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La liberación de Auschwitz


Czesława Kwoka prisionera de Auschwitz

Durante años, el humo se elevó hacia el cielo en columnas visibles desde kilómetros. Cuando dejaban de flotar, las cenizas caían al suelo y se mezclaban con el barro del otoño, la nieve del invierno, las flores de la primavera. El viento que las impulsaba llevaba el olor de la muerte. Los hornos que alimentaban las chimeneas no daban energía a ninguna turbina. Su único fin era quemar. Durante años, convirtieron en cenizas a más de un millón de bebés, niños, adolescentes, mujeres y hombres adultos, ancianos. Solo los fuertes vivieron en el horror, convertidos en esclavos, reducidos a un número tatuado en su antebrazo izquierdo antes de morir. Sus padres, sus hijos, sus tíos y primos fueron asesinados nada más llegar a este campo de exterminio, asustados, agotados, sedientos tras un viaje de días apretujados de pie en vagones de ganado. Durante años, centenares de miles de personas pasaron de forma fugaz por la fábrica mortal. Murieron asesinados en grandes baños de puertas herméticas, decorados con carteles que les recordaban que no olvidasen dónde dejaban su ropa. Era el escenario del teatro de la muerte: de las duchas solo emanaba gas cianuro. Durante años, las cenizas humanas llovieron sobre los campos de la pequeña ciudad polaca de Oswiecim, Auschwitz en la lengua de sus conquistadores alemanes. Hasta este enero de 1945, cuando el ciclo mortal se interrumpe.

Auschwitz vía de tren

Desde las torres que jalonan la alambrada electrificada, los guardias ven destellos de explosiones. Cuando el viento sopla del este, escuchan el tronar de los cañones. Los soviéticos se acercan. Auschwitz, el orgullo de los campos de exterminio nazis, está a punto de ser liberado. El 18 de enero de 1945, unos 60.000 prisioneros inician una marcha mortal al Oeste. Oculto, el preso 175113 espera junto a un grupo de compañeros la huida de los guardianes. Se llama Vladek Spiegelman y desde que empezó a escuchar el cañoneo ha reunido ropas de civil y unos pocos víveres. Pero cuando llega el rumor de la voladura del campo, Spiegelman, asustado, se une a un largo viaje que le llevará al campo de Dachau. El 20 de enero de 1945, el teniente general de las SS Schmauser ordena la ejecución de los presos que no pueden moverse. Sus soldados vuelan los hornos crematorios y asesinan a unos 700 reclusos. Pero temen más a los soviéticos que a sus jefes. Casi 8.000 prisioneros sobreviven en los distintos campos del complejo, abandonados a su suerte durante días. El 27 de enero, soldados soviéticos cruzan la puerta principal de Auschwitz. Solo los que saben alemán pueden advertir el cinismo de la frase de hierro que, a modo de arco, decora la entrada principal: “Arbeit Macht Frei”, “el trabajo libera.

(Así comienza el dossier que publico en el número de enero de ‘Historia y Vida‘, con motivo del 70 aniversario de la liberacion de Auschwitz. Si os gusta, podéis comprarla en papel en los viejos quioscos (ya no) o pedirla a info@prismapublicaciones.com (Para los que ya lo sabéis, perdonad la insistencia).

Historia y Vida Auschwitz

 

1 respuesta »

  1. . . . que en Auschwitz y en la puerta de acceso al matadero rezaba una indicación que decía “Arbeit Macht Frei” y, que la salida era por la chimenea del horno tal y como me lo contó el guarda de Mauthausen don Manuel García Barrado (q.e.p.d.)

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