Saltar al contenido.

Entre dos revoluciones: ‘El tren de Lenin’


(Colaboración de Luis Miguel Úbeda)

Hoy, 9 de abril, se cumplen cien años del inicio del viaje de Lenin de Zúrich a Petrogrado, la actual San Petersburgo. En palabras de Churchill, fue enviado por los alemanes a Rusia como “el bacilo de la peste, en un tren especial que le permitió cruzar la Alemania en guerra con Rusia y, luego, ya en trenes ordinarios, Suecia y Finlandia. En ‘El tren de Lenin’, Catherine Merridale, especialista británica en historia rusa, repasa las pequeñas y grandes conspiraciones de las principales cancillerías europeas y del quebrado movimiento socialista internacional en torno al regreso a Rusia del líder bolchevique desde su exilio suizo. Emplea la historiadora un tono ameno y, a ratos, novelesco, para narrar hechos ya conocidos. Incluso trata de reproducir inútilmente, un siglo más tarde, aquel viaje.

El libro avanza cronológicamente en la descripción del período estudiado, con una prioridad muy evidente por los movimientos diplomáticos y los informes de inteligencia de unas y otras potencias. Buena parte de sus fuentes son memorias y biografías de algunos de los que vivieron aquello, en más de un noventa por ciento, en sus versiones en inglés. Hay poco ruso en la bibliografía. Entre ellos, las memorias del embajador británico en Petrogrado, George Buchanan y de su colega francés, Maurice Paléologue; o los informes del espionaje británico firmados por Samuel Hoare (futuro embajador británico en la España franquista) y otras figuras de tono menor, pero llamativas, como el escritor Somerset Maugham. También del entorno de Lenin, como Fürstenberg o Parvus, que cumplían misiones clandestinas no siempre con fines claros.

Lenin, con paraguas, en Estocolmo, una de las etapas del viaje

Solo al final del libro hay un capítulo valorativo sobre la nueva era que abrió la revolución bolchevique y los males que acarrearíaLa acumulación de la parte personal en los hechos de 1917 eclipsa el contexto, que ayudaría a explicar las opciones políticas de los actores. Por ejemplo, lo que tiene que ver con la dramática situación de los frentes, el desabastecimiento en la retaguardia o la implosión a cámara lenta del imperio ruso tras los desastres bélicos frente a alemanes y austríacos. El enfoque muestra sus insuficiencias para explicar lo que acabaría ocurriendo en octubre y años sucesivos. La discusión sobre si Lenin era en realidad un agente alemán podría tener su importancia como arma política en esos meses. De hecho, los bolcheviques fueron ilegalizados por el Gobierno Provisional y Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad antes de la revolución. 

Insistir en ello a estas alturas no deja de ser un ejercicio vacuo. “Para Ludendorff era una pequeña aventura que le dictaba el interés de Alemania en su situación militar difícil – escribió Trotski – . Lenin se aprovechó de los cálculos de Ludendorff para ponerlos al servicio de los suyos propios”. Causan cierta perplejidad las declaraciones y los informes del espionaje y los planes de las grandes potencias sobre cómo preservar sus intereses y alcanzar sus objetivos en Rusia y no tanto porque los alcanzaran, sino justamente por lo contrario. La burocracia de la inteligencia y los estrategas de plantilla se extienden sobre la potencialidad de Rusia como un gran mercado en el que, si Londres no tomara la iniciativa, sería “materia de conquista” de EEUU o Alemania, con ventaja para esta. O cuando el káiser Guillermo se jacta en 1918 de que Lenin está “acabado”, solo seis meses antes de que se hundiera la monarquía alemana y con ella, él mismo.

La llegada de Lenin a la estación de Finlandia retratada por Arkadi Victorovich

Merridale señala que el Ministerio de Exteriores alemán “había planeado aprovecharse de Lenin hasta que el ejército ruso sucumbiera; en cuanto hubiera cumplido con su cometido, lo echarían a los lobos.” A la vista de lo ocurrido, el alarde de estupidez e inanidad de los movimientos diplomáticos, de inteligencia y operaciones conspirativas muestran sus limitaciones para torcer el curso de los acontecimientos y acaso para entenderlos. Una última referencia interesante del libro, aunque no novedosa. Con la ventaja del siglo que ha pasado Merridale da cuenta del destino aciago de los que en algún momento estuvieron cerca de Lenin. “Los verdaderos adversarios de Lenin”, escribe, “a menudo salieron mejor parados” que sus amigos. Los miembros más destacados del Gobierno Provisional (Kerenski, Lvov, Teréschenko y Miliukov) y del Comité Ejecutivo del Sóviet de febrero (Tsereteli y Chjeidze, escrito Chkheidze en el libro) se exiliaron, sí, pero no fueron asesinados. Paradójicamente, los ganadores de octubre, los bolcheviques y el entorno íntimo y político de Lenin pagaron con sus vidas su propio triunfo, según esas burlas que tiene la historia y que no corresponde glosar a esta reseña.

‘El tren de Lenin’. Catherine Merridale. Crítica. Barcelona, 2017. 368 páginas, 22,90 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer el primer capítulo.

LAS ETAPAS DEL VIAJE DE LENIN

(Texto publicado en el número de marzo de 2017 de Historia y Vida)

  1. ZÚRICH. El viaje comienza el 9 de abril. Lenin y su esposa, Nadezhda Krúpskaya, viajan con otros 30 adultos y varios niños. En la aduana de Gottmadingen, los suizos requisan gran parte de la comida. Ya en Alemania, la expedición sube al “tren sellado” (tres de las cuatro puertas del lado del andén se bloqueaban cuando todos los pasajeros estaban a bordo), un vagón con tres compartimentos de segunda clase, cinco de tercera y dos lavabos. Una línea pintada con tiza separa la zona rusa de la alemana, desde donde dos oficiales alemanes vigilan a los rusos.
  2. SINGEN. La noche del 9 la pasan en el interior del vagón. Lenin prohíbe fumar y ordena dormir en horas concretas. Lo ignora, pero el mismo 9 de abril el III Ejército británico ha iniciado la ofensiva francobritánica en el frente occidental, mientras el Gobierno Provisional ruso ha declarado su intención de continuar en la guerra.
  3. FRÁNCFORT. El día 10 el tren recorre el valle del Neckar, entre la Selva Negra y el Jura de Suabia. Los campos están abandonados y los rusos advierten que los pocos campesinos que ven les miran con recelo por los panecillos que comen mientras miran por las ventanillas. Por la noche, mientras el tren está en una vía muerta de la estación de Fráncfort, un grupo de soldados alemanes irrumpe en el vagón. “Se echaron sobre nosotros con un entusiasmo sin precedentes, queriendo saber si habría paz, y cuando llegaría esta”, recordaría Karl Radek, hombre de confianza de Lenin.
  4. BERLÍN. El 11 de abril, el tren del príncipe heredero se detiene en Halle para dejar paso al tren de Lenin. Aún así, el viaje lleva tanto retraso que los rusos pierden el transbordador que debe llevarlos a Suecia. Los alemanes deciden detener el tren en Berlín. Según Merridale, “no hay ningún testimonio […] que apoye la posterior afirmación de que Lenin mantuvo una reunión con personal del Ministerio de Exteriores alemán”.
  5. SASSNITZ. El 12, con un día de retraso, los rusos toman el transbordador ‘Queen Victoria’. Cinco horas después llegan a Suecia.
  6. ESTOCOLMO. La expedición llega a la capital sueca el día 13. Un grupo de periodistas accede al tren antes de que entre en la estación. Lenin es fotografiado mientras recorre el centro de la capital. Siempre negará que los alemanes financiasen el viaje, pero en Estocolmo Karl Radek se reúne con Aleksandr Helphand, ‘Parvus’, un empresario socialista ruso al que los alemanes han dado siete millones de marcos para fomentar la revolución en Rusia.
  7. TORNIO. El día 15 llegan a esta estación fronteriza entre Suecia y Finlandia, que pertenece al imperio ruso. Los aduaneros separan a hombres y mujeres. Lenin es sometido a un largo interrogatorio. “Una y otra vez, fue obligado a repetir la historia de que era un periodista que regresaba a la patria, escribe Merridale. Todos pasan la frontera, menos el suizo Fritz Platten.
  8. BELOOSTROV. Lenin ya está en el imperio ruso, pero aún así, el 16 debe atravesar este último puesto fronterizo, entre Finlandia y Rusia.
  9. PETROGRADO. El tren de Lenin debía llegar a las 23 h del 16 de abril, pero lo hace los primeros minutos del día 17. Los bolcheviques organizaron un gran recibimiento en la estación de Finlandia: banderas, banda militar, guardia de honor… “intentaban contrarrestar la impresión creada por la decisión de Lenin de aceptar ayuda de Alemania”. Molesto por la pompa de la bienvenida, Lenin llama a la revolución mundial nada más bajar del tren: “Esta guerra entre piratas imperialistas es el comienzo de una guerra civil en toda Europa”. Montado sobre la torreta de un coche blindado, atraviesa la ciudad hasta el cuartel general bolchevique, donde reprueba la colaboración bolchevique con el Gobierno Provisional. Tal y como han previsto los alemanes, Lenin no parará hasta derrocarlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: