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Príncipe de Poyais, rey de los estafadores


Gregor MacGregor

¡Será el zapatero de una princesa! Como en un cuento de hadas, el príncipe le ha elegido a él por su habilidad para domar el cuero. A partir de ahora, sus zapatos, botas y sandalias sólo los calzará doña Josefa, la princesa de Poyais. Su felicidad compite con la de un banquero de la City, contratado por el príncipe para dirigir el banco central, con la del músico que dirigirá la ópera, y con la de casi 200 colonos que se han embarcado en el ‘Kennersley Castle’ rumbo a un futuro idílico. En sus baúles guardan los títulos de tierra que el príncipe Sir Gregor MacGregor, otro escocés como ellos, les ha vendido; en sus bolsillos, los dólares de Poyais que el mismo príncipe y cacique de Poyais les ha dado a cambio de sus libras esterlinas para que compren todo lo que precisen cuando lleguen a la tierra prometida.

Un dólar de Poyais

El 22 de enero de 1823, el barco zarpa de Leith, el puerto de Edimburgo, hacia a América. La bandera de Poyais – blanca, con una cruz verde y un águila dorada sobre fondo rojo – ondea en su mástil principal. El príncipe acompaña a los colonos un par de días para comprobar que navegan en buenas condiciones. Sir Gregor MacGregor ha permitido que niños y mujeres viajen gratis, un gesto que confirma a los colonos la bondad de este hombre que ha cambiado sus vidas. Todos tienen los folletos que enumeran las riquezas de Poyais, su clima benigno que contrasta con el frío invierno escocés, sus grandes recursos naturales, la amabilidad de los indígenas que, además, hablan inglés. Muchos han leído la detallada guía de 350 páginas que describe cómo explotar las fincas que han comprado, cuya tierra fértil puede producir varias cosechas al año de tabaco, café, azúcar o algodón. Que se ubique en la Costa de los Mosquitos no ha despertado sus sospechas sobre la posible insalubridad del lugar.

El puerto de Black River en el Territorio de Poyais

Tras dos meses de travesía, el ‘Kennersley Castle’ atraca en la laguna de Black River, que tan bien conocen los colonos por los grabados de la guía. Apenas pueden contener su impaciencia, pero anochece y el capitán teme a los arrecifes. Desembarcan al día siguiente, sorprendidos porque nadie ha acudido a recibirlos. Tampoco hay rastro de St. Joseph, la capital con edificios de estilo europeo Su desconcierto aumenta cuando descubren que los 70 colonos que les han precedido acampan en la playa en desvencijadas tiendas, pese a haber llegado varios meses antes. Los más perspicaces sospechan enseguida que algo va mal, pero no imaginan cuanto.”

Así comienza el artículo que publico en el número de mayo de Historia y vida. Espero que estas líneas os animen  a comprar la revista y descubrir cómo terminó la gran estafa de Gregor MacGregor. Podéis hacerlo pinchando aquí, o, mejor aún, en los quioscos de toda la vida. Disfrutaréis de un buen puñado de artículos muy interesantes.

2 respuestas »

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