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Cuaderno de robos (3): ‘La rubia’


El detalle. La gran calidad de ‘La guerra eterna, recién publicado por Crítica, está en la mirada minuciosa de su autor, el periodista de ‘The New York Times‘ Dexter Filkins. Sus crónicas de guerra de Afganistán e Irak están llenas de verdades inverosímiles, escenas surrealistas que no se le ocurrirían a ningún guionista. Es un libro duro y revelador. Pero antes de pegarle un montón de calificativos prefiero dejar que te asomes directamente a sus páginas. Las líneas que siguen darían para un capítulo de una segunda parte de ‘Generation Kill. No he querido evitar compartirlas.

“De modo que se nos ocurrió este genial método para registrar las aldeas – me dijo el capitán. Hendió su cuchillo en un envase de MRE (Meal Ready to Eat, “comida lista para comer”).

Tenemos a esta chica en la compañía, rubia, está buena – añadió el capitán – (…) Teníamos que registrar todas aquellas aldeas en busca de armas. Esas aldeas de allá arriba son horribles. Así que entramos en una aldea y subimos a nuestra rubia a uno de los Bradleys. Entramos allí sin más, la pusimos allá arriba y le dijimos que se quitara el casco y se soltara el pelo (…) y gritamos con el altavoz: “Esta mujer está en venta. ¡Mujer rubia en venta!” Y que me muera ahora mismo si cada uno de los hombres iraquíes de esa aldea no se había congregado en torno al Bradley en dos minutos o así. Ya sabe que a los iraquíes les vuelven locos las rubias. Locos. Aquí no tienen ninguna.

El capitán empezó a comerse un pastelito de fresa.

Así que ella está de pie allá arriba, en el Bradley, y hacemos una subasta. ¡Quien puje más alto se lleva la rubia! Ellos se vuelven locos, los iraquíes, ofreciendo sus cabras, sus camiones, todo su dinero. A sus hijos. Todo. Yo estoy allí de pie, diciendo: “No, no es bastante! ¡No es bastante!” Y ellos ofrecen más (…) Los iraquíes estaban como locos. No dejaban de mirarla. Así que estamos allá arriba, haciendo la subasta, y mientras ordeno a nuestros chicos que se metan en las casas dando un rodeo por detrás para buscar armas. Estamos haciendo la subasta y todos los iraquíes participan gritando por la rubia mientras nuestros chicos están cogiendo las armas de las casas. En las casas había una tranquilidad absoluta, allí sólo estaban las mujeres. Nos hicimos con un enorme montón de armas. Registramos todo el pueblo. Ni un solo problema.

¿Qué pasó con la subasta?, le pregunté.

La suspendimos, sin más. Les dijimos que las ofertas no eran lo suficientemente altas – el capitán se río –. Los iraquíes se cabrearon, pero no pasó nada.

Yo me reí y el capitán guardó silencio durante un momento.

Hicimos eso en tres aldeas. En las tres funcionó. Nos llamaron la atención. Alguien se enteró de ello. No les gustó – dijo, masticando su pastelito –. A mí me parecía una genialidad. Lo más inteligente que habíamos hecho en la vida”.

29/10/09

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