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Un martes, 7 de abril…


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Un martes, 7 de abril, como hoy. Un martes, 7 de abril de 1942, una joven de París escribe la primera página de su diario:

“Vuelvo… de la casa de la portera de Paul Valéry. Por fin me he decidido a ir a buscar mi libro. Después de comer, el sol brillaba; En la esquina de la rue de Villejust, he tenido un momento de pánico. Y de inmediato la reacción: “Tengo que asumir la responsabilidad de mis actos”.

Esta joven que inaugura su diario se llama Hélène Berr y tiene 21 años, y no puede saber que este martes 7 de abril, tú y yo leemos aquella primera página.

“Es mamá la que me ha intimidado al mostrarme que estaba muy asombrada de mi audacia. De lo contrario me parecía muy normal. Siempre mi estado semiensueño. He tocado el timbre del 40. Un fox terrier se abalanza sobre mí ladrando, la portera le llama. Me pregunta con aire desconfiado: “¿Qué desea?” Le respondo con mi tono más natural: “¿El señor Valéry no ha dejado un paquetito para mí?”.

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De izquierda a derecha Jean Morawiecki François Job Hélène Berr y Jean Pineau en 1942 en Aubergenville

Esta joven que se llama Hélène Berr y tiene 21 años, y estudia Literatura en la Sorbona, no está enamorada del chico que la quiere, bautiza a sus amigos con nombres de héroes de novela y todavía no se ha acostumbrado a que las cosas agradables tengan fin.

“La portera ha entrado en su garita: “¿A qué nombre?” “Señorita Berr”. Se ha dirigido hacia la mesa. Yo sabía de antemano que estaba allí. Ella rebusca y me entrega el paquete, envuelto con el mismo papel blanco. Le digo: “¡Muchas gracias!” Muy amable, me responde: “A su disposición”. Y me he ido con el tiempo justo de ver que mi nombre estaba escrito en con una letra muy clara, en tinta negra, sobre el paquete”.

Esta joven que se llama Hélène Berr y toca el violín y es voluntaria en una biblioteca, no quiere que la vida le robe la ilusión ni la desengañe y, sin embargo, vive en el filo del abismo. Si pudiera oírme, gritaría: “¡Escapa, Hélène, huye!”, porque el infierno va a devorarla.

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“Lo he deshecho en cuanto he llegado al otro lado de la puerta. En la guarda, había escrito con la misma letra: “Ejemplar de la señorita Hélène Berr”, y debajo: “Al despertar, tan suave la luz y tan hermoso este azul vivo”, Paul Valéry. Y el júbilo me ha inundado, una alegría que confirmaba mi confianza, que armonizaba con el sol alegre y el cielo azul completamente límpido por encima de la nubes algodonosas”.

Esta joven que se llama Hélène Berr y es judía, y lleva una estrella de David cosida a su ropa, ha empezado hoy el diario de sus dos últimos años de vida, un relato en el que la Historia devora poco a poco su historia, hasta llenar su “Diario” de temor y barbarie, mezclando la belleza con la fealdad del mal, hasta convertir su manuscrito en una obra para no olvidar el Holocausto.

“He vuelto a pie, con un pequeño sentimiento de triunfo al pensar lo que dirían los padres, y la impresión de que en el fondo lo extraordinario era lo real”. 

‘Diario’. Hélène Berr. Anagrama. Barcelona, 2008. 312 páginas, 18 euros.

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