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‘Calomarde, el hijo bastardo de las luces’


Solo un español es más poderoso que él. Francisco Tadeo Calomarde lo sabe muy bien. Ha sobrevivido siete años a los miedos y caprichos del rey felón, al que tan hábil y fielmente sirve. El ministro de Justicia y Gracia de Fernando VII posa ante Vicente López en el apogeo de su poder, con el Toison de Oro y las grandes cruces y bandas de las órdenes de Carlos III, Isabel la Católica y San Hermenegildo. Las lentes que sujeta su mano derecha no son un adorno, las necesita para leer los papeles de su mesa. Es 1831 y Calomarde roza ya los sesenta años. Cuesta creer, observando su mirada idealizada, que acabe de firmar una sentencia de muerte o de ignorar el indulto que salvaría una vida.

Porque Calomarde es “un brazo ejecutor, el que mandaba en lo que los periodistas de hoy llamarían las cloacas del Estado. Fue, de hecho, el primer capo de esas cloacas, que él mismo inauguró, escribe Sergio del Molino (Madrid, 1979) en el pequeño pero poderoso libro sobre este personaje olvidado que derrotó a su destino. Calomarde nació en el pueblo turolense de Villel el 10 de febrero de 1773, en una familia de labriegos. Sus padres se esforzaron por darle una educación y le enviaron a Zaragoza en 1788. Abogado listo y ambicioso, pronto viajó a la Corte y logró servir a Godoy, que, como escribe Del Molino, “lo era todo en España”.

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, de Antonio Gisbert (1888)

Cuando su protector cayó en desgracia, Calomarde – que le había dedicado una vergonzosa dedicatoria de ocho páginas de elogios – lo abandona. Se refugia en Cádiz, donde se organiza la resistencia a la invasión francesa. “Las Cortes de Cádiz – escribe Del Molino con la frescura y el sentido del humor que vertebran este libro que no admite pausa – se apañaron como se apaña una cena de domingo: con lo que hay por la nevera. No se podían organizar unas elecciones con ninguna garantía democrática, pues todo el país estaba en manos del enemigo, así que tanto los diputados como los electores tenían que salir de entre los refugiados en Cádiz”. Pero Calomarde no pasó el filtro y el rechazo fue decisivo. A partir del 1810 ya no hubo vuelta atrás. El joven Calomarde se transformó en el siniestro Calomarde”, el gran enemigo de los liberales.

Hemos olvidado a Calomarde, pero gracias a Lorca y Gisbert recordamos a sus víctimas más célebres: Mariana Pineda (1804-1831) o José María de Torrijos (1791-1831). Calomarde no tuvo tanta suerte literaria. Según Del Molino, Galdós lo convirtió en “una caricatura, un rústico en palacio y Buero Vallejo lo retrató “con rasgos de diablo, mientras el imaginario popular lo jibarizó en una frase digna de Calderón. Señora, manos blancas no ofenden”, contestó tras ser abofeteado por la Infanta Carlota en La Granja, en septiembre de 1832. “Qué lástima que nadie haya podido demostrar hoy que sucediera”, escribe Del Molino. Su libro nos revela la complejidad del personaje, tan capaz de manejar una sociedad secreta como de hacer obligatoria la educación básica.

“Hay algo trágico en Calomarde”

¿Cuándo descubrió a Calomarde?

No recuerdo, tal vez en el bachillerato. Siempre me ha interesado mucho el siglo XIX español y las guerras carlistas, así que su nombre ha sido familiar para mí desde que empecé a leer historia. En cualquier caso, donde lo trabajo por primera vez es en ´La España vacía´, en el capítulo del carlismo, donde lo presento como un ejemplo arquetípico del desprecio de las élites urbanas por los campesinos.

¿Por qué es un personaje tan desconocido?

El siglo XIX en general es bastante poco conocido. El último escritor que se ocupó de él fue Pío Baroja. No abundan las ficciones ambientadas en él (me viene a la cabeza El maestro de esgrima‘, de Pérez Reverte). En términos populares, ni siquiera sabemos mucho sobre las guerras carlistas. Es un siglo para especialistas que no genera mucho cine ni mucha literatura. La guerra civil fagocita todo el imaginario y es difícil que llamen la atención figuras anteriores.

Recordamos a sus víctimas: Torrijos, Mariana Pineda… pero no a él. ¿Por qué deberíamos conocerle?

Porque conocer a los victimarios no anula el homenaje a las víctimas. Al contrario. Hay un prejuicio moral (o una mojigatería) que previene de indagar demasiado en los personajes oscuros porque comprenderlos parece que equivale a justificarlos, y ni muchísimo menos. Por supuesto que narrarlos exige adoptar sus puntos de vista y ponerse en su piel, pero eso es un viaje fascinante para cualquier narrador, y creo que también para cualquier lector.

¿Los ‘Calomardes’ literarios – el de Galdós, el de Buero, el del bofetón – han contribuido a su olvido?

En absoluto. Han contribuido a su caricaturización y a convertirlo en mito, que son las funciones de la literatura. Me gustaría pensar que mi Calomarde es también un Calomarde literario. Al fin y al cabo, lo interpreto a mi manera, pero rehuyendo los tics liberales que lo simplificaban.

¿Calomarde fue nuestro Fouché?

No lo veo tan maquinador como el Fouché que pintó Zweig. Me parece más un superviviente con suerte, no tanto un chaquetero. En el fondo, hay algo trágico en Calomarde, pues creo que se resignó a ocupar una posición política que no deseaba, que sentía que su vida se torció en algún momento. A partir de ahí tiene el don de la oportunidad y sabe hacer equilibrios entre sus cientos de enemigos.

Aunque fue un gran servidor de Fernando VII, lo tenía todo para ser un carlista ideal, menos la simpatía de los carlistas…

La perdió en 1827, cuando reprimió la revuelta de los Malcontents’ en Cataluña. No se le perdonaron nunca, se convirtió en un apestado. Y eso que conspiró con ellos en La Granja y cambió el testamento del rey a favor de Don Carlos, pero ni aun así logró redimirse.

¿Hasta qué punto su origen social hizo que siempre fuera un intruso en el poder?

Si se hace caso a los retratos liberales, muchísimo. Le presentan siempre como un paleto advenedizo. Para mí es su rasgo más atractivo y a la vez lo más revelador en términos históricos, pues explica muy bien una actitud clásica y constante entre las élites políticas de España que perdura hasta hoy.

‘Calomarde, el hijo bastardo de las luces’. Sergio del Molino. Libros del KO. Madrid, 2020. 117 páginas, 11,90 euros

 

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