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La celda del escritor


Andrés Neuman necesita un espacio vacío, sentarse ante una pared desnuda que convierta su página en blanco en un universo infinito. Jesús Marchamalo ha convertido su escritorio en una chamarilería de fetiches, un búnker forrado de libros, postales, fotos y hasta “un trozo de empedrado que recogí junto a la iglesia do Carmo, y que pudo, por qué no, pisar Pessoa”. Menchu Gutiérrez precisa, siempre,  una superficie de madera  – “sobre una mesa de cristal escribiría una gélida biopsia emocional” -. Fernando Aramburu se siente escolar castigado y corrige sobre un pupitre de madera, a mano y de pie, los textos que escribe a ordenador:  ”el pupitre invita a ser cuidadoso y poeta”.

Dime dónde escribes y te diré qué creas. Cuéntame cómo escribes y quizá descubra el misterio. Como el único funcionario de un censo poético, el escritor Jesús Ortega comenzó en enero la tarea inacabable de descubrir dónde crean sus obras sus colegas.  Les pide una foto y un pequeño texto en el que ellos mismos expliquen la elección del lugar, lo que necesitan, lo que les sobra. En su Proyecto escritorio abundan las habitaciones luminosas, con paredes blancas, suelo de tarima y mesas de madera noble. Pero también hay zulos con viejo suelo de terrazo, pilas de libros amontonados y mesa de aglomerado, como el escritorio de Pepe Cervera, feliz por emular a Cheever y escribir cuesta arriba, sin luz natural y en calzoncillos.

Escritorio de Andrés Neuman

Hay escritores contra la pared – Javier Calvo, Fernando Aramburu, Jon Bilbao… – y escritores frente a la ventana – Miguel Ángel Zapata, Álex Chico… -. Hay escritores con flexoMercedes Cebrián, Carlos Marzal y otro buen puñado – y escritores con estanterías guardaespaldasJuan Gabriel Vásquez o María Ángeles Cabré -. Hay una poeta malagueña que escribe ante un enorme mapa físico de América, en un cubículo estrecho con pared amarilla. Hay nómadas de hotelAngélica Liddell, flamante Premio Nacional de Literatura Dramática, – y prisioneros sin paredes, como Eduardo Beti, que anota historias en bancos de parques, asientos de autobuses y barras de bares, siempre con su moleskine en el bolsillo, incapaz de escribir en un sitio fijo. Sólo encontré a un escritor de café, quizá porque ya no hay cafés donde escribir. De todos ellos, destaco la lección del poeta:  

“Escribir consiste en no salir de casa – escribe Carlos Marzal– . En pensar en la gente, habiendo dejado de tratarla a menudo. En darle vueltas al asunto de la vida, mientras la vida parece que es todo aquello que se nos escapa, dando vueltas, cuando hablamos de ella. Escribir consiste en pasarse el día mirando un papel, o una máquina mecanográfica, o un ordenador, haciendo como si uno mirase las calles, el mar, las montañas, los bosques. Escribir —nadie nos había avisado de ello— representa estar encerrado en un cuarto la mayor parte del día: nosotros, que teníamos tanta vocación de intemperie, tanto apetito de forajidos. Significa estar rodeado de los mismos cuadros, de los mismos libros, de los mismos cachivaches de siempre, que se acumulan y multiplican a nuestro alrededor: nosotros, que nos soñábamos en la variedad absoluta sin interrupción y, a la vez, en el orden jamás interrumpido. Qué curioso: haber acabado de monjes, siendo partidarios de la disipación; haber ido a parar en eremitas nostálgicos, siendo devotos de la mundanidad. Aquí, en el escritorio ventana, en el escritorio pared, en el escritorio nadie, en el escritorio prisión, en el escritorio universo. Qué extraño este destino de animal sentado”.

Después de estas líneas, poco importa lo que tengan que decir los escritores con sillón en la Academia, Planeta bajo el brazo o flamante Premio Nacional rechazado, narradores que – quizá por estar demasiado ocupados  – no han contado aún cómo es su celda a este más que recomendable Proyecto escritorio’.

Escritorio FGL José Antonio Ortega

Pd. (14/2/17): ‘Proyecto escritorio‘ se convirtió el año pasado en un libro de tinta y papel, editado por Cuadernos del Vigía. Podéis comprarlo en este enlace. Después de muchos meses sin lectores, esta entrada ha resucitado hoy gracias a Anay Sala, que me ha dejado publicar la foto del escritorio donde escribe sus poemas (podéis leerlos aquí). Muchas gracias, Anay.

el-escritorio-de-la-poeta-anay-sala

5 respuestas »

  1. Muy interesante, Joaquín. Me ha encantado. ¿y dónde y cómo prefieren leer? ¿necesitan soledad o pueden hacerlo en cualquier parte? ¿Lugares abiertos y públicos o cerrados? ¿Con música o sin música? ¿Dime dónde lees y te diré de qué pasta estás hecho? Un abrazo Joaquín. Gracias por la entrada

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  2. Muchas gracias por tu comentario, Merche. Todas las preguntas que propones dan para otro blog, ¡a ver si alguien se anima a hacerlo! Todo el mérito de esta entrada es de Jesús Ortega y su ‘Proyecto escritorio’, del que esta entrada es sólo un prólogo no autorizado. Un beso

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  3. Eso de Neuman…pared desnuda…espacio vacío…página en blanco…universo infinito…Jo, es cursi casi hasta la náusea. Prefiero a Marchamalo. ¿Conoces la Plaça do Carmo? Está en el Bairro Alto, de Lisboa. Empedrada de adoquines diminutos. Una maravilla. Pasearla debe invitar a escribir.

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  4. La cursilería no es de Neuman, amigo Seitaridis, sino mía. Tu comentario me ha recordado un libro de Cardoso Pires que leí hace mucho tiempo: ‘Lisboa. Diario de a bordo’ (en Alianza Editorial). 50 euros a que te gusta (o que te gustó cuando lo leíste). Un abrazo

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