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Ray Bradbury y el Señor Eléctrico


Ray Bradbury

Cuando el futuro nos alcanzó, descubrimos con tristeza que el cohete no estaba en el jardín. En 1947 Ray Bradbury había escrito que en enero de 1999 viviríamos el verano del cohete, justo cuando la estela ardiente de la primera nave a Marte venciese al viento invernal de Ohío. A ese relato breve le siguieron veinticuatro crónicas de la conquista humana de Marte, tan rápida, tan fácil, que pronto los más ricos tuvieron cohetes en el jardín. Aquellos relatos que formarían uno de los libros de ciencia ficción más poéticos eran el fruto de centenares de lecturas y de, literalmente, más de tres millones de palabras escritas.

La primera vez que decidí una carrera fue a los once años: sería mago y recorrería el mundo con mis hechizos. La segunda vez fue a los doce, cuando para Navidad me regalaron una máquina de escribir. Y decidí hacerme escritor. Y entre la decisión y la realidad hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender periódicos en una esquina de Los Ángeles, mientras escribía tres millones de palabras”. Mil palabras al día, hasta que por fin, a los 22 años, Bradbury escribió El lago’ y tuvo la certeza de que había escrito un cuento “realmente bueno”.

No basta solo con esa disciplina envidiable para convertirse en un gran escritor, claro. Hay que escribir con pasión, porque “si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias”. Hay que leer poesía todos los días para ejercitar los sentidos, “para atacar al lector con colores, sonidos, sabores y texturas”. Hay que sentir que la escritura “es una forma de supervivencia”. Y hay que ser pobre para escribir una novela en una máquina de escribir de alquiler que funciona con monedas de 10 centavos.

Fue así, a golpe de monedas, luchando contra el cronómetro, como Ray Bradbury escribió en 1950 ‘El bombero’, el relato del que nació Fahrenheit 451’. Lo cuenta muy bien en Zen en el arte de escribir’, una colección de artículos en los que explica cómo y por qué escribió tantas y tan fantásticas historias, y nos recuerda que fue un hijo de la Gran Depresión que vivía con pasión la llegada de los circos. Fue bajo la carpa de uno de ellos donde cambió su destino. ¡Vive para siempre!” le gritó el Señor Eléctrico. Y el hechizo le convirtió en un escritor inmortal.

Crónicas marcianas

CUADERNO DE ROBOS (XVI)

“¿Cuándo empezó en realidad? Lo de escribir, digo. Sucedió todo de golpe entre el verano, el otoño y comienzos del invierno de 1932. Por entonces yo estaba repleto de Buck Rogers, las novelas de Edgar Rice Burroughs y la serie radiofónica nocturna ‘El mago Chandu’ (…) Pero el conglomerado de magia y mitos (…) cuajó de una sacudida por obra de un hombre, Señor Eléctrico.

Llegó con una sórdida feria de mala muerte, los Espectáculos de los Hermanos Dill, durante el fin de semana del Día del Trabajo en 1932. Yo tenía doce años. En cada una de las tres noches, el Señor Eléctrico se sentó en su silla eléctrica a que le dispararan diez billones de voltios de pura energía azul y restallante. Moviéndose hacia el público, con los ojos en llamas, el pelo blanco de punta y arcos de chispas entre los dientes, sonreía y rozaba las cabezas de los niños esgrimiendo una espada ‘Excalibur’, armándolos caballeros con un toque de fuego. Cuando la primera noche se acercó a mí, me golpeó los dos hombros y la punta de la nariz. El rayo saltó a mi cuerpo. El Señor Eléctrico gritó: “¡Vive para siempre!”

Decidí que era la mejor idea que había oído nunca. Al día siguiente fui a ver al Señor Eléctrico con la excusa de que el truco mágico de dos céntimos que le había comprado no funcionaba. Él lo reparó y me llevó a pasear por las tiendas, gritando en cada una “Cuidad el lenguaje” antes de que entráramos a conocer a los enanos, los acróbatas, las mujeres gordas y los Hombres Ilustrados.

Bajamos a sentarnos a orillas del lago Michigan, donde el Señor Eléctrico habló de una pequeña filosofía y yo de la mía, que era grande. Nunca entenderé por qué me soportó. Pero escuchó, o eso me pareció a mí, tal vez porque estaba lejos de casa, tal vez porque en algún lugar del mundo tenía un hijo, o no tenía ningún hijo y quería tenerlo. El caso es que era un ex pastor presbiteriano, dijo, y vivía en El Cairo, Illinois, y allí podía escribirle yo cuando tuviera ganas. Finalmente me dio algunas noticias especiales.

– Nosotros ya nos conocemos – dijo – . En 1918, en Francia, tú fuiste mi mejor amigo, y ese año moriste en mis brazos en la batalla del bosque de Las Ardenas. Y hete aquí renacido, con nuevo nombre y cuerpo nuevo. ¡Bienvenido!

Volví de ese encuentro con el Señor Eléctrico tambaleándome, maravillosamente soliviantado por dos dones: el don de haber vivido antes (y de que me lo hubieran contado)… y el de intentar como fuera vivir para siempre. Unas semanas después empecé a escribir mis primeros cuentos sobre el planeta Marte. De esa época hasta hoy no he parado nunca. Dios bendiga al Señor Eléctrico, el catalizador, dondequiera que esté”.

‘Zen en el arte de escribir’.Ray Bradbury. Editorial Minotauro. Barcelona, 2002. 148 páginas, 12,90 euros.

Ray Bradbury Time Machine

Pd.: La ilustración es de Timothy Anderson. Os invito a visitar su blog. Y a buscar media hora para disfrutar con este documental de 1963 sobre Bradbury. Una maravilla que descubrí gracias a @tdetour

6 respuestas »

  1. “Zen en el arte de escribir” me encantó. Este escritor fue uno de los que más dentro se me metieron en mis tiempos lozanos de lector. Otros libros sobre experiencias literarias son “Para ser novelista”, de John Gardner y “Escribir ficción”, de Rona Randall. ¡Un saludo!

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