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Sobrevivir en Verdún


Poilus en Verdun

Como Pulgarcito, Louis Barthas deja un rastro de pistas para un improbable salvador. Su regimiento, el 296º de Infantería, debe relevar esa noche del 11 de mayo a los argelinos de los regimientos 114º y 125º, que hace unos días expulsaron a los alemanes de la cresta de la cota 304. Desde hace dos meses, ambos bandos se disputan la colina maldita “como si hubiese en sus laderas una mina de diamantes”, anota Barthas en su diario. Esa noche, apenas se mantiene en pie. Por eso, mientras sortea cráteres, tocones, alambres de espino que agarran su capote como “manos invisibles”, Barthas se desprende de su pesado equipo. En el camino, todo iba cayéndoseme: víveres, cartuchos, utensilios, granadas. ¡Ay, si nuestro ‘Kronprinz’ me hubiere visto! Pero tiene suerte, el insensible capitán Cros-Mayrevielle, el ‘Kronprinz’, no le ve. Los cadáveres también son invisibles, pero se siente rodeado de ellos. “Se adivinaba solamente su presencia, escondidos sin duda en los cráteres de obuses, la carne podrida tapada por un puñado de tierra”. Cuando llega a la cresta, Barthas recupera todo el equipo perdido durante el ascenso: municiones, víveres, herramientas… Es el rastro de los hombres del 125º. Todo era siniestro allí (…) este agujero sombrío parecía un volcán en erupción y nosotros parecíamos atrapados junto a la boca de este volcán. Durante siete días y siete noches Barthas y sus compañeros deberán resistir sin retroceder jamás.

Louis Barthas en la Gran Guerra

Louis Barthas en la Gran Guerra

Las sensaciones de los ‘poilus’ franceses y los ‘landser’ alemanes son idénticas. “Uno se siente como un animal que ha sido atrapado en una trampa”, escribe el alemán Karl Rosner. Lo que más me impactó en Verdún… el barro. Morir en la guerra es algo común… pero vivir en el lodo es atroz, recordaba aún ochenta años después el francés Henri Auclair. Después de meses de avances y retrocesos, los soldados excavan sus trincheras en un cenagal de cráteres sembrado de restos de la batalla. “Estos chacales matan hasta a los muertos”, se queja un subteniente de la infantería colonial francesa tras ver cómo un proyectil alemán vuela en pedazos a un camarada enterrado el día anterior: “Es morir dos veces”. Más de una fotografía muestran a los soldados luchando sobre cadáveres. Lo que no captan las imágenes es el olor de la muerte. “Apestaba a cloro y sudor, a ropa mojada, a pólvora y letrinas – escribe un teniente alemán -, a vendas chamuscadas y ácido carboxílico, a mortero húmedo y madera carbonizada”. Aquí y allá, asoman del barro restos humanos, pedazos de soldados destrozados por los impactos directos de algún proyectil. El 80% de los hombres que mueren en Verdún desaparecen así, víctimas de la artillería. “Vemos morir con mucha más frecuencia que matar”, anota el escritor francés Jean Norton Cru, sargento en Verdún.

Historia y Vida Mayo 2016 Verdún

Sí, otra vez Verdún, pero tiene una explicación. Estos dos párrafos son los primeros del segundo artículo del dossier que publico en el número de mayo de ‘Historia y Vida‘, con motivo del centenario de la batalla. Os invito a comprarla en papel en los viejos quioscos o en la versión digital en este enlace. Y a leer los fantásticos diarios de Louis Barthas.

‘Cuadernos de guerra’. Louis Barthas. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 664 páginas, 25 euros.

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