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La revolución rusa, un relato para ateos


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Las rebeliones suceden; las revoluciones se hacen”, escribe Richard Pipes en la página 132 de la obra de su vida. Quedan por delante otras ochocientas páginas de letra menuda y apretada, pero aquí está la tesis principal de este texto tan monumental como apasionante, que desmonta uno tras otro los mitos construidos por el relato comunista de la caída del zarismo y que concede a los protagonistas de “la revolución más grande de los tiempos modernos” un papel decisivo.

¿Era inevitable la revolución de 1917? Sí, a finales de 1916, no en 1914. Aunque admite que “Rusia era un país perturbado y angustiado” en vísperas de la Gran Guerra, Pipes afirma que “no hay razones para sostener que Rusia era en 1914 menos ‘estable’ que nunca desde 1900, salvo entre 1905 y 1906, y que se dirigía hacia la revolución”. Rusia, en cambio, sí se encontraba “al borde del abismo” en 1905. Pipes comienza su ensayo con la narración de los acontecimientos de este año decisivo que acabó con la autocracia de los zares y otorgó a Rusia su primer parlamento.

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Cartel soviético sobre la sublevación en el acorazado Potemkin en 1905

Cesión obligada, fue una oportunidad perdida para convertir una de las monarquías más absolutas en un auténtico régimen constitucional. Sin una fuerza de policía eficaz y con el ejército combatiendo contra Japón, Nicolás II aceptó la creación de la Duma, pero nunca la respetó. El desprecio fue mutuo. Durante unos años, una oleada de atentados terroristas sacudió Rusia, pero el zarismo resistió, pese a que el último Romanov era el monarca menos idóneo para tan formidable envite. La Gran Guerra aceleró el fin de la dinastía. Apocado, sin apetito por el poder, Nicolás II cometió en1915  dos errores enormes: asumir el mando directo del ejército y cerrar la Duma.

Para Pipes, fue “una sentencia de muerte de la dinastía”. Las derrotas militares serían desde entonces su responsabilidad personal y, sin parlamento, no habría ninguna vía para emprender un cambio democrático. Llegó entonces la que para el historiador polacoestadounidense (Cieszy, Polonia, 1923) es la auténtica revolución de 1917, la de febrero, que, lejos del mito de una revuelta obrera, fue “un motín de soldados campesinos a quienes, para ahorrar dinero, las autoridades habían alojado en instalaciones superpobladas de la capital del imperio”. La vieja Rusia se derrumbó en días. Asustados, los elementos más conservadores buscaron la protección de la Duma, mientras el zar y su familia se convertían en prisioneros, ignorantes de su tráfico final.

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El zar Nicolás II con su hijo Alexei, durante su encierro en Tobolsk en el invierno de 1917

En los siguientes ocho meses, el nuevo gobierno, el más democrático de Rusia hasta 1917 – y después hasta la caída de la URSS -, fue incapaz de administrar el país y, menos aún, de dirigir la guerra contra Alemania. El ‘hombre fuerte’, el menchevique Kérenski, fue mucho más hábil que el zar, pero menos que Lenin. El líder bolchevique, financiado y usado por los alemanes “en su propio beneficio”, aprovechó los sucesivos errores de liberales y socialistas para dar en octubre un golpe de Estado que la historiografía comunista convertiría en una revolución heroica. Profundamente antibolchevique, Pipes – exdirector del Russian Research Center de la Universidad de Harvard, asesor de Reagan – traza un oscuro retrato de Lenin.

En contraste con los típicos revolucionarios rusos, como su difunto hermano, movidos por el idealismo, el impulso político dominante de Lenin nunca dejaría de ser el odio”. Frente al héroe fundador de la historiografía comunista, Pipes muestra a Lenin como un líder astuto y cobarde, inhumano e intolerante,incapaz de comprender cómo podían los hombres vivir unos junto a otros en paz”. Tras el triunfo del golpe llegó una guerra civil terrible y una dictadura que devoró a sus fieles más devotos. Pipes lo narra muy bien en este ensayo que llega con un cuarto de siglo de retraso a nuestras librerías. Sus notables dimensiones lo colocan entre esos libros que compramos y no leemos. Por favor, no cometáis ese error: es una obra fascinante.

‘La revolución rusa’. Richard Pipes. Debate. Madrid, 2016. 1088 páginas, 42,90 euros.

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Pd.: “Pipes es a la vez un historiador eminente, uno de los mejores especialistas internacionales en la historia contemporánea rusa, y un hábil fiscal empeñado en lograr la condena de todos los acusados, es decir las ignorantes y violentas masas rusas, los intelectuales socialistas que las condujeron hacia el desastre y por supuesto Lenin, como máximo responsable de lo ocurrido“, escribe Juan Avilés en El Cultural, que considera que el libro de Pipes es “un estudio sesgado”.

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