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‘Continente salvaje’


Mujer castigada con el rapado de su cabeza

De forma absurda, nos enseñan que la Historia es una sesión continua de periodos delimitados, donde la explosión de la creatividad artística, la bonanza económica o el terror de las guerras están estrictamente acotados entre dos fechas. Así,  la Segunda Guerra Mundial comienza y termina en Europa con la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939 y la rendición incondicional de los últimos ejércitos nazis el 8 de mayo de 1945. El gran mérito de Keith Lowe en Continente salvaje’ es romper los muros de este paréntesis y demostrar que el reinado del terror continuó cuando los cañones se callaron y las bombas dejaron de caer.

En tiempos de guerra – escribe Keith Lowe –  las mayores atrocidades no se producían por lo general en la batalla, sino al finalizar ésta”. Su relato es una contabilidad del terror que llegó después del combate, la lista gigantesca de las víctimas del odio, el hambre, la enfermedad y el salvajismo que reinaron durante años en una Europa baldía, tierra sin hombres por la que caminaba una babel de ancianos, mujeres y niños expulsada de sus pueblos en  marchas mortales. No había instituciones, ni policías, ni jueces en aquella Europa hambrienta y malherida. Asusta la magnitud de las muertes producidas cuando presuntamente llegó la paz, los dos millones de mujeres alemanas violadas con total impunidad.  No había más ley que la del más fuerte y morir era más que nunca una cuestión de azar, bastaba cruzarse con el hombre equivocado.

Él me miró con extrañeza y empezó a hablar en ruso muy deprisa. Sonreí y le dije en polaco que no le entendía. Me miró de arriba abajo. Entonces miró mi bicicleta y dijo, «Dawaj czascy» («Dame relojes»). Eso lo entendí (…) Le miré a los ojos, severos y fríos. Le dije que no tenía relojes y le enseñé mis delgados antebrazos. Señaló el bulto cubierto por una manta que llevaba adherido a la barra de mi bici y dijo algo en ruso. Me acerqué, saqué un tarro y se lo entregué. «Mieso», dije. «Towarisz mieso» («Carne, camarada») (…) Levantó el tarro de cristal y durante un segundo más o menos lo mantuvo por encima de su cabeza y lo hizo añicos contra el suelo. Miré al soldado ruso y el miedo se me metió en el corazón (…) Sacó su revólver de la funda, apuntó a mi cabeza y apretó el gatillo. Hubo un sonoro clic. Sin dirigirme la palabra, arrancó su motocicleta y se alejó”.

El relato de este joven judío nos recuerda que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto racial que dejó una terrible herencia: “…había enseñado a la gente que algunas soluciones podían ser radicales, y finales”. La limpieza étnica que iniciaron los nazis con el asesinato industrial de millones de judíos y gitanos continuó en la posguerra con una diabólica perfección.  Como si se repartiesen nuevas colonias, Churchill, Stalin y Roosevelt movieron fronteras y desplazaron a millones de personas. Mientras la URSS se zampaba un gran trozo de la Polonia oriental, Polonia hacía lo mismo con el este alemán. Checos, húngaros, rumanos, polacos, ucranianos y rusos expulsaron a casi 14 millones de alemanes. Nadie quería volver a ser invadido por el pretexto de ‘liberar’ a una minoría nacional. Millones de personas que salvaron su vida durante la guerra perdieron su identidad cuando llegó la paz.

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Y aunque los derrotados fueron las grandes víctimas, sorprende que después de vencido y muerto Hitler culminase su sueño de acabar con la mezcla de razas y etnias que había tejido Europa durante siglos. Tras una guerra civil atroz, los polacos expulsaron a sus compatriotas de origen ucraniano mientras los ucranianos hacían lo mismo con sus ciudadanos de ancestros polacos. A los judíos que lograron sobrevivir al Holocausto no les quiso nadie. Se les marginó y silenció. Eran incómodos para sus vecinos, que se habían quedado con sus casas y sus bienes, y molestos para las autoridades locales que no tenían ningún deseo de hacer cumplir la ley. Tanto, que “el antisemitismo aumentó cuando terminó la guerra”.

El castigo a los culpables también se convirtió en una venganza festiva – en los barrios de los pueblos y ciudades de Francia, rapar a las mujeres que se habían acostado con alemanes era una celebración colectiva – o una matanza contrarreloj. En el norte de Italia, los partisanos asesinaron entre 12.000 y 20.000 fascistas en los días que siguieron al fin de la guerra para evitar que siguieran mandando los mismos que gobernaban durante la dictadura de Mussolini, como pasaba en el sur liberado.  “El castigo severo y riguroso escribe Lowe no convenía a ninguna nación”. Las mismas autoridades que dejaban impunes crímenes de guerra terribles castigaban a los más inocentes. A 12.000 niños noruegos se les negó la nacionalidad sólo porque sus padres eran  soldados alemanes. Es sólo uno de los muchos ejemplos que demuestran que la ciénaga moral que produjo la guerra no respetó a nadie”.

Continente salvaje’. Keith Lowe. Editorial Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2012. 560 páginas, 26,50 euros.

Pd. (15/12/13): Todavía no se ha traducido al español, pero Year Zero: A History of 1945, de Ian Buruma, parece una lectura más que interesante para conocer mejor los meses inmediatamente posteriores a la IIGM. Os dejo el enlace del artículo de ‘¡Oh, qué guerra tan encantadora!’, el artículo de Charles Simic sobre este ensayo en Revista de Libros.

Pd. (11/5/15): Pasado y Presente publicó finalmente Año cero. Historia de 1945… hace casi un año.

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