por la ciudad tres veces santa a través de las viñetas de Delisle, con la mirada sorprendida de un católico madurado en ateo que descubre una ciudad trofeo y fortaleza. A Delisle le fascina el muro de láminas de hormigón y torres de castillo medieval que domina el horizonte y una y otra vez acaba dibujando lo que ocurre en los alrededores de esta barrera levantada para impedir atentados terroristas y que ha partido la vida de centenares de miles de palestinos.

Crónicas de Jerusalén 3

No conocía gran cosa del conflicto cuando llegue a Jerusalén (…) Al principio me sorprendió la constante presencia de militares. Pensaba que era una ciudad totalmente occidentalizada, pero me di cuenta de que no es así”, cuenta Delisle a Raquel Villaécija en un artículo con un título tan bueno como caduco: El dibujante de las dictaduras’. Porque Israel – a diferencia de Birmania, China y Corea del Norte, escenario de sus viajes anteriores y de su imprescindible Pyonyang’,  uno de los mejores relatos sobre el régimen de terror de Corea del Norte – no es una dictadura, aunque los palestinos vivan al dictado de los israelíes.

Delisle Crónicas desde Jerusalén

12 meses, 12 capítulos. Delisle llega a Jerusalén oriental acompañando a su mujer, trabajadora de Médicos Sin Fronteras,  en agosto de 2008 y permanece en la ciudad hasta el verano del año siguiente. En Navidad le sorprende la operación Plomo fundido’, que desborda a los cooperantes de MSF y que deja un terrible balance:  “1.300 palestinos muertos, de los que un tercio son niños; 13 soldados israelíes muertos, cinco de ellos por fuego amigo; y 4 civiles de Israel muertos por los 778 cohetes lanzados por Hamás”, según Reuters. Pero Delisle no dibuja reportajes, como Joe  Sacco, sino originales guías de viaje y su mirada está más cerca de la de su posible lector que de la de un periodista.

En Crónicas de Jerusalén Delisle cuenta con humor sus desventuras como amo de casa en una ciudad antipática para casi todos, más si tienen niños pequeños, pero su relato se eleva cuando cuenta sus problemas para entrar y salir de Israel cada vez que tiene que coger un avión, su imposibilidad para dar un taller de cómic en Gaza – está convencido de que los israelíes le prohíben ir a la Franja porque le han confundido con Joe Sacco - , la indiferencia de la población ante la omnipresencia de hombres armados  o sus visitas a los barrios de ultraortodoxos y colonos, nada amistosos con los turistas o con los cooperantes de MSF. Son dos mundos que están al lado pero viven de manera paralela”,  comenta Delisle a Villaécija.

Crónicas de Jerusalén 4

La brecha separa a palestinos de israelíes, pero también divide a los israelíes. El mejor ejemplo es la doble visita que Delisle realiza a Hebrón, la primera con un guía de Breaking the silence’, una organización de soldados veteranos que quieren contar su visión de los territorios ocupados; la segunda, con los colonos que viven en la ciudad palestina. La diferencia es enorme, aunque en ambos casos Delisle eche en falta la visión palestina del relato.  A ese Israel plural ha apelado Antonio Muñoz Molina para aceptar el premio Jerusalén: No conozco a nadie que sea más lúcido y crítico de lo que hace el Estado de Israel que algunos israelíes”. No lo dudo, pero después de visitar Jerusalén a través de las viñetas de Delisle creo que los israelíes lúcidos y críticos no son mayoría en Jerusalén.

‘Crónicas de Jerusalén’. Guy Delisle. Editorial Astiberri. Bilbao, 2011. 336 páginas, 26 euros.

Pd.: Os dejo esta entrevista con el autor, para los que sabéis francés.

 

Pd. 2 (13/4/2013): “Mmm… Cuando uno se encuentra ante Guy Delisle es imposible no compararlo en el acto con su yo dibujado, ese entrañable personajillo de suave tono irónico que observa las ciudades y países a los que viaja con contenida sorpresa, pacientemente, monologando, sin inmiscuirse nunca ni realizar, en apariencia, juicios sumarios. En plan yo pasaba por ahí, vaya, mmm…”  Así comienza Jacinto Antón su entrevista a Guy Delisle, invitado al Salón Internacional del Cómic de Barcelona. Muy interesante para saber más sobre ‘Pyongyang’ y, sobre todo, el próximo proyecto de Guy Delisle

Héctor Yánover

CUADERNO DE ROBOS  (VIII)

¡El best seller ha muerto! ¡El best seller ha muerto!” grita un coro de libreros, mientras un séquito de plañideras deshoja a su paso ejemplares de ‘Ángeles y demonios’. Juan Bonilla mira la procesión con pena y pone interrogaciones al titular de su artículo para contar lo que no quiere narrar, que las librerías se mueren.  Es lo que ocurre cuando olvidamos que para ser refugio las librerías tienen que ser antes negocio.

Héctor Yánover lo supo bien. Tanto que sus clientes le dieron el título de librero más famoso de Buenos Aires”. Daniel Paz lo retrató como un ángel con alas de libro, pero si lees sus entrañables memorias descubrirás que sobre todo fue un superviviente nato de un negocio que siempre estuvo en crisis.  Aquí va una pequeña colección de sus anécdotas y máximas, para despertar el deseo de entrar en una librería y comprar, comprar, comprar…

Es una anécdota tan buena que debería ser verdad, pero…

“Quiero creer que un día de 1942, Ramón Gómez de la Serna compró el diario ‘El Mundo’ en la esquina de Callao y Corrientes para leer la ‘Aguafuerte Porteña’ de Roberto Arlt y se enteró del suicidio de Stefan Zweig. Caminando por Corrientes pensó que no tenía consigo la autobiografía de Zweig, El mundo de ayer’. Entró a la librería de Palumbo, que fue aquella donde Arlt trabajó cuando escribía los cuentos de ‘El Jorobadito’ y pidió:

     - ¿Me da ‘El mundo de ayer’?

Palumbo, ofendido, respondió:

     - Aquí no vendemos diarios viejos”.

Clientes inolvidables…

“Un caluroso mediodía una morocha pidió un libro de éxito. Antes de que se lo envolvieran, el doctor Sánchez, habitué que paraba por allí y estaba leyendo junto a la caja, lo tomó con aire displicente mientras le decía  a la atónica joven:

     - ¿Me permite que se lo dedique? Soy el autor.

Y antes de que ella pudiese responder, ya había escrito “A mi dulce amiga…” – ¿Cómo es su nombre? – Sánchez era capaz de firmar, siempre como autor, libros de Homero, Platón y Pascal”.

…y ladrones que se creen héroes.

“Todo ladrón de libros se siente un revolucionario. Un intelectual que no ha robado un libro es a la cultura lo que una virgen al sexo”.

“En la librería Masperó, en París, pusieron un cartel que decía: “La derecha nos quiere suprimir; si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colabore con el enemigo”. Cerraron”.

Ni templos ni comercios, sólo el centro del mundo

“Hay librerías que son cementerios de palabras, con nichos hasta el techo (…) Hay librerías donde los libros gritan “sálveme, sáqueme de aquí” (…) Hay éstas en las que dan ganas de entrar y aquéllas de las que sólo dan ganas de salir si es posible, sin haber entrado nunca. ¿Sabés dónde está la diferencia? En los dueños. Detrás de cada librería hay un hombre responsable de su cara”…

…aunque a veces no sepan lo que venden

     “ – ¿Tiene ‘Cartas persas’

Totalmente infatuado, el guardián del paraíso responde:

      – Aquí no vendemos barajas”.

 “…la poesía es hermana de la aventura y es por eso que los tahúres son atraídos por el libro como el poeta por el juego. Por eso no es raro ver a gente que debiera tener una pizzería detrás del mostrador de una librería. Porque el libro es un vicio que obra no sólo por lectura sino también por contacto y obliga a gente que jamás ha abierto ninguno a serle fiel por vida. Como un virus”.

Divertirse, esa es la cuestión

El que no se divierte leyendo no debe leer. Las únicas diferencias entre los hombres son aquellas que señalan que ca cual es ca cual y se divierte con otro libro”.

‘Memorias de un librero’. Héctor Yánover. Editorial Anaya & Mario Muchnik. Madrid, 1994. 272 páginas.

Pd.: Para los que aún compráis libros que se tocan, se huelen y se venden en librerías, un premio:

Pd. 2 (2/2/2013): Si Yánover fue “el librero más famoso de Buenos Aires“, Natu Poblet es ahora “la librera más famosa de Buenos Aires“, según afirma Francisco Peregil hoy en ‘Babelia’. Poblet es la dueña de ‘Clásica y Moderna’ y dirige ‘Leer es un placer’, un programa de radio que podéis escuchar aquí.

Hombre que negó el saludo a Hitler

En esta crisis alemana, que dura ya desde hace dos semanas justas, casi ningún día la verdad de por la mañana ha sido la verdad de por la noche, y la verdad de la noche no ha sido nunca la verdad de la mañana siguiente”.  Es  jueves, uno de diciembre de 1932, y los lectores del diario Ahora’, que dirige el magistral Manuel Chaves Nogales,  leen  cómo Eugenio Xammar intenta atrapar  desde Berlín una verdad escurridiza, el viaje hacia el nazismo de la República de Weimar, aquella resistible ascensión de Adolfo Hitler.

Xammar llama a Hitler Don Adolfo Hitler y Don Adolfo da menos miedo. Casi parece un hombre respetable, hasta que el cronista se ríe de su bigote de Chaplin mucho antes de que Chaplin le caricaturice danzando con el mundo y le define como hombre de un solo discurso: “Su programa es un programa clásico de dictador. Con breves y sencillas palabras promete la felicidad general”.  En su relato discontinuo, Xammar muestra con detalle cómo en meses el canciller elegido en un país de 6 millones de parados dinamita los pilares de la democracia y construye día a día su régimen de terror con la complicidad feliz de millones de alemanes comunistas, católicos, socialistas, que se convirtieron en nazis en cuestión de meses.

 “Varios millones de alemanes que comen poco – escribe Xammar – están convencidos de que si no comen más, la culpa la tienen los judíos. A esos ciudadanos, tan patrióticos como desorientados,  hay que entretenerles con algo”.  Jugamos con ventaja, sabemos el terrible final de esta historia, pero aún así las Crónicas desde Berlín’  de Xammar, periódico en formato de libro, se leen con fascinación porque nos convierten en un lector contemporáneo de aquellos hechos decisivos. En una fecha tan temprana como el 26 de marzo de 1933, Xammar nos descubre los campos de concentración. Una semana más tarde relata la persecución de los judíos y el 24 de diciembre de 1933 la ley de esterilización a cuyas víctimas tan bien representó Montgomery Clift en ¿Vencedores o vencidos?

Xammar comienza esta crónica de forma magistral:

La dueña de la casa se dirige al invitado que se pasea por los salones con aire un poco aburrido y, para entrar en conversación, le pregunta:

  - Ante todo, ¿se llama usted Sáenz del Pardo o Sainz del Pardo?

  - Es igual, señora – contesta el interpelado -. La cuestión es pasar el rato”.

Aclarado el enfoque de la crónica, Xammar informa del coste del proceso de esterilizar a 400.000 alemanes y cita a un profesor defensor de un mundo perfecto que, sin ningún criterio ético, no ve en la eugenesia un gasto sino una inversión de futuro. Contados los hechos, detalladas las diferencias de esterilizar a hombres y mujeres, el cronista concluye:

Después de lo que antecede, díganos el lector si no cree también que Alemania se va poniendo difícil para Sáenz del Pardo, para Sainz del Pardo y, en general, para todas aquellas personas que opinan que, en el fondo, lo único que importa es pasar el rato del modo más agradable posible”.

No hay vuelo sin motor en las crónicas de Xammar. Informar es el gran reto que asume en sus relatos, en los que siempre el qué se cuenta domina al cómo se cuenta y en los que es tan riguroso con los hechos como con el lenguaje que utiliza para explicarlos. Casi todas las crónicas de Xammar son telefónicas y tienen una frescura inexistente en los libros de Historia.  Para la sucesión de Brüning suenan los nombres de unos cuantos señores sin importancia, titula uno de sus textos y demuestra por qué es necesario un buen corresponsal, que contextualiza a sus lectores la información, la ordena y la explica. Ese periodista a extinguir en un oficio malherido, enseñado por periodistas que no nos descubrieron a Xammar.

Crónicas desde Berlín’. Eugenio Xammar. Editorial Acantilado. Barcelona, 2005, 368 páginas. 20 euros.

Pd. 1:  Este texto se titula igual que un gran artículo de Charo González Prada, editora de los artículos de Xammar y, con seguridad, la persona que más sabe sobre la vida y obra de este periodista. Descubrí que había elegido el mismo título justo antes de publicar la entrada. Creo que es tan bueno que en el futuro otros lo volverán a descubrir.

Pd. 2:  Apenas hay fotos de Xammar en la red, así que preferí ilustrar estas líneas con el retrato de August Landmesser, un desobediente que nos recuerda la facilidad con la que los hombres nos convertimos en un dócil rebaño.

Pd. 3: Ésta es la entrada 150 del blog.

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