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‘Sobre mi madre’


Richard Russo and his mother

Esta modesta tira de fotomatón es un tesoro pero ¿le gustaría a Jean? Después de conocerla, tengo mis dudas. Es probable que salvase la primera y la segunda foto, pero lamentaría que en la última Richard saliera con el rostro borroso justo cuando la sonrisa de ella parece más natural, menos forzada. Madre e hijo debieron atrapar estos cuatro instantes de felicidad a mediados de los cincuenta, cuando Decadencia abría sus mandíbulas para zamparse a Gloversville, la ciudad de los guantes.

Villaguanteros es un nombre tan irreal como absurdo, pero no seáis demasiado severos: si aún viviéramos en los tiempos del ladrillazo, Villacañas se llamaría ya Villapuertas. Esta historia transcurre en una ciudad demasiado real con nombre de cuento, pero es auténtica, o lo fue. Jean y su hijo nacieron en esta pequeña ciudad industrial del estado de Nueva York, creada alrededor de las peligrosas y fétidas tenerías, que alimentaban y mataban a la ciudad al mismo tiempo.

Sí, el padre no está en la foto. Héroe de guerra, tuvo la suerte de desembarcar en Utah y no en Omaha el día D, pero, si alguna vez lo intentó, fue incapaz de vencer su ludopatía y abandonó a madre e hijo. Jean superó la “auténtica hazaña” de trabajar a tiempo completo y criar a Richard gracias a la ayuda de los infalibles abuelos maternos. Esa Jean, heroína anónima, nos sonríe desde esta tira de fotomatón, sin saber que un día su hijo, ganador del Pulitzer con la maravillosa Empire Falls’, escribirá su vida para pedirle perdón por “no ser nunca capaz de curar lo que la afligía”.

Porque tras su sonrisa Jean ocultaba decenas de demonios personales, inextricables para los que más la querían y conocían, pero visibles para cualquier desconocido, miedos que la afligían y que convertían la vida con ella en un reto. Madre e hijo vivieron toda su vida “presos en un drama de dos personajes. Con Jean no había negociación posible. O se la aceptaba como era, con sus rituales y manías obsesivo compulsivas, o se la rechazaba para siempre. Richard la amaba lo suficiente como para no tener elección, para hacerlo todo y sentir también no estar a la altura.

Puede que ella tratase de disuadirme de ser escritor, pero era más responsable que nadie de que lo fuera (…) Gracias a mi madre aprendí que leer no era una obligación, sino un placer, y por ella llegué a tener la intuición de una verdad esencial: la mayoría de las personas están atrapadas en una existencia solitaria, una vida circunscrita a los deseos y fracasos imaginarios, unas limitaciones de las que los lectores están exentos. No es posible que haya un escritor que antes no sea lector, y eso es lo que mi madre hizo de mí”.

Jean no sólo le transmitió el amor a los libros – muy diferentes de los que él leería y crearía -, sino también una tenacidad y obstinación que Richard supo utilizar para encontrar su propia voz, hasta convertirse en uno de los mejores narradores de la clase obrera estadounidense: “porque – y no dejes que nadie te diga lo contrario – escribir novelas es básicamente poner orden las cosas (“ahora esto, después eso”), y obstinación. Adivinar tu camino en la oscuridad, tratar de anticiparse a la Ley de las consecuencias imprevistas. Vivir con y para la inseguridad. Intentar algo y cuando eso no funciona, intentar otra cosa. Aceptar la confusión”. Una gran lección de literatura y, sobre todo, de amor.

Sobre mi madre’. Richard Russo. Editorial Alfagura. Madrid, 2013. 238 páginas, 19,50 euros.

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