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Dorian Gray y los retratos de El Fayum


Leer a Wilde es correr en zigzag por un texto minado. Pisas una línea y ¡zas!, un aforismo te estalla en pleno rostro. Casi noqueado, te detienes y relees la línea con una mezcla de admiración y envidia por la maestría de este autor capaz de disparar sentencias vitales tan precisas y contundentes.

Es lo que he sentido al terminar ‘El retrato de Dorian Gray’, uno de esos clásicos que creemos haber leído sin haberlo tenido nunca en las manos. Círculo de Lectores ha publicado una magnífica edición cuyas guardas son plateados y deformantes espejos de cartón: un inquietante callejón del gato encuadernado que da la bienvenida al lector.

Estuve a punto de llenar el libro de notas hasta que recordé que tengo un pequeño libro de aforismos de Wilde. ‘Paradoja y genio’ reúne ¡629!, 100 de ellos extraídos directamente de ‘El retrato de Dorian Gray’. Luis Antonio de Villena, su elegante y respetuoso saqueador, escribe en el prólogo:

A Óscar se le toleró el aforismo y el estilo, se le rieron esas frases agudas que daban, temblando, en el centro de la hipocresía”. Bueno, se le toleró hasta una línea imaginaria. Después, juicio, cárcel, exilio y muerte. El mundo victoriano de Wilde, dandi entre dandis, sigue vivo en las páginas de esta novela fantástica y moral, repleta de aforismos sorprendentemente actuales. Aquí van tres, sin etiquetas:

Vivimos en una época en la que sólo lo superfluo no es totalmente imprescindible”.

La religión es el sustituto elegante de la fe

Hoy en día los jóvenes se imaginan que el dinero lo es todo, y cuando se hacen mayores, saben que es cierto”.

Oscar Wilde

Este retrato que envejece y se envilece conforme Dorian Gray comete sus maldades me ha recordado los fascinantes retratos de El Fayum. Creados para la burguesía del Egipto romano, son la última genialidad del arte egipcio, testimonio de un período irrepetible en el que el hombre todavía tenía dioses en lugar de un solo Dios.

Estaban destinados a inmortalizar al retratado en la tapa de su sarcófago. Y aunque hay retratos de ancianos y niños, predominan los rostros jóvenes, cuyos ojos están llenos de vida. Mientras esos ojos pintados seguían brillando, el rostro momificado envejecía de forma irremediable, defendido por una ciencia más ineficaz que el arte.

Casi dos mil años han destrozado aquellos cuerpos pero la arena del desierto ha sido más generosa con el retrato de sus rostros. Aquellos egipcios romanos nos han legado la inquietante mirada de una comunidad que perdió su partida con la muerte pero derrotó al tiempo. Mucho más de lo que logró Dorian Gray.

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