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Un ruso blanco en la División Azul


Franco también tuvo rusos. Entre 150 y 170 combatieron en sus filas durante la Guerra Civil.  Fueron solo una anécdota exótica. El dictador rechazó financiar la unidad de dos mil combatientes que le ofreció el teniente general Yevgueni K. Miller, jefe de la Unión de Servicios Armados Rusos (ROVS), el ejército en la sombra de los rusos blancos. No era una cifra fácil de alcanzar. En 1936, habían pasado ya 14 años del triunfo soviético. Demasiado tiempo para un ejército vencido. Náufragos de la revolución, miles de oficiales zaristas se ganaban la vida con empleos civiles de lo más dispar – taxistas, obreros, camareros de hotel -, mientras el momento de liberar a Rusia de la dictadura soviética parecía cada vez más lejano.

Vladímir Kovalevski (1892-?) fue uno de aquellos náufragos. Pertenecía a la élite de los guardias blancos, apunta Xosé M. Núñez Seixas en la introducción de estas memorias inéditas que ha salvado del olvido. El historiador localizó esta “fuente excepcional” en los archivos de la Hoover Institution, mientras investigaba para Camarada invierno’ (Crítica, 2016), su ensayo sobre la División Azul. Mercenario de fortuna en el período de entreguerras, Kovalevski llegó a España a principios del verano de 1938. Alistado en la Legión, combatió en frentes secundarios hasta el final de la guerra. Después se instaló en el País Vasco e ingresó en las milicias de Falange con el grado de sargento. Con este rango Kovalevski se enroló en el primer contingente de la División Azul, junto con otros 27 rusos.

Misa de campaña ortodoxa durante la Guerra Civil

¿Por qué se alistaron en un ejército que invadía su patria? En parte, por ingenuidad. Anticomunistas convencidos, creían que Hitler solo quería destruir la dictadura soviética. “No sospechaban – escribe Núñez Seixas – que la invasión había sido concebida por el Tercer Reich como una guerra de exterminio y sojuzgamiento racial”. En su larga caminata al frente de Leningrado, Kovalevski, demasiado mayor para tan duro viaje, pierde sus simpatías hacia el ejército franquista. Los españoles solo destruían (…) Sus acampadas eran temidas como la peste, escribe cansado de ver cómo sus compañeros saquean a los campesinos, ante la indiferencia de unos mandos a los que tilda de fanfarrones y vanidosos, vengativos y despiadados.

El retrato de Kovalevski del general Muñoz Grandes (en el centro, junto a sus seis coroneles), jefe de la División Azul, es muy negativo

No siempre es una fuente fiable. Exagera el número de deserciones, confunde nombres y fechas, y sentencia con juicios subjetivos una realidad más compleja, como apuntan las cuidadas notas a pie de página. Las memorias de Kovalevski se interrumpen a finales de 1941. Enfermo, regresó a España en 1942 y aún permanecía en nuestro país en 1944. Después, su rastro se pierde. Ni siquiera tenemos su retrato. Al rescatar sus memorias, Xosé M. Núñez Seixas y Oleg Beyda nos muestran una historia muchas veces contada desde un nuevo punto de vista, tan crítico y original como excepcional e inesperado, el amargo testimonio de un patriota cómplice de la destrucción de su patria.

‘Un ruso blanco en la División Azul. Memorias de Vladímir Kovalevski’. Edición de Xosé M. Núñez Seixas y Oleg Beyda. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019. 280 páginas, 21,9 euros.

Pd.: En este enlace podéis leer las primeras páginas.

Pd 2: Los dos cuadros son obra de Augusto Ferrer-Dalmau.

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