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Archivos Mensuales: septiembre 2012

Navegaba por la A6 rumbo a Segovia con el temor del valiente Abraracurcix. Cansado de beber tanta agua, el parabrisas de mi coche se empeñaba en convertirse en una nube de niebla, pero hasta aquí llegó la épica. La de verdad, la auténtica, estaba contenida en el mamotreto que llevaba en mi mochila rumbo a mi cita con Beevor, una nueva historia de la Segunda Guerra Mundial de 1.200 páginas que acaba de editar Pasado & Presente con  precio precrisis, cuando nadie decía la terrible frase jíbara: “con la que está…”.

Los libros se compran para regalarse y los 39 euros del nuevo Beevor son una barrera más infranqueable que el Muro Atlántico de Hitler. “¿Cuánto cuesta?”, oí que preguntaba una señora a un librero. “39 euros”. “Oh, demasiado, él no se lo merece”. Y el desconocido ‘él’ acabó con una novela de 20 euros que la señora quería leerse. Pero los fanáticos que sorteamos la tormenta y llegamos a la iglesia de San Juan de los Caballeros con el paraguas en una mano y nuestro ‘tocho’ Beevor en la mochila creemos que sí nos merecemos este libro.

Como hace en sus mejores obras – ‘Staligrado’ y ‘Berlín’ -, Beevor comienza su titánica historia con el relato de un hombre, el soldado de la mirada perdida cuya foto ilustra estas líneas. Viste el uniforme de la Wehrmacht, pero lo que ignora el estadounidense que apunta su nombre en la lista de prisioneros es cuántos uniformes ha llevado antes. Yang Kyoungjong es coreano, pero en 1938 le reclutaron sus invasores japoneses. Un año después los soviéticos le capturaron y le enviaron a un campo de concentración. Yang sobrevivió y en 1942 le convirtieron en soldado del ejército rojo. Una vez más, perdió y fue apresado  por los alemanes, que ya sabemos qué hicieron.

Apuesto a que Yang ya se veía con el uniforme estadounidense cuando le hicieron esta foto, pero afortunadamente para él su historia de desamor con los militares acabó aquí. Hay que tener mala suerte para que te capturen tres veces, pero también mucha, muchísima buena suerte para sobrevivir a tres batallas terribles: Khalkhin-Gol (1939), Kharkov (1943) y Normandía (1944), y salir, aparentemente, sin un rasguño. Es en la primera batalla, apenas conocida hasta ahora, donde para Beevor comenzó realmente la Segunda Guerra Mundial. Y qué mejor historia que la del viajero Yang para acercarnos a ese violento combate entre soviéticos y japoneses.

Afirmar que la Segunda Guerra Mundial comenzó en realidad en mayo de 1939, en un lugar tan alejado de Polonia como la estepa de Mongolia puede parecer un ardid literario para justificar una nueva historia de la Segunda Guerra Mundial. ¿No está todo contado y recontado? Pues seamos heterodoxos y cambiemos la fecha  y el escenario de inicio. Pero la justificación de Beevor no carece de base. En Khalkhin-Gol, los soviéticos destrozaron al arrogante ejército japonés. Su derrota fue tan aplastante que cuando Hitler les pidió en 1941 que atacasen a los soviéticos, los japoneses se pusieron a silbar y a mirar hacia el lado opuesto: el Pacífico. Hundir la flota estadounidense les pareció mucho más fácil.

Y durante 8 meses lo fue, hasta que llegaron Midway y Guadalcanal. Cuando la guerra se convirtió en una lenta e inevitable derrota, los japoneses comenzaron a devorar literalmente a sus prisioneros. Y no fue una práctica improvisada. Ésta es la segunda gran novedad del relato de Beevor, demostrar que el ejército japonés convirtió el canibalismo en un método organizado de supervivencia y cómo los altos mandos aliados descubrieron el crimen y lo encubrieron incluso cuando la guerra ya había acabado. ¿Justifican estas dos novedades los 39 euros del nuevo Beevor? Quizá no, pero, palabra de exlibrero, los libros se compran para regalarse. Por eso esta entrada, que ya empieza a alargarse, termina con otra conversación robada.

Interior día. Iglesia de San Juan de los Caballeros, uno de los mejores escenarios del ‘Hay festival’ de Segovia. La charla entre Antony Beevor y Agustín Díaz Yanes ha pasado volando. La veintena de fanáticos ya tenemos nuestro libro firmado y hacemos cola para devolver los auriculares de la traducción simultánea. Nuestra sonrisa nos delata, pero delante de mí hay dos hombres que no sonríen. No se lo han pasado tan bien como yo y la mayor parte de las más de 200 personas que han llenado la sala.

  • Aburrido uno: “¿Éste tipo es el de ‘La caída’, no?”
  • Aburrido dos: “Pues no lo sé”.
  • Aburrido uno: “Sí hombre, la historia de Hitler en su búnker. Si hicieron una película  y todo”.

 Antes de que los dos comiencen a bostezar, llega la mujer de ‘Aburrido uno’.

  • Amante inmerecida: “Toma”
  • Aburrido uno: “¿Y esto?
  • Amante inmerecida: “Para que lo leas. Te lo acabo de comprar y ¡mira!, ya te lo ha dedicado el autor”.

Inmediatamente recordé a la señora de la librería y su amante desconocido, que sólo se merecía recibir envueltas en papel de regalo las novelas que ella quería leer. ¿Se merecía ‘Aburrido uno’ que su mujer se gastase 39 euros en él?, no, claro que no. ¿Se merecía que le pidiera a Beevor que le dedicase el libro? Aún menos. Pero, si es capaz de sorprendernos, ‘Aburrido uno’ descubrirá la fascinante historia de Yang, el hombre que recorrió más de 9.000 kilómetros, combatió en tres ejércitos y sobrevivió a tres gigantescas batallas. Y creedme, a partir de ahí no dejará de leer este apasionante relato hasta la última página.

Círculo de Bellas Artes (Madrid), 22 de marzo de 2002.

Cinco horas antes de que comience esta conversación, una bala ha atravesado la cabeza del único concejal socialista del Ayuntamiento de Orio. Tenía 67 años, acababa de comer con su familia y había bajado a un bar cercano a su casa para tomar un café. Como los vascos que protagonizan  Guárdame bajo tierra’ (Premio Nacional de la Crítica 2001), Ramon Saizarbitoria se ve afectado por la siniestra sombra del terrorismo. Dudo si preguntarle por el atentado porque, aunque una de sus anteriores novelas está protagonizada por un etarra, el terrorismo no es el tema central de ‘Guárdame bajo tierra’, cinco novelas breves que giran alrededor de exhumaciones.

En la mesa de la cafetería, el medio gin tonic de Saizarbitoria y los restos del té del periodista de la entrevista anterior. El escritor, que fue concejal de Euskadiko Ezkerra en el Ayuntamiento de San Sebastián durante la transición, no encuentra las palabras adecuadas para definir lo que siente ante esta nueva muerte, “dolor”, “cabronada”.Estoy empezando a creer que verdaderamente estamos obligados a posponer, a relegar las pretensiones, aunque sean legítimas, aunque sea sine die, hasta que se acabe la barbarie”.

Guárdame bajo tierra’ comienza y termina con dos novelas cortas cuyas historias transcurren en los años ochenta, pero que realmente se inician en 1937, en plena guerra civil, cuando las tropas franquistas están a punto de entrar en Euskadi. En las dos transmite la idea de que la guerra civil es, como en el resto de España, una herida mal cerrada, como el muñón del viejo gudari protagonista de la primera historia, pero en el caso de Euskadi con la particularidad del papel jugado por el PNV durante la contienda.

Trato de eso sí, de ese papel, del pacto de Santoña. Sí, intento acabar con ciertas mistificaciones de la historia. La guerra civil es una guerra que nos han contado mal, como una guerra entre vascos y españoles, los vascos que prefieren entregarse a los italianos antes que a los españoles, cuando lo cierto es que hubo vascos en los dos bandos… ¡y si contamos a los navarros entre los vascos! Quiero contribuir a acabar con esa mistificación y, sobre todo, a través de ese elemento de exhumación quiero simbolizar que lo que se pierde en la guerra es irrecuperable, que el sin sentido de la guerra es tal que incluso los que ganan la pierden.

Una de las mejores características de ‘La guerra perdida del viejo gudari‘ es su capacidad para introducirnos en los pensamientos de este viejo soldado vasco y, sobre todo, hacernos comprender su dolor. En su caso es obvio el motivo de este dolor, pero quizá lo peor de esta herida mal cerrada es que también es capaz de afectar a la siguiente generación, a los hijos de los derrotados, que son los protagonistas de ‘El huerto de nuestros mayores’.

Sí, a mí me interesa que exista esa transmisión porque en las guerras los contendientes nunca tienen conciencia de que van a entrar en guerra, aunque quizá algunos militares las preparan, pero el pueblo no tiene conciencia de ello. Uno está en vísperas de la guerra y no lo sabe. Es algo que me fascina. Uno piensa que, como en una tormenta, existen señales que te anuncian lo que va a ocurrir y que te permitirán guarecerte, pero la guerra no es así. La mayoría de los que han vivido la guerra reconocen que no pensaban que la guerra podía producirse, que se llegaría a esa insensatez.

No estoy obligado a sufrir por la patria, ni a morir por la patria, ni coñas por la patria

En esta novela en particular retrata a Sabino Arana como un santo, cuyos huesos son venerados por dos votantes del partido que fundó, el PNV.

Así han vivido muchos la historia. En esta novela intento hacer una síntesis personal que quisiera que fuera de muchos vascos. Si te das cuenta, yo reniego de esa herencia, de esa pesada carga, de esos huesos de Sabino Arana convertidos en reliquia que trasmite el padre a su hijo con la obligación de restituirlos a la tumba de Arana. Me rebelo ante esa herencia, no estoy obligado a sufrir por la patria, ni a morir por la patria, ni coñas por la patria (Ramón enfatiza la palabra patria y la dice cada vez más alta, casi expulsándola).

Teniendo en cuenta que siempre ha escrito en euskera su crítica al nacionalismo me parece más legítima.

Bueno esa es mi guerra, el advertir que vincular el euskera y la cultura vasca al nacionalismo es peligrosísimo para la lengua y la cultura vasca, tenemos que disociarlo. Espero que las generaciones futuras separen el euskera y su cultura del nacionalismo, que las utiliza para justificar sus reivindicaciones, reafirmar la identidad, etc… Es más, el nacionalismo político, cuando no le interese el euskera, lo dejará caer como un trapo sucio. Y el ejemplo lo tenemos en Irlanda, con el gaélico. Es necesaria esa separación.

En las tres novelas centrales de ‘Guárdame bajo tierra‘ lo verdaderamente importante es la dificultad de las relaciones de pareja,  la necesidad que tenemos todos de encontrar a la persona con la que soñamos compartir nuestra vida y la imposibilidad de conservar a esa persona.

Mi generación es especialmente incompetente en las relaciones de pareja, creo que los jóvenes de ahora son más hábiles. Me interesa el paralelismo entre las guerras pequeñas y las guerras grandes.

‘La obsesión de Rossetti’ es la novela más larga de las incluidas en su nuevo libro. La novela parece estar dominada por una imagen fascinante, la exhumación del cadáver de la mujer del pintor y poeta inglés Dante Gabriel Rossetti y la hermosa y larga cabellera pelirroja que presentaba el cadáver y que no había dejado de crecer durante los años que llevaba enterrada. ¿Fue éste el punto de partida para esta novela protagonizada por un escritor neurótico?

Sí, ¡tiene mucho morbo, no! Sí, sí surgió a partir de esa escena. En esta novela hago una caricatura de la figura del escritor, que sobrevalora su “paginita”. Rossetti es un buen ejemplo, nadie conoce a Rossetti por sus poemas sino por el hecho de que exhumó el cadáver de su mujer para recuperarlos. Y luego está mi personaje, ese miserable que tiene la pretensión de conquistar a una mujer través de la literatura. Creo que hay muchos escritores que pretenden, pretendemos, eso… pobrecitos, no (Risas).

Trato de reírme de mí mismo, no niego que yo circulo por ahí. Soy parte de los personajes

En estas tres novelas de relaciones sentimentales el azar es un elemento fundamental, hasta tal punto que la noticia de la exhumación de los restos de un famoso cantante es capaz de provocar una crisis en la relación que mantienen los protagonistas de una de las novelas.

Esta es una historia real también, la de Yves Montand, que a mí me fascinaba. Un hombre que admitió tener una relación sexual con una actriz con la que, supuestamente, tuvo una hija. Él se negó a hacerse las pruebas para confirmar su paternidad. Siempre manifestó que no había tenido ninguna hija. Y su mujer le creyó, aunque todo el mundo en Francia pensaba que las pruebas del ADN confirmarían su paternidad por el parecido de la supuesta hija. Es algo que yo desearía, tienen que tener bastante confianza en ti para creer en esa situación y es que creo que las mujeres saben más. La pareja de la novela entra en crisis porque el personaje que narra la historia siente la miseria de que su mujer no le cree, no puede soportar que, a diferencia de la mujer del cantante, ella no confíe en él.

En todas las historias me parece que ha abordado el tema de la muerte huyendo del morbo, pero en ‘Dos corazones en una tumba‘ la risa, el humor negro, está presente casi desde su inicio hasta su justo final. Una historia que parece extraída de las páginas de un periódico, con los casos de la funeraria de Málaga o de Georgia, donde el propietario no quemaba los cadáveres sino que los enterraba en el patio de su casa.

¡Sí, sí, tremendo! La realidad siempre te rebasa, nunca puedes alcanzar con la imaginación las cuotas de esperpento a las que llega la realidad. Trato de reírme de mi mismo, no niego que yo circulo por ahí. “Madame Bovary ce moi”, que decía aquél. Sí soy parte de los personajes y, bueno, es lo que ofrezco al lector. Hay mucha verdad y poca trampa.  Mejor o peor escrito, hay está la vida, tal y como yo la vivo y tal y como yo la siento. 

Posdata 1: Esta entrevista apareció mutilada en el número 0 y único de ‘Gazz Magazine‘, en mayo de 2002, una revista de tendencias tan efímera que no dejó ni huella en internet. Todas las referencias al asesinato de Juan Priede Pérez por los etarras Iñaki y Unai Bilbao desaparecieron. No hubo más censura que la falta de espacio. De dos páginas se pasó a una y el asesinato parecía fuera de lugar. Sin embargo, releída ahora la entrevista sin cortar, creo que dice mucho, muchísimo, de la España en la que vivíamos hace tan solo 10 años.

Posdata 2:  Después de ‘Guárdame bajo la tierra‘, Ramón Saizarbitoria no publicó ninguna novela hasta esta primavera, cuando presentó Martutene‘,  un libro de casi 800 páginas escrito en euskera. En las entrevistas concedidas a la prensa, Saizarbitoria dijo entonces que a partir de ahora se dedicará a la literatura juvenil.

Posdata 3: Hoy ETA ha hecho un comunicado. Nunca fue menos noticia.

Posdata 4: Dos días después de la (re)publicación de esta entrevista, Ramón Saizarbitoria y Ramiro Pinilla recibieron el premio Lan Onari del Gobierno vasco “que reconoce a las personas que se hayan significado de modo extraordinario por su dedicación, constancia y espíritu de iniciativa en el desempeño de su actividad profesional”. Patxi López les entregará el premio el día 25 de octubre en la recepción con motivo del Día de Euskadi.

Posdata 5: La hermosa frase “tú eres mi patria” (en  euskera:  ‘zu zera nere aberria’) pertenece al protagonista de uno de los relatos.

Posdata 6 (7/4/2013): Os invito a leer la entrevista a Ramón Saizarbitoria en el blog martuteneauzoa por la publicación de ‘Martutene’

Posdata 7 (22/4/2013): La editorial Erein acaba de publicar en castellano ‘Martutene’. Podéis leer el primer capítulo en este enlace.

Posdata 8 (6/5/2013): Os invito a leer esta entrevista al escritor en El placer de la lectura.

Uno de esos eternos aprendices de la vida”. Simon Schama mira a los ojos de Vincent van Gogh y le define con una sola frase, mientras fuera de plano Paul Gauguin asiente, Kirk Douglas se rebana su oreja derecha y una hermosa mujer huye aterrada de un autorretrato del pintor que la desea con una mirada de locura. Todo lo que era fácil para la mayoría era un reto imposible para el genio, eterno aprendiz vital. ¿Hay una manera mejor de definir al pintor? No, ninguna tan directa, tan certera y afilada.

Simon Schama pasa muchas veces la frontera entre la seguridad y la pedantería, pero son sus juicios rotundos los que le convierten en el mejor crítico de arte vivo. La frase que sintetiza a Vicent van Gogh pertenece a El poder del arte (BBC, 2006), la mejor serie televisiva sobre pintores que se ha hecho nunca.Todos nuestros programas -  escribe Schama – conectaron con una crisis en la vida de la carrera de un artista, un momento difícil en la creación de un cuadro o una escultura determinados (…) obras maestras ejecutadas bajo una presión enorme”.

Y así vemos a Rembrandt presionado por sus patronos; a David, Turner y Picasso, por el momento político; a Caravaggio y a Bernini, por su necesidad de reivindicarse; a Rothko y van Gogh, por su exigente concepción del arte. Y los vemos, claro, a través de la mirada personal de Simon Schama, que entra y sale del relato mientras los realizadores de esta magnífica serie logran un prodigio: que veamos el paisaje inglés como lo veía Turner o los trigales de Arles con los ojos de van Gogh.

Todos ellos constituyen testimonios directamente personales; todos ellos defienden un arte que va mucho más allá del principio del placer y del entretenimiento. Son creaciones que pretenden cambiar el mundo”. Caravaggio enfrentado a ‘La muerte del Bautista’, Bernini burlando todas las convenciones y tallando un auténtico orgasmo en mármol en el Éxtasis de Santa Teresa, Picasso creando el cuadro más político de todo el siglo XX (no hace falta decir cuál). Todas son obras que rompen nuestra serenidad y una frontera en la historia del arte.

Pero sin un guía para la mayoría de nosotros es imposible comprender el porqué de su belleza, la maldición de su fealdad, la profundidad de su mensaje. Y Schama es el mejor, aunque incluso él mismo dude de sus certezas. Ya escrito el guión y planificado el rodaje, el crítico redescubre una obra que creía secundaria y, de repente, “…quería poner el programa patas arriba para que la epifanía pudiera tener cabida en él”. Y a veces, el guión se cambiaba lo justo para que la obra pudiera tener su espacio en la serie. Un problema inexistente en el mundo del papel.

Acabo de ver el capítulo dedicado a van Gogh y he advertido que esta frase que tanto me gusta no aparece en ninguna parte. Pero sí en la versión escrita de la serie, un heterodoxo manual de pintura que amplía los guiones televisivos. La editorial Crítica editó El poder del arte hace unos años, sin éxito. Ahora vuelve a las librerías a un precio excepcional: 9,95 euros. Corred a compradlo. De nada, aunque es a @perrodepicasso a quien tenéis que agradecer el consejo. Él me descubrió esta serie increíble. Espero que os atrape tanto como a mí.

 

Incluso el mito anunciaba pasta de dientes. En la carátula de The Newsroom, la última serie de Aron Sorkin, aparece brevemente Walter Cronkite, el gigante del periodismo televisivo estadounidense. Pero esta foto pertenece a su autobiografía, ‘Memorias de un reportero’. Me costó apreciar las dos barras de ‘Colgate’ sobre su escritorio. Primero vi a Cronkite, luego el mapa de Corea y después ¡las dos barras de pasta de dientes! Y, durante un instante, el mito de una edad de oro del periodismo televisivo se hizo mortal.

El gran peligro del periodista es convertirse en un cínico. Le ocurre a casi todos los enamorados defraudados. Pocos oficios son tan vocacionales como contar noticias y los empresarios lo saben muy bien. Demasiado bien. Habéis pasado de la miseria a la pobreza, nos dijo a mis compañeras y a mí el director de una emisora en la que trabajaba cuando pasamos de cobrar 300 a 600 euros. Olvidó decir que también a la legalidad, porque yo hasta entonces no tenía ni contrato. Pero aquel hombre que llegó a ministro sabía que no trabajábamos sin descanso por dinero sino por amor.

Esta pasión que casi todos los periodistas sentimos por nuestro oficio late en los mejores momentos de ‘The Newsroom’. Mi deseo es volver a hacer héroes de los periodistas”. Cuenta Sorkin a Rocío Ayuso en El País Semanal. En mi redacción ya hemos visto la primera temporada de ‘The Newsroom’. No todos claro, pero sí los redactores que me rodean, aquellos a los que tengo que contar qué pieza tienen que hacer, con qué elementos cuentan y, sobre todo,  de cuántos carecen. Los que descubren cada día mis defectos y las carencias de nuestra empresa, los que saben que nunca fuimos héroes.

En la vida real no hay héroes, no hay personas ni tan inteligentes ni tan íntegras como los personajes de Sorkin. Por eso me gustan tanto sus diálogos, certeros y afilados, sostenidos por réplicas aún más brillantes… y, ¡ay!, terriblemente ficticios. Lo eran en la magnífica El Ala Oeste’ y lo vuelven a ser en ‘The Newsroom’. Sorkin se defiende: “Mis diálogos no pretenden ser reales. Lo son le dice a Ayuso -. Es como hablaría la gente (…) si les dieran media hora para responder”. No es verdad pero nos gusta creer que sí, que seríamos geniales y valientes si tuviéramos media hora más para pensar.

Sorkin se apoya en esta brillante mentira para contar un drama real: la transformación de los informativos en programas de entretenimiento, dominados por un oráculo cruel al que cada mañana visitan aterrados los editores. Will McAvoy, el talentoso presentador que interpreta Jeff Daniels, un republicano que habla y actúa como un demócrata, ha decidido no visitar al oráculo y enfrentarse cual moderno Don Quijote a los molinos de la audiencia. Pero Sorkin sí pretende una ficción entretenida y entrelaza la noticia real de cada capítulo con las desventuras sentimentales de los protagonistas. El resultado es una mezcla de comedia romántica y drama que no acaba de funcionar.

Recordando a su maestro, un olvidado periodista local, Walter Cronkite resume  así nuestro oficio: “Nosotros los periodistas teníamos que estar en lo cierto y teníamos que ser justos”. Eso es lo que nos contaron John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, Billy Wilder en El gran carnaval y ‘Primera plana’  y Sidney Lumet en Network Sus protagonistas son antihéroes capaces de matar a un hombre para tener una gran historia, imprimir la leyenda en lugar de la verdad o morir en directo. Pero su espejo espejo roto es mucho más auténtico que ‘The Newsroom’.

Pd. (12/5/13) Os dejo el enlace de ‘Uncle Walt’, la despedida de Jesús Hermida a Walter Cronkite

La escena pertenece a mi mitología familiar. Puente Genil (Córdoba), 1942, 1943, quizá 1944. La fecha exacta no importa. Eran años grises y tristes, de miedo y dolor. Entramos en una casa de vencidos. Hay millones en aquella España. Es un hogar pobre donde no se pasa hambre porque mi abuela Mercedes trabaja de sol a luna y de luna a sol. Pero en el salón de la casa hay una sola mesa, unas sillas y una butaca.  La radio es un lujo que llegará muchos años después. El televisor ni siquiera lo sueñan los ricos del pueblo.

Como buena historia oral cambia según quien sea el narrador y cambia incluso si el mismo narrador vuelve a contarla. Mi madre, la más pequeña, apenas recuerda los detalles. Es una noche cualquiera y mi abuela Mercedes y mis tías Merche y Paqui cosen. Mi madre juega con su muñeca y mi tío Juan, bueno, digamos que trastea por allí. Para hacer más corta la noche, desde hace unos días mi abuelo Joaquín abre el primer tomo de su edición de Los miserables’ en seis volúmenes y comienza a leer en voz alta.

En la noche de un domingo, panadero en la plaza de la iglesia, en Faverolles, iba ya a acostarse cuando oyó un golpe violento en el escaparate de su tienda (…) Llegó a tiempo para ver que un brazo pasaba a través del agujero practicado de un puñetazo (…) El brazo se apoderó de un pan y se lo llevó. Isabeau salió inmediatamente, el ladrón huía a toda prisa; Isabeau corrió tras él, le alcanzó y le detuvo. El ladrón había arrojado el pan al suelo, pero su brazo estaba ensangrentado. Era Juan Valjean (…) Fue condenado a 5 años de galeras”.

No sé cómo los seis volúmenes de la gran novela de Víctor Hugo se salvaron de la hoguera de humedad en la que se consumió la biblioteca de mi abuelo, emparedada entre adobes unidos con miedo. Ocultos de vencedores imprevistos, los libros estuvieron tapiados durante años. Cuando el miedo cedió, mi abuelo los liberó de su celda y descubrió que la humedad había hecho añicos casi todas sus novelas. Pero la edición en seis volúmenes de ‘Los miserables’ – impresa en París en 1921 por los hermanos Garnier – sobrevivió. Y aún más, logró superar la mudanza a Madrid, el gran viaje sin retorno de mis abuelos.

Antes llegaron la radio y la progresiva ceguera de mi abuelo que acabaron con sus lecturas en voz alta, pero la historia de Jean Valjean – Juan en la farragosa traducción de J. Segundo Gómez -, se convirtió en una referencia familiar. No importaba que ocurriera en la Francia napoleónica. Era un símbolo de la injusticia que habían vivido antes y después de la guerra y que dominaba el campo andaluz, tierra de señoritos y jornaleros. Al fin y al cabo, como ha escrito Vargas Llosa, ‘Los miserables’ es una novela inmensa sobre temas universales:  “la justicia, el bien y el mal, el amor, la ley y la moral, la piedad, el progreso del hombre…”

Pasó el tiempo. Llegó la democracia y nuestro imperfecto estado del bienestar.  ‘Los miserables’ se convirtieron en un musical de éxito y dejaron de simbolizar la injusticia.  ¿Cómo creer que un hombre sea encarcelado hoy en día por robar una barra de pan?  Así pensaba yo hasta hace dos semanas, cuando leí que un juzgado de Barcelona ha condenado a un indigente a un año de cárcel por robar media ‘baguette mientras agarraba por el cuello de la bata a la panadera y la gritaba. Inmediatamente pensé que Jean Valjean, el hombre cuya historia fascinó a mi abuelo, había vuelto, como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque esta vez sólo ha robado media barra de pan.

Pd: El boceto de esta entrada es una obra de Paula Cabildo, que ha tenido la gentileza de dejarme usarla. Os invito a visitar su blog notecreonada.com, un crítico relato de nuestra actualidad a través de originales ilustraciones.

Pd. (viernes, 15 de noviembre de 2012): Jean Valjean volverá estas Navidades a la pantalla con el rostro de Hugh Jackman. Russell Crowe interpretará a su gran enemigo,  el incansable perseguidor Javert. Os dejo el enlace con los retratos que Annie Leibovitz ha hecho de los principales protagonistas y el tráiler de la película de Tom Hooper, el director de ‘El discurso del rey‘.

Annie Leibovitz

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