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‘El hobbit’ y la Puerta del Castigo


El ojo de Smaug

Llegué a la Tierra Media de Tolkien por el camino más inesperado: la Puerta del Castigo. Estaba en 2º de B.U.P., mi peor año académico. Me rompí el ligamento cruzado de mi rodilla derecha y tuve que faltar casi un mes a clase tras una operación que hoy aterrorizaría a los traumatólogos pero que entonces era lo penúltimo. Cuando volví al instituto, con dos grapas de titanio arponadas y en forma de U en el interior de mi pierna, el Latín era un enigma indescifrable. Por suspender, aquel curso llegue hasta suspender Ética en una evaluación, pero lo peor es que me separé para siempre de las Ciencias por culpa de un profesor de Matemáticas que iba de instituto en instituto y mandaba a los alumnos a Septiembre de 30 en 30.

Nunca quise recordar el nombre de aquel profesor nefasto que presumía de haber inventado un teorema, pero lamento haber olvidado el nombre de mi profesora de Lengua y Literatura de aquel curso. Un día, cansada de que no dejase de hablar en clase, me preguntó en voz alta si había leído El Hobbit’. “”, dije sin saber dónde me llevaría aquella mentira. “Bien, ¿puedes contarnos de qué trata?”, contestó mi profesora. “Pues… es un libro sobre las actividades que le gusta a la gente hacer en su tiempo libre…” “Ya. Creo que debes leértelo otra vez”. Si alguno de mis compañeros se había dado cuenta de mi necedad lo disimuló muy bien, porque nadie se rió a carcajadas de la gran tontería que acaba de decir. En 1989, las aventuras de Tolkien se leían, no se veían.  Pocos conocían la película de dibujos de Ralph Bakshi.

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El hermano mayor de mi amigo Óscar tenía la edición ilustrada del ‘El hobbit’ del Círculo de Lectores. Me la prestó. Leí de un tirón la aventura del burgués y cobardica Bilbo Bolsón y el valiente pelotón de enanos capaces de enfrentarse al temible dragón Smaug para robarle su oro. El Bien y el Mal estaban claramente delimitados. A un lado Bilbo, los enanos aventureros y codiciosos, el mago Gandalf y los elfos, unos tipos altivos y casi inmortales que, pese a despreciar a los enanos, les ayudarían en su aventura. En la otra esquina del ring, Smaug, los enormes trolls y los orcos, unas criaturas tan repugnantes y malvadas como su nombre. Creo que no sospeché de la maldad del anillo de Bilbo. Sólo me pareció un objeto genial: ¿quién no quería hacerse invisible a placer? A partir de entonces comencé a comprar los libros de ‘El señor de los anillos’ en mi cumpleaños, en la vieja edición de Minotauro. Había entrado en la Tierra Media de Tolkien por la mejor Puerta del Castigo imaginable.

He recordado esta anécdota inverosímil tras leer otra divertida historia escolar. En un colegio actual en el que los alumnos hablan en francés – ¿Francia?, ¿Bélgica?, ¿Canadá?… la historia está tan mal contada que no he podido averiguarlo -, un profesor de Matemáticas, mucho mejor que el troll de aquel curso lejano, se enfrentó a una clase incontrolada. Desesperado por el caos, recurrió al chantaje. “Bien, si no os calláis, apuntaré  en la pizarra el nombre de los personajes que morirán en la cuarta temporada de ‘Juego de Tronos’”, amenazó el profesor. El jaleo se interrumpió, pero para dar más credibilidad a su amenaza el profesor blandió en el aire su espada ‘Destripadora’ y continuó. “Puedo deciros incluso cómo morirán cada uno de los personajes. He leído los libros”. El silencio fue total y el profesor pudo volver a explicar derivadas sin molestas interrupciones. En 2014, las historias de George R. R. Martin se leen, pero, sobre todo, se ven. 

‘El hobbit’. J.R.R. Tolkien. Editorial Minotauro. Barcelona, 2002. 288 páginas,  20, 95 euros.

Pd.:  Hace ya muchos años que las aventuras de Tolkien también se ven más que se leen. Sin embargo, sus lectores celebran hoy el ‘Tolkien Reading Day’. No tenía la cita apuntada en mi calendario, pero este 25 de marzo es el aniversario, ejem, de la caída de Sauron.

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