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El ataque de los escritores del SÍ


Los escritores del Sí tienen nombres y apellidos, pero nadie los recuerda. Su cara y sus ropas pueden parecer las de un habitante del país de los escritores, pero son invisibles para el común de los lectores y, ¡ay, aquí está su gran maldición!, para los editores. Esa desgracia condiciona sus vidas pero ellos no se resignan.

Hola, buenas tardes”. “Buenas tardes”. “Verá, hace unas semanas dejé unos libros en depósito y quería saber si les queda alguno”. El dependiente, que ha leído mucho antes de entrar a trabajar en la librería pero es un novato, no tiene ni idea de qué quiere decir este cliente. De hecho, aquí está su primer error: ¡Este señor no es un cliente! ¡El dependiente tiene delante de sus ojos a uno de los extraños y fascinantes habitantes de la tierra de los escritores del Sí! Pero, como no lo sabe, se limita a ganar tiempo para descubrir qué es lo que realmente quiere saber el falso cliente.

Creadores inquietos, los escritores del Sí distribuyen por las librerías sus propias obras para que sus palabras no queden sepultadas en el disco duro de su ordenador o en su intangible página web. Viven en las antípodas de la tierra de los escritores del No, aquel territorio que tan bien recorrió Vila-Matas en su infinito ‘Bartleby y compañía.

¿Cómo se titula el libro?” ‘Zapatero, un hombre malo‘  “Nos quedan cuatro”. “¿O sea, que no se ha vendido ninguno?” “Bueno, no lo sé”. “¿Cómo que no lo sabe? Dejé cuatro y quedan cuatro. ¡No se ha vendido ninguno!”. “¿Dónde están colocados?” “Bueno, supongo que en la sección de sociología y política”.

El dependiente ha descubierto por fin que este señor no es un cliente y le acompaña a la sección de política, mientras reza al desconocido santo de los libreros para encontrar los cuatro ejemplares de este libro invisible. Y, aunque sus rezos son torpes, los libros aparecen, sepultados en el último estante de la sección.

El escritor del Sí se marcha refunfuñando, maldiciendo el mal gusto de la librería que oculta su obra genial. Y a la mañana siguiente, cuando el dependiente coloca las novedades, uno de los libros del escritor del Sí aparece en el centro de la mesa, firme como la bandera de un escalador que acaba de conquistar el Everest.

Pd. (19/4/2013): Este artículo nació de una texto mucho más amplio sobre mi trabajo en la Casa del libro que, como auténtico escritor del Sí, autoedité hace casi una década. Podéis leerlo pinchando aquí.

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