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Días perdidos en los transportes públicos


Salgo de mi paseo por la Feria del Libro Antiguo de Madrid con dos antologías de poesía, de bolsillo y piel multicolor. Una ya leída y comprada para regalar, para que sus páginas digan todo lo que yo no sé decirte. Y la otra, un libro de un poeta del que sólo tengo el recuerdo lejano de la recomendación de un amigo. Los amigos valen para eso, para gastarte 6 euros al azar, con los ojos cerrados y la certeza del acierto.

Entre Gran Vía y Cuatro Caminos devoro esta antología con mi retrato falso del poeta. Mi Roger Wolfe imaginario, el protagonista de esta antología esencial, es un viejo solitario que conduce una ranchera y vive en un pueblo de Texas. Tiene un perro viejo, el pelo blanco, un cenicero sin cenizas y bebe enormes tazas de café. Gruñe más que habla. Es un personaje de Sam Shepard en el cuerpo de Sam Shepard, un tipo cabreado que escribe a máquina versos como estos:

“Leonard Cohen se dirige a Phoenix
con una pistola bajo el brazo.
Televisores, la radio, platos rotos se sacuden
por el patio. He sacado mi pesado cuerpo
de la cama, me he duchado; freído
las patatas, apurado un cigarrillo.
Estamos a 19 de agosto. Mil novecientos
ochenta y ocho.
Vendrá más tarde Myriam.
Le hablaré durante un par de horas
en inglés, corregiré sus fallos. Después
me espera el libro.
Esta tarde el cielo
se ha nublado. Esta tarde el cielo
se asemeja a mi conciencia. Esta tarde…
se ha hecho tarde ya.
Leonard Cohen
se dirige a Phoenix con una vieja dirección
en el bolsillo”.

Con el traqueteo del Metro como banda sonora, paso veloz de un poema a otro y vuelvo al prólogo para descubrir que el Wolfe real vive en la ciudad en la que trabajo, tuvo perro, es más español que yo y a veces trabaja como traductor simultáneo en la televisión pública.

No es un viejo pero si el médico le prohibió ya el tabaco y le racionó el café, no le ha hecho ni caso. Sus versos están llenos de cafeína y alquitrán, de amor y odio. Te manchan los dedos cuando pasas página y a veces, como en ‘Glosa a Celaya’, despiertan la sonrisa espontánea que nace ante un grafiti callejero:

La poesía
es un arma
cargada de futuro
Y el futuro
es del Banco
de Santander

Tengo la certeza de que mi Wolfe imaginario lo vio pintado en la fachada de un banco y lo copió. Sí, aunque viviera en Texas.

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