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En tierra hostil



Por la avenida de la muerte camina el sargento William James, envuelto en su armadura de fibra de vidrio. Bombas a su derecha, minas a su izquierda. Por la avenida de la muerte camina el marine con una amplia sonrisa de adrenalina tras la visera de su casco protector. Un francotirador a su derecha, un cámara a su izquierda, preparado para colgar en Youtube la gran explosión. Por la avenida de la muerte camina el artificiero, armado con las fauces de cocodrilo de sus alicates de acero.

Las hazañas bélicas del artificiero James conforman el relato de ‘En tierra hostil, la mejor película del año pasado según los Oscar. Leo en alguna crónica que es una película sobre la guerra de Iraq. Falso. Es una película que ocurre en Iraq, pero es una película sobre la profesionalidad, sobre la adicción a la guerra, sobre los borrosos límites entre realidad y locura. Pero James podría desactivar bombas en Afganistán y poco o nada de la película habría cambiado.

Suenan ‘Las campanas del infierno‘ mientras los marines destrozan Faluya, calle a calle, casa a casa. Empotrado entre los soldados está un periodista del ‘The New York Times’Dexter Filkins, admirado por la maestría del capitán Omohundro, un viejo de 34 años al mando de una unidad de adolescentes. Así comienza La guerra eterna, un libro magnífico que intenta explicar lo que “En tierra hostil” elude: el desastre de la guerra de Iraq.

En Iraq siempre había dos conversaciones – escribe Filkins -, la que los iraquíes mantenían con los norteamericanos y la que mantenían entre ellos. La que los iraquíes mantenían con nosotros, ésa era positiva, previsible y aburrida (…) Naturalmente, la conversación que mantenían entre ellos era la que realmente importaba. Esa conversación era el parloteo de un mundo totalmente distinto, de una realidad paralela que a veces se desvelaba justo al lado de los americanos, incluso justo delante de ellos. Y nosotros casi nunca la veíamos”.

Mirar pero no ver. Oír pero no escuchar. Dexter Filkins es consciente de que la realidad se oculta mucho más allá de la barrera de un idioma hostil, envuelta en las mentiras que los iraquíes cuentan a los estadounidenses, oculta tras las mentiras que los estadounidenses se cuentan a sí mismos.  Filkins habla con soldados, políticos y contratistas estadounidenses y, sobre todo, con iraquíes, de todo tipo y condición, e intenta abrirse paso entre las mentiras de unos y otros.

Fue en la primavera de 2004 cuando perdimos el país; como lugar al que ir, quiero decir. Durante un mes Iraq quedó sumido en insurrecciones, sunitas y chiítas, rebeliones totales en cada ciudad exceptuando el Kurdistán. Irak desapareció para nosotros entonces, y nunca regresó.

En tierra hostil’ y ‘La guerra eterna‘ tienen más en común que el escenario en el que transcurren. Película y libro son historias de profesionales que aman su trabajo. Nuestra maldad garantiza que los artificieros seguirán existiendo dentro de veinte años. Pero poco o nada sabremos de sus guerras, porque el periodismo se ha convertido en una tierra feroz para reporteros como Filkins.

‘La guerra eterna’. Dexter Filkins. Editoria Crítica. Barcelona, 2009. 368 páginas, 19,90 euros.

Pd.: Si el robot de este blog fuese más inteligente, te enlazaría enseguida a ‘La rubia’, una entrada en la que recojo una de las muchas historias fascinantes que narra Filkins en ‘La guerra eterna’. Para leerla, solo tenéis que pinchar aquí.

10/03/10

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