La historia de ‘Mi lucha’

Adolf Hitler revisa una edición especial de 'Mein Kampf'

La escritura nació del fracaso. Encerrado en la prisión de Landsberg tras la derrota del ‘Putsch de la cervecería’ con el que había intentado derribar la república de Weimar, Hitler comenzó a escribir ‘Mi lucha’ en el verano de 1924. Pretendía crear un espejo mágico de palabras que reflejase el hombre que quiso ser y no fue, el líder que sería. También, no es un detalle menor, hacerse rico. Lo logró, pero solo cuando la realidad triunfó sobre su ficción. ‘Mi lucha’ se convirtió en un gigantesco éxito editorial cuando Hitler ya era un enorme éxito en las urnas. Era un libro para convencidos, no para convencer, “caótico y sumamente repetitivo”, sentencia Sven Felix Kellerhoff en ‘Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX’ (Crítica, 2016).

Texto notable que cumple la promesa de su índice, la obra de este periodista e historiador alemán es una desmitificación didáctica y entretenida del libro más mitificado. En quince capítulos breves con títulos concisos – ‘Los orígenes’, ‘Fuentes’, ‘Los lectores’, ‘Las ventas’… -, Kellerhoff deconstruye ‘Mi lucha’ y deja claro lo que es – una autobiografía idealizada, un libro denso, repleto de odio y prejuicios, sin citas ni notas – y lo que nunca fue: el programa político que Hitler realizó cuando se convirtió en el amo de Alemania, primero, y de media Europa, después. Ni siquiera el profundo antisemitismo que domina la obra permitía intuir el asesinato industrial de millones de judíos.

Hitler escribiendo

Objetivamente hablando – escribe Kellerhoff – , el libro de Hitler no podía convencer – ni por su estilo ni por su argumentación – a un lector cultivado y no comprometido con la causa (…) Sin embargo, respondía perfectamente a las emociones de los círculos ‘völkisch’ y antisemitas, gracias en parte a su retórica, literalmente subyugante (…) Por eso las críticas no tenían nada que hacer frente a aquella obra”. Y las hubo: duras, demoledoras y satíricas. ‘Mein Krampf’ (‘Mi delirio’), así tituló su parodia frustrada el humorista Hans Reimann. Muerto de miedo, nunca se atrevió a terminarla. En 1933, convertido Hitler en canciller, las ventas de ‘Mi lucha’ superaron el millón de ejemplares. Llegarían a los 12 millones en 1944, aunque muchos se convirtieran en cenizas en la Alemania vencida.

Cuando las compras decayeron, el libro se convirtió en regalo para los mutilados de la Gran Guerra o las parejas de recién casados. Sin embargo, nunca fue lectura obligatoria en la Wehrmacht, aunque desde 1940 se publicase una ‘edición de mochila’ en papel biblia para los soldados. Tampoco en los colegios, aunque se difundieran cuadernillos con citas. Sin permiso, se publicó en Francia, Rusia, Japón, China… Kellerhoff reconoce que no es posible saber cuánto ganó Hitler, pero la cifra superó los 12 millones de marcos. Una fortuna libre de impuestos una vez que se convirtió en el Führer incontestable. Aún así, la palabra de Hitler se demostró menos productiva que su imagen: ganó 50 millones solo por los derechos de imagen de los sellos que le llevaron a los buzones de convencidos, perseguidos e indiferentes.

La edición crítica de Mi lucha

¿Fue un best seller sin lectores? No. En el otoño de 1945, una encuesta del ejército de Estados Unidos concluyó que al menos 12 millones de alemanes habían leído ‘Mi lucha’ total o parcialmente. El libro había llegado a dos tercios de los hogares alemanes, aunque 6,7 millones de lectores habían muerto durante la guerra. Confiscados los bienes del partido nazi, el Estado de Baviera se quedó con los derechos de ‘Mi lucha’ y, en contra de lo que pretendía, convirtió el mamotreto hitleriano en un libro mítico, persiguiendo por medio mundo la edición de la obra. El propio Kellerhoff cuenta en las páginas finales de su libro cómo compró en una tienda de anticuario, a escondidas, su primer ejemplar de ‘Mi lucha’. La venta de estos ejemplares nunca estuvo prohibida, pero lo parecía.

Con su error, el Estado de Baviera dejó la edición de Hitler en manos de sus fieles y convirtió ‘Mi lucha’ en un objeto de deseo. Toda la investigación sobre el fenómeno nazi gira en torno a un agujero negro – afirma Kellerhoff -, precisamente porque el estado federado de Baviera ha impedido que se acceda de una forma directa al texto original”. Aunque la red hizo imposible la persecución hace lustros, la primera edición crítica solo ha llegado después de que los derechos de autor expiren. Impulsada por el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich-Berlín, es un éxito de ventas aunque solo está editada en alemán, tardará más de un año en aparecer en inglés y los editores, de momento, descartan publicarla en otros idiomas. Hasta que ocurra – y aún después –  el breve y atractivo ensayo de Kellerhoff será una lectura indispensable para acercarse a ‘Mi lucha’.

‘Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX’. Sven Felix Kellerhoff. Crítica. Barcelona, 2016. 352 páginas, 21,90 euros.

Anuncio nazi de Mi lucha como el libro de los alemanes

La Siria del árabe del futuro

El árabe del futuro cartel de Assad

¿Cómo era Siria antes de su autodestrucción? El país que fue solo existe en los recuerdos de los supervivientes: nómadas forzosos a los que negamos refugio, prisioneros en ciudades demolidas o súbditos aterrorizados por alguno de los muchos bandos de esta guerra cruel. Riad Sattouf no pertenece a ninguno de estos grupos. Su familia paterna, sí. Cuando en 2011 estalló esta guerra sin solución a la vista, Sattouf – árabe del futuro, francés del presente – intentó traerlos a Francia, pero chocó con un muro infranqueable. Indignado, quiso convertir su impotencia en una denuncia en viñetas. No tardó en darse cuenta de que no era suficiente y decidió dibujar su autobiografía. Fue así como nació ‘El árabe del futuro‘. Ana Fornaro lo cuenta muy bien en ‘La patria es un dibujo’.

El árabe del futuro la regla escolar de Hafez el Asad

La segunda entrega de ‘El árabe del futuro’ comienza en el capítulo V. Estamos en 1984, Riad ha cumplido seis años y se enfrenta a su primer día de colegio. La Libia de Gadafi, donde transcurría buena parte de la primera parte, ya pertenece al recuerdo. Su padre ha regresado a Ter Maaleh, el pequeño pueblo cercano a Homs donde nació. Está decidido a iniciar una meteórica carrera en la administración de Hafez el Asad, el dictador sirio que domina el país con mano de hierro e imagen omnipresente: desde inmensos carteles a la regla con holograma que Riad lleva a su primer día de colegio. Como para (casi) todos los niños, el descubrimiento del colegio, la pérdida de la libertad, es un golpe inolvidable. Literalmente. Porque la maestra del pequeño – una combinación hoy imposible en la Siria rural de mujer con hiyab, ropa ajustada, zapatos de tacón y minifalda – ‘instruye’ a sus alumnos a golpe de vara.

El árabe del futuro la profesora maltratadora

Entre palo y palo, la maestra sádica e inculta enseña a Riad y a sus compañeros el himno nacional sirio: la prioridad escolar era crear súbditos obedientes a Hafez el Asad. Sin él, Siria se destruiría a sí misma y no existiríamos”, asegura la maestra, cual pitonisa nefasta. La Siria que vemos a través de la memoria de Riad es un país pobre donde el triunfo consiste en tener la casa más grande del pueblo y un Mercedes para viajar a la capital, donde los niños calzan rígidos zapatos de plástico hechos en China y se mueren de pulmonía porque los padres los llevan al médico demasiado tarde. Sattouf nos cuenta lo que los adultos no ven aunque pase por delante de sus ojos: los chantajes, miedos y peleas que sufre y ejercen los niños sin que sus padres se enteren. No lo tiene fácil Riad, niño de melena rubia en una clase de alumnos de tez oscura y pelo negro. Si quería integrarse tenía que destacar en el entretenimiento con más éxito del recreo:  jugar a matar judíos.

El árabe del futuro Riad jugando a la guerra contra Israel

En la primera parte, Sattouf ya nos mostró la subordinación de la mujer siria al hombre. Para sorpresa del lector, esperaban a que a sus hijos, tíos o hermanos devorasen la comida que habían cocinado para alimentarse después de las sobras del banquete. En este segundo volumen, da un paso más. Es imposible desvelarlo sin romper la trama pero, antes de pensar que demuestra que las diferencias entre el Islam y Occidente son insalvables, conviene mirar hacia atrás. Y no me refiero a esas maestras que en mi lejana infancia aún nos obligaban a extender la mano para pegarnos con una regla. En la España de principios de los sesenta, todavía perduraba el “privilegio de la venganza de la sangre”. Lo heredamos de los romanos, como el alcantarillado, las carreteras, el acueducto… Pero si en un concurso nos dieran a elegir entre romanos y árabes/musulmanes, probablemente muchos apostaríamos por esta última opción. Este prejuicio es el que hoy parece insalvable. 

El árabe del futuro Riad con kalashnikov

‘El árabe del futuro (2). Una juventud en Oriente Medio (1984-1985)’. Riad Sattouf. Salamandra. Barcelona, 2016. 160 páginas, 19 euros.

El espía que creó el FMI

Delegados en la Conferencia de Bretton Woods

Mientras sus ejércitos luchaban juntos contra los nazis en Normandía, Gran Bretaña y Estados Unidos disputaban en una pequeña localidad de New Hampshire una pelea desigual por establecer el orden económico mundial de la posguerra. Seguro de su superioridad intelectual, John Maynard Keynes, el campeón inglés, sabía que libraba un combate perdido. La lucha contra Hitler había arruinado a Gran Bretaña. Era un secreto a voces y Harry Dexter White, el paladín estadounidense, sacó el máximo partido de la debilidad de su oponente.

En la conferencia de Bretton Woods (1-22 de julio de 1944) no solo nacieron los dos grandes organismos que aún intentan dirigir la economía mundial – el Fondo Monetario Internacional (FMI) y  el Banco Mundial -, sino un mundo dominado por el dólar. Una superpotencia anticolonial en ascenso, los Estados Unidos de América escribe Benn Steil en las páginas finales de ‘La batalla de Bretton Woods -, utilizó su influencia económica sobre una potencia imperial aliada en estado de insolvencia, Gran Bretaña, para fijar (…) las normas del comercio exterior y las finanzas internacionales”.

Harry Dexter White y John Maynard Keynes

Harry Dexter White y John Maynard Keynes

Keynes quería crear una divisa internacional, el ‘bancor’, para que el FMI fuese un instrumento de crédito independiente. No lo logró. Estados Unidos deseaba un mundo sin los aranceles y las devaluaciones competitivas que acentuaron la Gran Depresión, y, sobre todo, que un dólar con un valor fijo fue la divisa global de referencia. Aspiraba a un imposible – proveer al mundo de dólares que, en cualquier momento, podían cambiarse por una cantidad fija de oro -, pero durante más de dos décadas el sistema funcionó, hasta que el gasto de la Guerra de Vietnam lo hizo insostenible.

Benn Steil lo cuenta muy bien en un libro tan entretenido como didáctico, que rompe los límites cronológicos de Bretton Woods y pasa de la economía al espionaje gracias a un protagonista sorprendente: Harry Dexter White. Aunque lo definía como “autoritario, mal compañero, propenso a despedir a sus subalternos, con una voz estridente y áspera, tiránico de mentalidad y comportamiento”, Keynes respetaba la inteligencia y brillantez de su oponente. Ignoraba un dato esencial: Dexter White también pasaba información clave a los soviéticos.

Dexter White testificando

Harry Dexter White durante su declaración ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses

La denuncia de su reclutador, el periodista Whittaker Chambers, provocó que el FBI investigase a White desde 1942, pero serían los telegramas descifrados por el proyecto Venona los que impidiesen que fuese el primer director del FMI, como estaba previsto. White, el topo soviético más inesperado, falleció el 16 de agosto de 1948, tres días después de testificar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Su sistema, el 15 de agosto de 1971, cuando Nixon abandonó el cambio fijo del dólar, tras más de dos décadas de prosperidad mundial irrepetible.

‘La batalla de Bretton Woods’. Benn Steil. Deusto. Barcelona, 2016. 544 páginas, 24,95 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer el primer capítulo.

‘Las brujas de la noche’

Rufina Gasheva y Nataly Meklin pilotos soviéticas

Moscú resistirá. Sí, pero, con los tanques de Hitler a las puertas de la capital soviética, miles de mujeres y ancianos inician el éxodo hacia el este. Hace ya meses que Stalin – previsor, pesimista – ordenó el traslado de la momia de Lenin a Tiumén, una pequeña ciudad al otro lado de los Urales. A pesar de este ‘por si acaso’, el dictador sigue en el Kremlin. Es allí donde Marina Raskova, aviadora plusmarquista, agente del NKVD, lo convence para crear tres escuadrones integrados solo por mujeres.

Raskova, que ha sobrevolado la URSS casi de punta a punta, rompiendo un récord tras otro, reclutará en esas semanas cruciales a un puñado de entusiastas. La mayoría tienen menos de 20 años y pertenecen a la primera generación soviética. Todas sus nuevas subordinadas querían volar – escribe Lyuba Vinogradova –, si no de pilotos, al menos de navegantes. Todas las navegantes querían ser pilotos, y todas las pilotos querían ser pilotos de caza. La mayoría, incluida Raskova, no sobrevivirán a la guerra.

Sello dedicado a Marina Raskova

Marina Raskova

En ‘Las brujas de la noche’, la historia rusa Lyuba Vinogradova – colaboradora indispensable de Antony Beevor y Max Hastings en algunos de sus mejores libros – cuenta la historia de estas mujeres valientes que se enfrentaron a los invasores nazis en el inmenso cielo soviético. Raskova creó tres escuadrones: uno de cazas, otro de bombarderos tácticos y otro, el que titula el libro, de bombardeo nocturno. Si los primeros tenían los mejores aviones soviéticos, las ‘brujas’ volaban sin paracaídas en biplanos vetustos, lentos y frágiles.

Nos era simplemente incomprensible que los pilotos soviéticos que nos daban tantos problemas eran, de hecho…. mujeres – contaría Johannes Steinhoff, apuesto as de la Lufwaffe de Hitler deformado tras quemarse en un reactor Me 262 al final de la guerra – Estas mujeres no le temían a nada: venían noche tras noche, en sus destartalados aviones, impidiéndonos dormir…”  Más aún les costó admitir que las mejores cazadoras soviéticas – como Lydia Litvyak  o Katia Budánova – los derribasen en el aire y acabasen haciendo su ropa interior con la seda de los paracaídas de los pilotos alemanes.

Lily Litvak con su caza

Lydia Litvyak

No era un capricho. Vinogradova cuenta con detalle las penurias que pasaron, pese al apoyo de Stalin. Sus equipos de vuelo eran de hombres y, por no tener, no tenían ni sujetadores. Tanto en la retirada como en el avance, la comida, siempre era escasa: mediocre para las pilotos, pésima para mecánicas y armeras. Vinogradova lo cuenta en 41 capítulos breves y veloces de lectura apasionante. No es un mérito menor su rescate del testimonio de las últimas supervivientes, a las que entrevistó justo antes de que la muerte que burlaron una y otra vez en el cielo las derribase por fin.

‘Las brujas de la noche’. Lyuba Vinogradova. Pasado & Presente. Barcelona, 2016. 448 páginas, 33 euros.

Pd. (8/9/16): Os invito a leer la entrada que Javier Sanz dedica a estas valientes aviadoras en su su blog Historias de la Historia.

 

‘Vivir la guerra’

Foto Santos Yubero niños jugando a ser milicianos en Lavapiés

En Puente Genil, Joaquín Díaz Cosano empareda su edición de ‘Los miserables’ tras un tabique de adobes unidos con miedo. Jornalero socialista, sabe que su amada biblioteca puede costarle la vida, ahora que el municipio cordobés está en poder de los sublevados. Ningún vencedor imprevisto descubrirá el escondite, pero casi todas las novelas se consumirán en una hoguera de humedad antes de que el miedo pase. El miedo que tiene Joaquín domina a millones de españoles. Por miedo se queman los libros atesorados durante años, el carné de Falange o el de la UGT. Por miedo, burgueses y aristócratas dejan en el armario el traje, el sombrero y la corbata, y cambian sus zapatos por alpargatas. Por miedo, ateos y agnósticos lucen escapularios, cruces y rosarios en la España sublevada, donde la Iglesia convierte la sublevación en una cruzada. Donde el golpe fracasa, triunfa el anticlericalismo. “Las órdenes religiosas han de ser disueltas, los obispos y cardenales han de ser fusilados”, publica ‘Solidaridad Obrera’ el periódico de la CNT. Las iglesias se saquean, se detiene a sus párrocos, se desentierran los cadáveres de las monjas.

Niños jugando a fusilar durante la Guerra Civil Española

Niños jugando a fusilar, retratados por Agustí Centelles

Muchas imágenes se queman. Otras se profanan. El jueves 27 de agosto, de regreso a su casa, Morla Lynch ve “un Niño Jesús vestido de miliciano con un revólver en la manita, tras la verja de la Iglesia de San José, en la madrileña calle Alcalá. Cuando la devoción vence al miedo, las misas se celebran en domicilios privados. En casa de la familia Gil, la oficia el tío Pepe, párroco en la iglesia de Santa Bárbara, hasta que el 1 de octubre cinco milicianos de la FAI irrumpen en la casa y se llevan al cura y al padre de Antonio Gil Sastre, que solo tiene 13 años. José Gil será uno de los 6.832 religiosos asesinados durante la guerra, según los estudios de monseñor Antonio Moreno. También en la embajada de Chile se celebran misas. Morla Lynch, un liberal de izquierdas, se siente juzgado por los perseguidos a los que protege: aristócratas, falangistas, escritores conservadores. “Observo la actitud de los presentes, beatos, aparentemente absortos, pero mirando de reojo a ver si me arrodillo, si me persigno o no. Siento esa beatería egoísta e hipócrita y tengo la sensación muy clara de lo terrible que es esta gente cuando está arriba”.  Unas 8.000 personas se refugiarán en las embajadas. Más de dos mil, en la chilena.

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Incertidumbre, euforia, miedo, terror… millones de españoles vivieron estos sentimientos hace 80 años. Lo cuento en ‘Vivir la guerra’, uno de los dos artículos del dossier que Historia y Vida dedica al aniversario de la peor de nuestras guerras. Es un honor compartir dossier con Julian Casanova, que explica por qué estalló el conflicto. Os invito a visitar su web y a comprar la revista, en los kioscos, o en este enlace.

Historia y Vida Julio 2016 Guerra Civil

Pd.: La fotografía de los niños que desfilan con el puño en alto es de Santos Yubero. En este enlace podéis ver algunas de sus mejores imágenes. La foto pequeña, la de los guardias de asalto que usan caballos muertos como barricadas, la hizo Agustí Centelles el 19 de julio de 1936.

Muhammad Alí, ‘En la cima del mundo’

Acaba de morir Muhammad Ali. Fue mucho más que un boxeador único e irreptible. David Remnick, su gran biógrafo, lo cuenta en The Outsized Life of Muhammad Ali’, el obituario que acaba de publicar en ‘The New Yorker’. Os invito a leerlo y a visitar esta entrada que dediqué hace muchos años a ‘En la cima del mundo’, el reportaje de Norman Mailer sobre el primer combate entre Alí y Frazier.

‘El rey del mundo. Muhammad Alí y el nacimiento de un héroe americano’. David Remnick. Debolsillo, 2015. 336 páginas, 9,95 euros.

Muhammad Ali pulso contra Norman Mailer

Después del hipopótamo

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CUADERNO DE ROBOS (XII)

Hace décadas que se convirtió en un mito.  Probablemente, muchos de quienes tuitean sus frases ignoran que aún está vivo, pero todos los días sus citas recorren Twitter con la velocidad de uno de sus puñetazos. Siempre será altivo, provocador y joven.

Creo que no supe quién era realmente Ali hasta que vi When we were kings. Era imposible no quedar fascinado por este tipo tan espectacular dentro y fuera del cuadrilátero, un campeón que perdió sus mejores años por negarse a ir a Vietnam, que eligió su propia fe, su propio nombre.

Hace cuatro años, 451 editores publicó ‘En la cima del mundo, un reportaje de Norman Mailer sobre el primer combate entre Ali y Frazier. Lo reseñé en El pulgar de Dios, pero el vídeo se perdió en la mudanza del blog. Aquí van algunas frases del…

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‘Volver a las trincheras’

Miliciano con bombin guerra civil española

There’s a valley in Spain called Jarama / It’s a place that we all know so well…” cantaba Woody Guthrie, con su guitarra ‘matafascistas’. La batalla del Jarama (6-27 de febrero de 1937) terminó en un empate sangriento que perduró en la memoria de los internacionales anglosajones y dejó en los campos del frente una inmensa huella material. Proyectiles, armas, equipos y cadáveres quedaron semienterrados hasta que los agricultores volvieron a cultivar la tierra. En la posguerra del hambre y la victoria, la metralla alimentó a algunas familias de los pueblos del valle, como la de Goyo Salcedo. Ya jubilado, Salcedo desenterró con su detector miles de balas, proyectiles de morteros, bayonetas, máscaras de gas, latas de comida, esqueletos de fusiles… y creó en Morata de Tajuña un museo único.

Su visita es más que recomendable, pero tras leer ‘Volver a las trincheras’ sé que estos objetos quedaron separados del relato de la batalla. Sin el rescate arqueológico de su contexto, su microhistoria se ha perdido para siempre. Es una de las lecciones inolvidables del gran libro que ha escrito Alfredo González Ruibal, la primera historia arqueólogica de la Guerra Civil.  Con su pequeño equipo, el autor, uno de los mayores expertos mundiales en Arqueología contemporánea, lleva lustros leyendo el paisaje de batallas olvidadas, buscando en fortines, trincheras y parideras piezas que narran decenas de historias fascinantes. Fragmentos de granadas que cuentan golpes de mano, uniformes ocultos que delatan deserciones con final inexplicable, frascos de vitaminas que hablan de la mala alimentación.

Soldados republicanos escribiendo cartas

Soldados republicanos escribiendo cartas

Esta historia material no cambiará el gran relato del conflicto, pero certifica su carácter preindustrial, arcaico, pobre. Una guerra de campesinos donde las armas modernas fueron siempre una excepción. Una guerra cruel. Porque la arqueología de la guerra civil se hace en las trincheras y en las fosas comunes, centenares de heridas abiertas donde familias enteras fueron arrojadas a la muerte como animales. “No se mata igual en el norte que en el sur, en las ciudades que en los campos (…) no matan igual los fascistas que los comunistas, el Estado y las milicias”. Los muertos de los vencedores se rescataron tras la victoria. Los de los vencidos, no. Que padres cuyos hijos son hoy abuelos sigan ‘comiendo tierra’ es la prueba indiscutible de que ochenta años después aún carecemos de un relato común de la peor de nuestras guerras.

‘Volver a las trincheras’. Alfredo González Ruibal. Alianza. Madrid, 2016. 352 páginas, 22,50 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer el primer capítulo.

Pd. 2 (28/7/16): Y en éste, las nuevas excavaciones de las trincheras en la Ciudad Universitaria de Madrid.

Sobrevivir en Verdún

Poilus en Verdun

Como Pulgarcito, Louis Barthas deja un rastro de pistas para un improbable salvador. Su regimiento, el 296º de Infantería, debe relevar esa noche del 11 de mayo a los argelinos de los regimientos 114º y 125º, que hace unos días expulsaron a los alemanes de la cresta de la cota 304. Desde hace dos meses, ambos bandos se disputan la colina maldita “como si hubiese en sus laderas una mina de diamantes”, anota Barthas en su diario. Esa noche, apenas se mantiene en pie. Por eso, mientras sortea cráteres, tocones, alambres de espino que agarran su capote como “manos invisibles”, Barthas se desprende de su pesado equipo. En el camino, todo iba cayéndoseme: víveres, cartuchos, utensilios, granadas. ¡Ay, si nuestro ‘Kronprinz’ me hubiere visto! Pero tiene suerte, el insensible capitán Cros-Mayrevielle, el ‘Kronprinz’, no le ve. Los cadáveres también son invisibles, pero se siente rodeado de ellos. “Se adivinaba solamente su presencia, escondidos sin duda en los cráteres de obuses, la carne podrida tapada por un puñado de tierra”. Cuando llega a la cresta, Barthas recupera todo el equipo perdido durante el ascenso: municiones, víveres, herramientas… Es el rastro de los hombres del 125º. Todo era siniestro allí (…) este agujero sombrío parecía un volcán en erupción y nosotros parecíamos atrapados junto a la boca de este volcán. Durante siete días y siete noches Barthas y sus compañeros deberán resistir sin retroceder jamás.

Louis Barthas en la Gran Guerra

Louis Barthas en la Gran Guerra

Las sensaciones de los ‘poilus’ franceses y los ‘landser’ alemanes son idénticas. “Uno se siente como un animal que ha sido atrapado en una trampa”, escribe el alemán Karl Rosner. Lo que más me impactó en Verdún… el barro. Morir en la guerra es algo común… pero vivir en el lodo es atroz, recordaba aún ochenta años después el francés Henri Auclair. Después de meses de avances y retrocesos, los soldados excavan sus trincheras en un cenagal de cráteres sembrado de restos de la batalla. “Estos chacales matan hasta a los muertos”, se queja un subteniente de la infantería colonial francesa tras ver cómo un proyectil alemán vuela en pedazos a un camarada enterrado el día anterior: “Es morir dos veces”. Más de una fotografía muestran a los soldados luchando sobre cadáveres. Lo que no captan las imágenes es el olor de la muerte. “Apestaba a cloro y sudor, a ropa mojada, a pólvora y letrinas – escribe un teniente alemán -, a vendas chamuscadas y ácido carboxílico, a mortero húmedo y madera carbonizada”. Aquí y allá, asoman del barro restos humanos, pedazos de soldados destrozados por los impactos directos de algún proyectil. El 80% de los hombres que mueren en Verdún desaparecen así, víctimas de la artillería. “Vemos morir con mucha más frecuencia que matar”, anota el escritor francés Jean Norton Cru, sargento en Verdún.

Historia y Vida Mayo 2016 Verdún

Sí, otra vez Verdún, pero tiene una explicación. Estos dos párrafos son los primeros del segundo artículo del dossier que publico en el número de mayo de ‘Historia y Vida‘, con motivo del centenario de la batalla. Os invito a comprarla en papel en los viejos quioscos o en la versión digital en este enlace. Y a leer los fantásticos diarios de Louis Barthas.

‘Cuadernos de guerra’. Louis Barthas. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 664 páginas, 25 euros.

‘El telegrama que salvó a Franco’

Era el más débil de los tres, pero su dictadura fue la más longeva. Mussolini fue ejecutado el 28 de abril de 1945. Hitler se suicidó dos días más tarde. Franco, que sin la ayuda de ambos no sería Franco, falleció el 20 de noviembre de 1975, al filo de los 83, estirada su vida al límite por los defensores de una dictadura tan anacrónica como resistente. ¿Cómo sobrevivió el franquismo a la derrota total del nazismo y el fascismo? Carlos Collado Seidel sostiene que no por la habilidad de Franco, sino por “un profundo desacuerdo entre británicos y estadounidenses en la forma de someterlo”.

No he visto en ninguna parte un control tan completo (…) como el que tienen los alemanes aquí (…) existimos aquí únicamente porque nos toleran los alemanes, apunta Samuel Hoare nada más llegar a España, en el verano de 1940. Peso pesado en el partido conservador, Hoare quería ser virrey de la India, pero tuvo que aceptar ser embajador en una dictadura que celebraba sin complejos las victorias de Hitler. Su misión, clave, era impedir que Franco entrase en la guerra y tomase el vital Gibraltar.

La División Azul parte a Rusia

Consciente de la importancia del Ejército, Hoare sobornó a un buen puñado de generales franquistas vía Juan March. Con la entrada en la guerra de EE.UU., Hoare dejó de estar solo, pero su relación con Carlton Hayes, el embajador estadounidense, “marcada por rivalidades, envidias y rencillas”, fue de mal en peor.  Mientras Hoare alentaba una improbable rebelión monárquica sin el permiso de sus superiores, los estadounidenses paralizaban literalmente España cerrando el grifo del petróleo.

La crisis aliada estalló en abril de 1944. Los estadounidenses querían que Franco dejase de vender wolframio a Alemania. Los británicos admitían una venta testimonial. “Ruego que se me permita retirarme de este asunto”, estuvo a punto de telegrafiar Churchill a Roosevelt en el tira y afloja. No lo hizo porque los estadounidenses cedieron, pero Collado Seidel cree que el telegrama “hubiera dado un giro rotundo a la política respecto de la España de Franco (…) que incluso hubiera podido llegar al desbancamiento (sic) del dictador”.

Serrano Suñer, Franco y Mussolini en Bordighera febrero 1941

Parece una suposición excesiva. Porque su documentado ensayo demuestra que ni Gran Bretaña ni EE.UU. vieron la caída de Franco como un atajo para derrotar a Hitler, su auténtica prioridad. Los estadounidenses calcularon que necesitarían 25 divisiones para derribar al dictador, un precio que consideraron excesivo en 1943 y que tras el éxito de Normandía era más innecesario pagar. El Telón de Acero no había caído aún cuando Churchill afirmó que “preferiría vivir en España y no en Rusia. Se podía decir más alto, pero no más claro. Franco se había salvado.

‘El telegrama que salvó a Franco’. Carlos Collado Seidel. Crítica. Barcelona, 2016. 350 páginas, 21,90 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer el primer capítulo.

Verdún sin mitos

Ataque soldados batalla Verdun

La explosión sorprendió a los soldados con la bayoneta calada, esperando un asalto que nunca llegó. El obús alemán levantó una ola de tierra que sepultó en su trinchera a una cincuentena de franceses. Solo la punta de las bayonetas indicaba su posición. La imagen es tan falsa como atractiva. Aún hoy la legendaria Trinchera de las bayonetas’ es uno de los lugares más visitados del Memorial de Verdún, aunque los turistas descubren que ninguna bayoneta florece del suelo.

Flamante centenaria, Verdún sigue rodeada de estereotipos. Fue la batalla más larga de la IGM, pero no la más sangrienta, aunque 700.000 alemanes y franceses cayeron muertos o heridos. Con su muerte Francia salvó al mundo, dijo el presidente galo Poincaré. En ‘Verdún, 1916. Crónica de la batalla más célebre de la Primera Guerra Mundial’, Paul Jankowski desmonta el mito: Verdún no decidió nada.La batalla que ninguno de los dos bandos creía que decidiría la cuestión de la guerra se convirtió en una batalla de prestigio a la que ninguno de los dos bandos se atrevió a renunciar jamás”.

Verdún Jean-Louis Forain La Borne

Verdún empezó y terminó a cañonazos. 60 millones de proyectiles se dispararon durante los 300 días de batalla, transformando bosques y pueblos en un lodazal de cráteres, un macabro cementerio donde los ‘poilus’ (peludos) franceses combatían contra los ‘landser’ alemanes, entre ratas, piojos y cadáveres. Imposible imaginar un lugar más atroz sobre la tierra, recordaría un teniente francés. Con brillantez, Jankowski nos lleva al horror que vivieron los soldados de ambos bandos, enfrentados en un escenario apocalíptico.

Durante décadas, Erich von Falkenhayn, el general en jefe alemán, fue un monstruo sanguinario. Él mismo alimentó la leyenda intentando justificar su derrota. Acabada la guerra, Falkenhayn afirmó que envió al Káiser un memorando en la Navidad de 1915 explicando que el auténtico objetivo de la ofensiva era “desangrar hasta la muerte a las tropas francesas”. Nadie lo halló y, aunque tras la destrucción de los archivos imperiales en 1945 su búsqueda es imposible, quizá no se pudo encontrar porque nunca existió.

Soldado frances escribiendo una carta en Verdun

Paul Jankowski ha escrito un ensayo magistral que es mucho más que un relato de la batalla. Con brillantez, analiza las sucesivas lecturas de Verdún: el relato heroico que nació nada más iniciada la batalla, la apropiación nazi del sufrimiento de los ‘landsers’, el uso durante décadas de la última gran victoria militar francesa para simbolizar la unidad de la nación. Tras la vergüenza de Vichy, se intentó lo imposible: conmemorar Verdún sin mencionar al ‘salvador’ Pétain. Al fin y al cabo, el capitán De Gaulle también había luchado en la gran batalla. En su inmensidad, la batalla más larga podía aceptarlo todo.

Verdún, 1916. Crónica de la batalla más célebre de la Primera Guerra MundialPaul Jankowski. Esfera de los libros. Madrid, 2016. 448 páginas, 25,90 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer el primer capítulo.

‘El fin del Homo sovieticus’

soviet space propaganda

El imperio murió el día de Navidad. Millones de personas se despertaron soviéticas el 25 de diciembre de 1991 y se acostaron rusas, ucranianas, tayikas, bielorrusas… El mundo al que entregaron sus vidas había desaparecido. Este país no es el mío, ¿sabe?”, cuenta Anna Maya a Svetlana Aleksiévich, incapaz, como millones, de resistir la metamorfosis brutal al capitalismo. Solo con su grabadora e, intuyo, con una mirada que ayuda a una confesión deseada, la última premio Nobel de Literatura conversa con ella y con decenas de náufragos en ‘El fin del Homo sovieticus’, un libro tan original como único. “Hoy en día todo el mundo quiere hablar pero no encuentra a nadie que lo escuche”, confiesa un expiloto de combate en Afganistán, ‘reinventado’ en vendedor de inodoros.

Aleksiévich busca a los supervivientes del imperio mientras en las calles las medallas y los uniformes soviéticos se venden en mercadillos para turistas y se achatarran las estatuas de Lenin. Su libro comienza con un montaje magistral de voces. Si fuera un documental televisivo, veríamos a mujeres prematuramente envejecidas, a ancianos que aún tienen en sus ojos la fe del creyente y a otros cuyas cataratas son tan físicas como espirituales. Todos, incluso los pequeños verdugos, son víctimas: víctimas del mundo que tanto añoran y del tsunami que barrió sus ideales, su presente, su memoria. Todos, la mayoría mujeres, la mayoría lectores infatigables, hablan con una elocuencia admirable y, a veces entre lágrimas o pausas de silencio, dejan frases de increíble belleza.

¿Cuántas veces mencionan a Stalin? No lo sé, porque – carencia importante – no hay índice onomástico. Pero muchas más que a un Gorbachov al que muchos quisieron y ahora casi todos desprecian, odian o compadecen. Ya sabía cómo arreglármelas sin mamá pero no cómo vivir sin Stalin, confiesa Anna Maya, que internada en un orfanato desconocía qué significaban ‘caramelo’ o ‘papá’. ‘¡Te lo juro por Stalin!’, repetían los niños de aquellos ‘años carnívoros’ del socialismo, mientras sus padres morían en un Gulag que devoró a millones de personas, denunciados por amigos, vecinos, hijos… “Cuando pasa cierto tiempo – confiesa Olga Karímova -, el dolor se convierte en una suerte de conocimiento”. Hay mucho sufrimiento, dolor y miedo en este libro prodigioso que es imposible dejar de leer. Svetlana Aleksiévich logra con su polifonía de voces lo que uno de sus personajes cree imposible: que los que no fuimos soviéticos comprendamos a los hombres y mujeres que lo fueron.

Desmontando a Lenin

CUADERNO DE ROBOS (XXI)

Esto es demasiado para mí. Yo soy una más de los muchos que consideramos que esto es demasiado. Todo el mundo se ha apeado del tren que nos conducía a toda prisa hacia el socialismo para subirse al tren que los lleve al capitalismo a velocidad de bólido. Yo he llegado tarde a ese segundo tren… Todos se ríen de los ‘sovok’. Dicen que no éramos más que ganado, gente hortera. Se mofan de mí. Los rojos se han convertido en monstruos y los blancos en honorables caballeros medievales. Me opongo a ello. Mi corazón y mi cerebro no pueden aceptarlo. No lo asimilo a nivel fisiológico. No puedo con ello. Me felicité por la aparición de Gorbachov, aunque no le ahorré críticas… Ahora sé, no lo supe entonces, que fue, como todos nosotros, un soñador. Un hombre que creía en las utopías… Creo que es una buena manera de decirlo. Ya Yeltsin fue otra cosa. Y para ésa yo no estaba preparada… Como tampoco para las reformas de Gaidar. El dinero perdió todo su valor en un solo día. El dinero y toda nuestra vida pasada… Todo se depreció de golpe. En lugar de hablarnos de un futuro brillante, nos decían: “Enriqueceos, adorad el dinero… ¡Postraos ante ese monstruo!” Pero nadie estaba preparado para eso. Aquí nadie soñaba con el capitalismo. Al menos yo seguro que no…

A mí me gustaba el socialismo. El socialismo de los años de Brézhnev, que viví. Un socialismo ‘vegetariano’, como se lo solía llamar. Yo no viví en carne propia el socialismo ‘caníbal’ (…) Adoraba a Maiakovski. Los poemas y las canciones patrióticas. ¡Entonces significaban mucho para nosotros! ¡Eran tan importantes! Nadie podrá convencerme jamás de que la vida nos ha sido dada solo para comer platos suculentos y dormir. Ni me convencerán de que un héroe es aquel que compró una cosa en un lugar y la vendió después más cara en otro para ganarse tres kopeks. Eso es lo que tratan de meternos en la cabeza ahora… Entonces, habrá que convenir que todos los que dieron sus vidas por los demás, los que ofrecieron sus vidas a un gran ideal, fueron unos pobres idiotas. ¡No y no! Ayer mismo estaba esperando en la cola de la caja y vi a la anciana que me precedía sacar unas moneditas para pagar lo que llevaba: cien gramos del embutido más barato de todos, el que se daba a los perros, y dos huevos. ¡Un mujer que trabajó como maestra toda su vida! A mí eso no me entra en la cabeza…

A mí no me acaba de convencer esta nueva vida que nos ha tocado. Nunca podré sentirme a gusto en solitario.  A solas. Pero esta vida no para de arrastrarme al barro. Busca ponerme a ras del suelo. Mis hijos ya tendrán que vivir según estas nuevas leyes. Ya no necesitan de mí, les doy risa. Toda mi vida da risa… Hace poco estaba rebuscando entre unos papeles viejos y tropecé con el dietario que llevaba siendo una adolescente: mi primer amor, mi primer beso y páginas enteras dedicadas a contar cuánto amaba a Stalin y lo dispuesta que estaba a morir con tal de verlo siquiera unos instantes. Las anotaciones de una joven delirante… Quise echarlo a la basura, pero no pude. Lo escondí. Temo que pueda caer en manos de alguien. Se reirían de mí, se mofarían de mi ingenuidad. No se lo enseñaré a nadie… (Calla) Recuerdo muchas cosas que el sentido común no podría explicar. ¡Soy un bicho raro, sí! Sería un plato de buen gusto para cualquier psiquiatra… ¿No le parece? Usted ha tenido mucha suerte dando conmigo (Se ríe y llora a la vez)”.

Margarita Pogrebítskaia. Médico, 57 años

Stalin niños propaganda

‘El fin del Homo sovieticus’Svetlana Aleksiévich. Acantilado, 2015. 656 páginas, 25 euros.

Pd. (6/4/16): Os invito a leer el magnífico artículo que Marta Rebón (@martarebon) y Ferrán Mateo (@ferran_mateo) publican en Revista de Libros sobre la obra de Svetlana Aleksiévich.

‘Un océano de amor’

Un oceano de amor Monsieur radio sol y nubes

Del altavoz de la vieja radio brotan nubes blancas y soles relucientes. Su luz ilumina la cara del miope pescador, hasta que el locutor cuenta cómo a mediodía la tormenta vencerá al sol y las nubes negras tuercen su sonrisa en un gesto de pesadumbre. Aún en pijama, Monsieur desayuna la crepe recién hecha por su esposa, preocupado por el mal tiempo que le espera en el mar. Es una rutina que intuimos repetida desde hace décadas en este matrimonio sin hijos. Con cuidado, la mujer – yo quiero creer que se llama María, como el barquito que espera al pescador en el puerto –  guarda en la tartera un puñado de latas de sardinas, indiferente a que a su marido las odie. La jornada, en fin, promete la seguridad de los días iguales, pero la gran aventura muda comienza nada más zarpar.

Un oceano de amor Maria esperando en el puerto

El lenguaje del cómic sin palabras sigue teniendo mucho en común con el ya extinto cine mudo – escribe Paco Roca en el prólogo “sacrílego” de ‘Un océano de amor’ -. En ellos es vital un perfecto dominio del lenguaje corporal, para lograr transmitir las emociones de los personajes, y un gran control de la narración, para conseguir solo con imágenes que la historia se comprenda en todo momento. Pero es tan difícil de hacer que solamente está al alcance de autores que dominen el medio“. Wilfrid Lupano y Gregory Panaccione lo han conseguido. Lupano ha escrito una narración original y divertida, repleta de palabras, aunque nos invite a descubrirlas gracias al dibujo cálido de Panaccione. No contaré mucho, solo lo esencial para despertar tu interés por esta historia romántica y disparatada.

Un oceano de amor Monsieur pez pequeño Wilfrid Lupano Gregory Panaccione

Pescador artesanal, Monsieur no lo tiene nada fácil. Cuando recoge sus redes, apenas encuentra un pez diminuto, demasiado pequeño para sus ojos de miope. Monsieur lo ignora, pero el culpable de que las aguas en las que siempre ha pescado se estén quedando sin vida está muy cerca. Antes de que pueda evitarlo, un inmenso arrastrero atrapa al ‘María’. El gigante ‘Goldfish’ arrasa con todo a su paso, dejando un rastro de peces y animales muertos. Primero asustado y luego muy muy enfadado, el pequeño pescador pide a gritos que le liberen. Y aunque a nosotros nos duelen los oídos por sus gritos sin palabras, los marineros del monstruo no se percatan de su última barbaridad cometida. Monsieur envía a su ayudante al puerto en un pequeño bote salvavidas, mientras lucha por liberar su barco. Cuando el joven llega al puerto, María descubre que su marido está perdido en el océano y, de golpe, la capa de rutina que cubre su amor desparece.

Un oceano de amor Monsieur y Goldfish

En la contraportada de Un océano de amorLupano y Panaccione nos regalan la receta de su libro: 650 gramos de proteínas (naufragios, tempestades, acción, poesía, viajes) y 350 de glúcidos (paisajes sublimes, melodrama). No hay lípidos (humor negro, moralismo) que se nos atraganten, pero sí un consejo de lectura más dramático de lo que aparece: “Consumir preferentemente antes de que el océano ya no nos haga soñar. Esa fecha está mucho más cerca de lo que creemos. Según un estudio de la Universidad de British Columbia (Canadá), la cantidad de peces pescados cada año es un 30% superior a la declarada oficialmente, así que el reconocido agotamiento del océano es en realidad menos conocido de lo que creemos. En el azar del mar, Monsieur y María nos descubren la belleza de lo artesanal y único en un mundo industrial y repetido. Nos revelan que toda una vida cabe en una crepe hecha por la persona amada.

Un oceano de amor la vida en una crepe

Para Anay, por lanzar botellas al mar.

Un océano de amor‘. Wilfrid Lupano y Gregory Panaccione.  Reservoir Books. Barcelona, 2015. 240 páginas, 24,90 euros.

‘Tierra negra’

Hitler conversando con una niña

Hitler siempre será inmortal. Cumplir nuestra obligación de no olvidar su inmenso crimen nos obliga a aceptar que nos espera en el futuro. Es una maldición ineludible, pero ¿evitará que los hombres vuelvan a destruir de forma industrial a los hombres? En el subtítulo de Tierra negra’ – ‘El Holocausto como historia y advertenciaTimothy Snyder explica el porqué de su relato. Y, sí, la respuesta es más difícil de asumir que la maldición hitleriana.

Alimentado por frustraciones personales y colectivas, Hitler concluyó que el pueblo judío debía ser eliminado. En la cosmovisión de ‘Mi lucha’, tanto el comunismo como el capitalismo eran invenciones judías. En una (con)fusión de ciencia y política, Hitler se apropió de la palabra Lebensraum’ – originalmente un término científico – para defender la necesidad alemana de tener un ‘espacio vital’ que garantizase su supervivencia.

Hitler levanta en brazos a una niña

En el Este eslavo estaban las tierras que Hitler ambicionaba. Y, también, millones de judíos. Debes morir para que nosotros podamos vivir”, dice Bruno Müller al niño que sostiene en sus brazos antes de ejecutarlo. Es una escena tan cruel que parece inverosímil. No es un detalle menor que Müller fuese abogado. Más que una marioneta que Hitler maneja como un ventrílocuo, el comandante del ‘Einsatzkommando’ es uno de los miles de verdugos que se esforzaron para materializar los crímenes que el líder nazi imaginó en palabras. No todos fueron SS. No todos fueron alemanes.

El Holocausto comenzó en ese Este doblemente conquistado. No es casual que el gigantesco Auschwitz, el monstruo que simboliza y oculta, para Snyder, la complejidad del Holocausto, estuviera en Polonia. Si había que erradicar al pueblo judío del planeta – escribe Snyder -, primero había que separarlo del Estado. El Holocausto triunfó donde los estados fueron previamente destruidos: primero por la ocupación soviética y, después, por la invasión alemana. En Estonia, el 99% de los judíos fue asesinado. En Dinamarca, el 99% sobrevivió.

Hitler con un niño de las juventudes hitlerianas

Dondequiera que el Estado había sido destruido – sostiene Snyder – , ya fuese por los alemanes, por los soviéticos o por ambos, casi todos los judíos fueron asesinados. El Holocausto dio comienzo bajo la forma de campañas de ejecución masiva en tierras donde el Estado había sido destruido por partida doble en una rápida sucesión, primero el Estado nación anterior a la guerra a manos de los soviéticos, y después el aparato soviético a manos de los alemanes”. El ‘éxito’ nazi en el exterminio de los judíos del Este era una forma de encubrir su derrota.

Contar el Holocausto desde un punto de vista nuevo implica también riesgos. Snyder los sortea con una narración ágil y didáctica, que detalla la complejidad de la Europa antisemita de los años treinta. “Compartimos el planeta de Hitler y varias de sus preocupaciones, hemos cambiado menos de lo que creemos”, advierte Snyder.  Tal vez baste con que el cambio climático cree situaciones catastróficas para reivindicar la necesidad de un ‘espacio vital’. Y con él, un pueblo al que culpar… y destruir. Tal vez la inmortalidad de Hitler no baste para salvarnos.

‘Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia’. Timothy Snyder. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 528 páginas, 24, 90 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer las primeras páginas. He dudado en ilustrar la entrada con este Hitler sonriente, que acaricia a niños, los alza en brazos o les escucha con atención, como el padre entregado que nunca fue.  La Segunda Guerra Mundial aún no ha empezado y los siniestros sueños nazis aún no se han hecho realidad. El monstruo se muestra peligrosamente encantador. Pero sabemos lo que va a pasar, por eso estos retratos me parecen tan inquietantes.

‘El último imperio’

Jericho Ataque nuclear

Me salvé del psicólogo por una cuestión de clase: éramos pobres. Tenía nueve años y estaba muerto de miedo. Cada vez que veía en el telediario el despliegue de misiles nucleares en Europa, dejaba la cuchara en el plato y me marchaba al servicio. “A este chico le pasa algo”, decía mi madre. Claro que me pasaba: ¡la Tercera Guerra Mundial estaba a punto de estallar y mis padres no se daba cuentan! Sin saberlo, era un firme partidario de la ‘doctrina Chejov’: si hay un arma nuclear en el escenario, alguien la usará. Mi miedo había sido el miedo de Spielbergseguía siendo el de millones de personas. Hasta que llegó un hombre sonriente con una inolvidable mancha en la calva y un mensaje de paz. Todos los ignorábamos, él el primero, pero Mijaíl Gorbachov estaba destinado a ser el último emperador soviético.

“¿Cómo explicar el súbito hundimiento de uno de los países más poderosos que han existido nunca?, se pregunta Serhii Plokhy en el epílogo de El último imperio’, su minucioso ensayo sobre los últimos seis meses de la Unión Soviética. La respuesta corta la da Anatoli Cherniaev, hombre de confianza de Gorbachov en esos meses decisivos: “le ocurrió a la Unión Soviética lo mismo que les había ocurrido a otros imperios: ya  no daba más de sí”. La respuesta larga está en las casi 500 páginas de este libro apasionante, galardonado con el prestigioso Lionel Gerber. Plokhy, catedrático de Historia de Ucrania en Harvard, relata con precisión y múltiples voces la pacífica implosión de la URSS, centrándose en la actuación de Gorbachov y otros tres presidentes – Yeltsin (Rusia), Bush (EE.UU) y Kravchuk (Ucrania) –  en los últimos seis meses de 1991.

Gorbachov Hombre del año de Time 1988

Paradójicamente, fueron quienes pretendían defender la URSS quienes aceleraron su destrucción. El 19 de agosto ese año, mientras Gorbachov veranea en la costa del Mar Negro, la cúpula del gobierno da un golpe de Estado. Creen que con su ‘perestroika’ (reestructuración) y su ‘glasnot’ (apertura), Gorbachov ha llevado a la URSS a la ruina. Los golpistas controlan el KGB y el Ejército, pero son unos chapuceros. Sobra alcohol y falta diligencia: aíslan a Gorbachov ¡pero no detienen a Yeltsin! Enérgico, maleducado, dinámico, tosco, el presidente ruso abandera la defensa del parlamento y se convierte en el gran triunfador de la derrota del golpe. Gorbachov conserva su autoridad, pero no el poder. Yeltsin consigue que firme la disolución del PCUS por su implicación en el golpe mientras Kravchuk declara la independencia de Ucrania y desencadena una oleada de abandonos entre las 15 repúblicas soviéticas: Bielorrusia, Moldavia, Azerbaiyán, Kirguistán…

La declaración de independencia ucraniana – escribe Plokhy  – conmocionó a la Unión Soviética y cambió radicalmente el panorama político. Sólo dos hechos impiden entonces la disolución de la URSS. Yeltsin no logra hacerse con todo el poder: las fuerzas armadas siguen en manos de Gorbachov, que luchará hasta el final por mantener la Unión. Y, casi igual de decisivo, Bush se niega a reconocer la independencia de Ucrania. Plokhy, que ha tenido acceso al diario de Bush, recién desclasificado, cuenta la división existente en el gobierno estadounidense entre Dick Cheney, el secretario de Defensa y James Baker, el secretario de Estado. El ‘halcón’ Cheney quería reconocer a Ucrania cuanto antes; la ‘paloma’ Baker, mantener con vida a la URSS y aprovechar su debilidad para reducir su arsenal nuclear y lograr su retirada de Cuba y Afganistán. Baker temía otra Yugoslavia, pero con armas nucleares. Gorbachov aceptó las peticiones de Baker, pero el destino de la URSS ya no dependía de él. Presionado por sus votantes de origen ucraniano, y logrado el compromiso de Kravchuk  a renunciar a las armas nucleares, Bush reconoce la independencia de Ucrania el 30 de noviembre, un día antes de que el sí a la independencia logre un arrollador 90%. Es el golpe mortal a la URSS.

Gorbachov retratado por Annie Leibovitz ante el Muro de Berlín

En los vertiginosos capítulos finales de El último imperio’, Gorbachov se convierte en el protagonista de una tragedia con el que es fácil simpatizar. El hombre que había sido decisivo para poner fin a la Guerra Fría fue literalmente desahuciado de su casa por Yeltsin apenas unas horas después de dejar el poder. Bush, que durante meses se mostró como su aliado, no tardó también en traicionarle. “La Guerra Fría no ha terminado (…) Es una victoria para la superioridad moral de nuestros valores (…) Estados Unidos ha ganado la Guerra Fría por la gracia de Dios”, diría el presidente estadounidense el 28 de enero de 1992. Con el fin del último imperio desapareció el miedo a la guerra nuclear, el terror atómico que había llenado las pesadillas de varias generaciones. Pero también, sostiene Plokhy, llegó la soberbia del vencedor, incapaz de ver el nacimiento de un nuevo terror que desafiaría su hegemonía, invocando también la gracia de Dios.

El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética’Serhii Plokhy. Turner. 2015. 520 páginas, 34,90 euros.

URSS FIESTA

Pd.: Os invito a leer Cómo pensaban sobrevivir a la guerra nuclear, un artículo de Javier Bilbao sobre los consejos que los gobiernos daban a sus ciudadanos… y niños para’sobrevivir’ al Holocausto nuclear. Muy interesante.

La libreisla del tesoro

Re Read libreria low cost

“¿Tienen ‘Trafalgar’, de Benito Pérez-Galdós?”, pregunta la clienta. “”, contesta Marina. Pero cuando busca en el estante la batalla ha desaparecido. “Bueno, puede llegarnos en cualquier momento”. Y es cierto. Podría ser en la siguiente hora o tardar más de un mes. La clienta no protesta, ni lo deja encargado. Sabe que no depende de Marina que ‘Trafalgar’ acabe en las estanterías de esta flamante y coqueta librería, y que sea cual sea la edición que traiga sólo costará 3 euros, o 2, si compra otros cuatro libros por 10 euros, un poco más de lo que cuesta un ejemplar de ‘Trafalgar’ en una edición nueva.

En esta Red-Read recién inaugurada en Madrid no hay mesas de novedades, ni de más vendidos. Lo más parecido es una estantería ‘caliente’  frente a la caja que acoge a los recién llegados, un puerto donde atracan novelas y ensayos, libros gordos y flacos, viejos y nuevos, best-sellers magullados, con arrugas en el lomo, y novelas de quiosco tan bien editadas y cuidadas que han resistido inmaculadas el paso del tiempo.  Delante de mí, Sergio le quita el plástico a un ejemplar de ‘Noticia de un secuestro’, de García Márquez. “No podemos vender libros nuevos. Somos una librería de segunda mano”.

Rea-Read Mataró

Sí, pero a veces la segunda mano ha sido efímera. Y aunque en Re-Read afirman que sólo compran libros editados en los noventa, aquí y allá brilla algún libro que hace unos meses estaba en las mesas de novedades, tan nuevo que conserva incluso su faja de recomendaciones inflamadas. Sospecho que alguno ha llegado a la librería aún con la nota de prensa entre sus páginas. Los editores no solo publican demasiados libros, también los regalan a la gente equivocada: periodistas que no tienen tiempo para leer, periodistas que no quieren leer lo que los editores quieren que lean, periodistas que, sencillamente, odian leer.

Junto a estos libros no queridos, Re-Read vende también libros amados que perdieron a sus dueños. No podemos verlas, pero tras las cubiertas de sus miles de ejemplares hay dedicatorias de amor sincero y cariño de pega, ex libris únicos, billetes de metro y tranvía, tarjetas de visita, entradas de películas cuyo título ha borrado el tiempo, postales de un viaje a Benidorm… Hay algo inquietante en saber que quizá estás comprando el libro de un muerto, sobre todo cuando ese dueño desconocido dejó el libro intacto, virgen, esperando, como nosotros ahora, ese momento para leer que nunca llegó. Toda biblioteca personal es una suma de fracasos.

Re-Read Mas vale libro en mano que ciento en la nube

Mantenga a los niños al alcance de los libros”. “Si te cuesta pasar página, ¡cambia de libro!Releer es vivir dos veces, son algunas de las frases de los carteles minimalistas con los que Mercedes y Nicolás decoran las librerías de Re-Read. No competimos con los negocios de venta nueva, nuestra intención es que la gente lea y tenga facilidades para ello“, cuenta Mercedes a Fran Serrato. Nunca precio y valor estuvieron tan separados. Si en Re-Read puedes comprar un libro que llegó a costar 30 ó 40 euros por solo 2, no puedes ganar más de 20 céntimos por ejemplar si pretendes venderlo. A partir de 150, van a tu casa y se llevan esos libros que muchas bibliotecas se resisten a aceptar.

Re-Read nació por una cuestión de supervivencia pero ha revolucionado el sector. En plena crisis, estos libreros barceloneses han creado una red de 23 tiendas, espacios únicos que no tienen nada que ver con las tradicionales librerías de ofertas o con las vetustas librerías de viejo. Son libreislas que esconden en sus playas de libros manuseados auténticos tesoros. Al visitar la Re-Read recién inaugurada en Madrid he vuelto a sentir la emoción que tenía cuando era estudiante y paseaba por la cuesta de Moyano. El deseo de descubrir en el siguiente estante ese libro que busco desde hace décadas sin saber ni siquiera su título.

Re-Read Flaubert Lean para vivir

El 2015 de Después del hipopótamo

despuesdelhipopotamo 2015

Ha sido el mejor de los años. En 2015, el blog alcanzó las 65.000 vistas: ¡un 32% más que en 2014! Dos entradas puntuales tuvieron la culpa. El 27 de enero, el día que publiqué 7 libros sobre Auschwitz, las visitas se dispararon hasta las 3.603, y el mes terminó rozando las diez mil. Un récord, hasta septiembre, cuando Las lecturas de Pau Gasol lograron que el mes terminase con 11.305 vistas.  Gracias a Antoni Daimiel, que tuvo la gentileza de retuitear uno de mis tuits,  se dispararon las visitas al blog: ¡el tuit llegó a más de 27.000 personas! En una hora, 472 visitaron el blog, un pelotazo récord. Llegaron lectores desde 46 países distintos, incluidos los primeros de la Guayana francesa, Congo, Senegal… En total, gracias a Gasol sumé 4 días seguidos con una media diaria de ¡1.673 vistas! La mayoría de las vistas, 42.000, han llegado desde España, pero más de 5.000 desde México y casi 3.000 desde Estados Unidos.

No lo dicen los duendes de WordPress, pero el 3 de enero llegó el primer visitante al blog desde Islandia. El sábado 11, las primeras dos visitas de Pakistán y la primera de Isla Mauricio. El domingo 12, ¡la primera de San Marino! El sábado 17 de enero, la primera de Omán. Y, el 27, el día récord, la primera desde la Polinesia francesa. En 2015 también llegaron los primeros visitantes de paraísos fiscales: lectores improbables de las islas Caimán, Man y  Jersey. El martes 11 de agosto me desperté con la sorpresa de descubrir un archipiélago, las Islas Aland, gracias a un visitante anónimo que llegó desde ese lugar remoto entre Suecia y Finlandia, y que tiene bandera propia. Para bajarme los humos, ese mismo día un tailandés llegó al blog tecleando รูปมิ๊กกี้เม้า (como se escribe en su idioma Ratoncito Mickey), y acabó encontrándose con ¡Feliz Navidad, Mickey Mouse!‘, uno de los pocos relatos de este blog.

Ha sido el peor de los años. Mi tío Juan falleció de repente el último domingo de febrero. Dejé de leer, dejé de escribir. Volví el 20 de mayo, tras tres meses en silencio. Sólo Anay me transmitió que había notado mi ausencia y me pidió que volviera. Lo he hecho de forma inconstante, pero a trompicones he logrado llegar hasta este 2016 que asoma por la esquina. En la pausa, descubrí que el blog volaba – más bien, planeaba – solo. Más por azar que por mi habilidad SEO, 33 libros sobre la guerra civily 7 libros sobre Auschwitz se han convertido en entradas muy bien posicionadas… al contrario que la mayoría. Muchas gracias a Carmen, Carlos, Aben, María, W, Isabel, Arianna, Diana, Juan… por seguir el blog, y a Rafa y Ángel por no cansarse de difundir entradas en Twitter: os lo agradezco un montón. Y gracias a los pocos que habéis dejado vuestros comentarios, o vuestro me gusta de bloguero – como los fieles Salvela y Wichiluca -,  o le habéis dado a las estrellas que permiten valorar cada entrada. ¡Feliz 2016!

En este enlace podéis encontrar el informe de WordPress

Stevenson David Pintor