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Entrevista ficticia a Rafael Chirbes


Rafael_Chirbes_dibujo

En vísperas de la abdicación inesperada, la infanta Elena compró En la orilla’ en la inauguración oficial de la gran fiesta del libro, con una feria de retraso. Ese día, la novela ocupaba el primer puesto en la lista de 25 seleccionadas por El Mundo. Entre las diez primeras novelas, había otras dos de Rafael Chirbes: Crematorio’ y La larga marcha’.  Un hat trick único, que le convierte en el gran escritor español de nuestro presente.

¿Por qué nos gusta tanto Chirbes? Creo que porque sentimos que es un hombre auténtico, un artesano honrado. En Por cuenta propia’, una recopilación de artículos, el autor reflexiona sobre los actos solitarios de leer y escribir, mientras desliza algunos de sus secretos. He llenado mi ejemplar de pequeñas tiras de post it, allí donde veía brillar una frase. Son tantas que este cuaderno de robos merecía encontrar un nuevo formato.

Así nació este enorme sinsentido: una entrevista falsa a un escritor auténtico. Si me he decidido a publicarla es porque creo en la honradez de este ejercicio, que, al fin y al cabo, sólo pretende divulgar un libro poco conocido de Chirbes. La idea me la dio el propio autor, al preguntarse a sí mismo “¿Qué es ser novelista en el siglo XXI?”, y dar su respuesta inmediatamente después.

Mis preguntas nacen de las respuestas de Chirbes, aunque es obvio que el novelista tal vez se planteó cuestiones diferentes y, sin duda, superiores a las mías. En ‘Por cuenta propia’ Chirbes reivindica a Galdós y la revolución literaria que inició ‘La Celestina’, y escribe un magnífico ensayo sobre la literatura de la Gran Guerra. Razones de sobra para leer este libro, más allá de estos párrafos robados.

Rafael_ChirbesCUADERNO DE ROBOS (XV): una entrevista ficticia a Rafael Chirbes

Escribir una novela, ¿es una cuestión de oficio? ¿Se siente más seguro ahora que al principio de su carrera?

El novelista se encuentra ante cada obra tan desprotegido como el jugador de ruleta que, en cada tirada, vuelve a empezar desde cero. La literatura no surge por acumulación de esfuerzos, aunque el esfuerzo sea imprescindible: uno puede adquirir  desenvoltura, eso que llaman oficio, habilidades que más bien lastrarán las alas de una nueva novela. Conocemos tipos poco brillantes capaces de escribir espléndidas novelas y, por el contrario, gente con cabezas magníficamente amuebladas que naufragan al intentar el género narrativo. No sabemos muy bien de dónde surge la fuerza de las novelas. La mayor parte de las veces los autores no tenemos la lucidez necesaria para saber qué es exactamente lo que estamos haciendo.

Cuando comienza una novela, ¿tiene clara su estructura?, ¿conoce ya su final?

En ninguno de mis libros he tenido una idea demasiada clara ni de cuál era el tema de lo que estaba escribiendo, ni de los instrumentos de los que me servía, prácticamente hasta que lo he tenido terminado. No creo en la escritura automática, en la inconsciencia, pero sí en que escribir supone una excavación en un túnel oscuro: estoy convencido de que todos mis libros han nacido de esa inmersión en lo que podría llamar mi subconsciente…

Pero si hay algo que destaca en ‘En la orilla’ es su elaborada estructura, su orden…

No hay orden novelesco sin punto de vista, que es tanto como decir que no hay novela sin que el autor ponga a prueba su fuste ético. Encontrar ese lugar desde el que mirar y escribir yo diría que es el único verdadero problema al que se enfrenta el novelista, ya que se trata nada más y nada menos que de poner en orden y dotar de sentido la infinita variedad en la que se le ofrece la vida. Por eso los grandes maestros de la narrativa no vienen sólo de los que mejor dominaron el oficio; a veces hay que buscarlos fuera del género: puedo decir que mis novelas deben tanto a Marx o a Lucrecio como a Balzac y a Proust.

Y ese “fuste ético”, ¿debería obligar al escritor a separarse del poder?

Hoy, en un tiempo y un lugar en los que los novelistas posan en las páginas de sociedad de los dominicales de los periódicos y compiten en brillantez, miramos hacia atrás, y nos decimos que la gran narrativa del XIX fue la escuela formativa de la sensibilidad burguesa; sin embargo, sus contemporáneos no lo vieron así. Los novelistas sufrieron marginación, agresiones, desprecios, procesos. El novelista está obligado a ser un animal atento, liebre, pulga; a saber escapar un minuto antes de que el poder lo colonice.

Pero, a pesar de que la lectura y la escritura sean actos solitarios, ¿tiene un novelista una obligación con la sociedad?, ¿o, al menos, con los perdedores de la sociedad en la que vive?

En mis primeras novelas, muchos lectores creyeron que yo quería hacer una crónica del franquismo, más bien arqueología. Pero no era así. El país había emprendido otros rumbos y era como si lo que yo había vivido en mi primera infancia y me había ayudado a ser quien era, no hubiese existido nunca. Me dolía pensar que el tremendo aporte de sufrimiento de aquella gente había resultado inútil. Los arribistas de ambos bandos habían tomado el poder de la nueva España y escribían la historia a su medida. Los recién llegados – muchos de los cuales se apresuraban  a enriquecerse – no tenían la difusa sensación de culpa que marcaba a la vieja capa dominante, engordada  a la sombra de la dictadura. A su manera, reproducían comportamientos que tenían que ver con los que mantuvieron quienes llegaron al poder al final de la guerra civil.

Rafael_Chirbes_foto¿Qué es ser novelista en el siglo XXI?

Aparentemente, novelista y novela se encuentran en un escalón bastante elevado en la consideración social. Se habla de unos y otras en los periódicos, en las revistas, en la televisión, y, pese a ello, uno tiene la impresión de que las novelas hablan cada vez menos por sí mismas y de que lo hacen en voz cada vez más baja. Se quedan en la mesilla de noche, al lado del frasco con las pastillas y del vaso de agua. Son, cada vez más, un asunto de estricta vida privada. En cierto modo, es normal. Se lee a solas.

Y esa publicidad, ¿sirve para que leamos más?

En la sociedad contemporánea, se habla excesivamente de los autores, y de los libros que escriben, en vez de leerlos. Los autores hablamos demasiado. El público cree conocer a un autor o un libro porque ha oído hablar de ellos en la radio o en la televisión, porque ha leído las críticas que los periódicos publican sobre ellos, o incluso ha escuchado y visto al autor responder con soltura o brillantez en un programa de televisión. Lo que se dice de un libro ha pasado a ocupar el lugar de lo que dice un libro. La escritura parece ser más bien la excusa para que se levanten las carpas del circo mediático.

¿Cuál es el futuro de la novela?

Personalmente advierto en la novela una capacidad de resistencia y una tozudez admirables: cuando se la da por muerta, renace con cualquier excusa. Para Roth, la novela acabará siendo un hobby para un pequeño grupo de aficionados, del mismo nivel que los coleccionistas de sellos o de soldaditos de plomo. Yo no estoy tan seguro de que eso vaya a ser así, ni de que deba ser así.

Aún así, ¿añora algo de las novelas del pasado, de los grandes clásicos?

Permítanme que hoy eche de menos aquellas novelas que, en unas pocas páginas – a veces, sólo en unas pocas líneas -, suspendían tu código para imponerte el suyo. Te exigían silencio, pero, a cambio, te llevaban a una estación de tren en la que olías el humo de las máquinas, y, desde tu butaca o desde el hueco cálido de la cama, recibías el aire cortante de la madrugada de San Petersburgo. Era excitante. Novelistas que aspiraban a regalarte el mundo.

Por cuenta propia’. Rafael Chirbes. Anagrama. Barcelona, 2010. 304 páginas, 18,50 euros.

Pd.: Ésta es la entrada 200 de ‘Después del hipopótamo’. Gracias por seguir estando ahí.

5 respuestas »

    • Muchas gracias, José Ángel. Como me ha comentado mi amigo Alberto, uno de los mejores libreros, Chirbes era “un referente que siempre se negó a sello . Sus textos y opiniones destilaban talento desde la sencillez”. Una gran pérdida que se haya ido tan pronto.

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      • Acabo de enterarme de su muerte y, no sé por qué, he pensado de inmediato en Alberto Méndez, que ni tan siquiera vivió para disfrutar del éxito de Los girasoles ciegos (qué gran título, ¿verdad?).

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  1. Sí, acertado título para una colección de historias que se leían como una novela. Es una incógnita qué libros podría haber escrito Méndez, pero es una burla terrible que la muerte se lo llevase justo antes de conocer el éxito. Buena semana, José Ángel.

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